cuento isabel tamayo

Gaspar

Mientras guardaba su uniforme en el locker metálico —que hacía juego con sus brazos de aluminio, a los que les faltaba una pulida, y quizás una buena aceitada—, le pediría a Demetria, su mujer, que le ayudara después de acostar a los niños. Riéndose para sí, miró la foto de su familia en el fondo del casillero. En ese entonces, Demetria aún estaba embarazada de los gemelos. Su hija Annie aún estaba en el jardín. Ni hablar de Rodri que se chupaba el dedo entre sus brazos brillantes. Pensó que tal vez debían actualizar la foto. Los gemelos iban a la mitad de la escuela. Annie estaba terminando el colegio. Rodri era el típico adolescente. Sobre todo, tenían una nueva boquita que alimentar: Nicky. Apenas tenía 6 meses, y necesitaba empezar a comer sólidos. 

Si su trabajo fuera bien pagado, tal vez las cosas mejorarían; pero para un cyborg como él, un ascenso era imposible. Lo ideal sería que Demetria regresara a trabajar, aunque una cyborg embarazada es mal visto. Pero la sociedad no lo ve así, los hijos de cyborgs son aberraciones aún cuando todo su ser sea en un cien por cien orgánico. La gente prefiere ver a una persona acostándose con un robot antes que ver a un cyborg con su familia. Por eso, conseguir una plaza después de tener un bebé es casi imposible; pero ya encontrarían una solución. Lo que importaba ahora era que al menos Nicky había nacido bien, sin mayores complicaciones. Tendría que pensar en soluciones que no involucraran a su familia. Pedirle a Annie que dejara su plan de estudiar y obligarla a ayudarlos le parecía injusto; puesto que la pequeña había asumido un rol de segunda madre para sus hermanos. A Rodri menos; ya le han negado varias oportunidades de mejorar sus habilidades en los deportes. Si pensaba en términos de herencia, ninguno de los cinco recibiría nada. Dios no lo quiera, podrían heredar deudas. Lo único seguro que les dejaba, era la educación. Eso sería lo que los sacaría de ese agujero donde vivían. 

Cerró el locker, tomó su bolso y mientras caminaba a la estación del subterráneo, buscó —en su base de datos cerebral— el contacto del comprador de órganos. Haría lo que fuera por conseguir un par de monedas más. La universidad a la que iría Annie no era barata. Y Nicky tenía todavía muchos años por delante. Ya no le quedaban suficientes órganos para vender, al menos no de los que pagaban bien, y no se lo pediría a Demetria. Aunque mirando a su alrededor, pensó que tal vez no era del todo necesario tanto sacrificio. Había algunos despojos humanos por ahí, unos que tenían todo de carne y hueso, que robaban oxígeno, que no merecían dejar descendencia, que sólo vivían para satisfacer sus propios placeres sin ser juzgados. No como ellos que por pasear inocentemente por la tarde, son rodeados de guardianes que sospechan de sus intenciones. Conocía a uno sobre todo, un viejo amigo de la alta sociedad, que se ahogaba en vino todas las noches. Sería fácil. Total, el comprador nunca pregunta de dónde viene el producto, solo se asegura de que sea humano. 

Demetria

La luz del sol se difuminaba entre las cortinas de la habitación. La mecedora se movía adelante y atrás, para que la bebé se durmiera finalmente. Las sombras de los objetos crecían con cada segundo que pasaba. Faltaban apenas unos minutos antes de que la luz amarilla de los postes de luz se prendiera. Aunque sea de día o de noche, con luz del foco o luz natural, sus pobres ojos ya no detectaban las tonalidades de la refracción lumínica. El mecánico le había dicho que necesitaba un cambio de lente. Una nueva actualización. Pero pagar el precio por cada refacción para cada ojo, significaría dejar de comer por dos años, al menos. Nunca le dijo a Gaspar que había ido a hacerse ver. Él sería capaz de abrirse el mismo y sacar los resquicios de lo que le quedaba para pagárselo. Y ella tampoco tenía mucho que vender. Sus piernas ya hace mucho que se habían ido. Algunos órganos innecesarios, se los fueron quitando con cada parto, para pagar el hospital. Pero tanto ella como su esposo, ya no tenían mucho que vender. Así que tomó la decisión de esperar unos años. Tal vez bajasen de precio o pudiera conseguirlos en alguna rebaja. Mientras sus ojos aún detectaran los contornos, se podría acostumbrar a la escala de grises. Lo que le preocupaba era la niña que estaba en sus brazos suaves, rosados, cálidos, carnosos, aunque flacos. Se sentía impotente cada vez que iba al mercado, y no le alcanzaba para comprar frutas o verduras frescas. Con las justas, y contando cada centavo, unos pedazos de carne en un estado previo a la putrefacción, algunas papas y unas hojas de col. Así se las apañaban. Aunque sentía que no era suficiente. No para la niña que se dormía en su pecho. No para los niños que revoloteaban por la casa jugando. No para el adolescente que todavía estaba creciendo. Y menos para la joven adulta que cocinaba la cena.

Se levantó suavemente de la mecedora y colocó a la bebé en su cuna. Dio una vuelta por la habitación. Encontró la tableta familiar. La prendió, ignorando los manchones, rayones y vetas de vidrio trizado en la superficie. Volvió a entrar en el buscador de empleo, como si no lo hubiera hecho cincuenta veces antes ese mismo día. Nada. Los mismos empleos de siempre. Asistentes, limpiadoras, niñeras, cocineras, siempre con un pero: No Cyborgs. Volvió a apagar la tableta y miró afuera a los grandes edificios a la distancia y pensaba en los humanos afortunados. Los que vivían plenamente. Comían todos los días. Gastaban en un día, lo que ella podía ahorrar en un año. Estaba segura de que tenían tantas cosas que no se darían cuenta si les faltaba alguna. No echarían de menos esa camisa vieja, esos zapatos gastados o los pañuelos manchados. 

Mirando a su hija pequeña le vino la inspiración. Tenía una conocida, su esposo era un bebedor empedernido, y ella una compradora compulsiva. Ofrecerse como limpiadora de su infinidad de zapatos, le permitiría hacerse con algunos fuera de moda. Los que sabía que no extrañaría y venderlos en el mercado negro. Hasta ya sabía a quién podría venderselos. Su compradora generalmente solo se fijaría que no fueran de mala calidad. 

Annie

Su padre y madre habían estado esquivos durante la cena. Hizo lo que pudo con lo que tenía. No sabía mal. Pero tampoco era una cena de restaurantes gourmet. Su madre, al menos se ofreció a lavar los platos. Su padre, a acostar a los gemelos. Rodri, salió de casa a jugar en la cancha del parque. Lo que le daba unas cuantas horas tranquilas para estudiar y distraerse un poco. Ser una jovencita normal y corriente o, al menos, parecer una.

Mientras revisaba el correo y enviaba las tareas pendientes a su profesor, miró nuevamente la publicación de una de sus compañeras: una fotografía de ella en un campo de flores, con ese vestido primaveral amarillo, con un mensaje inspirador. Debajo en los comentarios sus amigos y parientes la felicitaban por ser tan buena hija y persona. Al leerlos le hizo tornar los ojos, y suprimir las arcadas de asco. Si tan solo supieran lo hipócrita, lo cínica y lo perdida que era esa chica. La escuchó esa mañana en el baño de mujeres del colegio. La foto, sí había sido tomada en un campo de flores, pero el vestido lo habían puesto luego con la edición. Esa loca desquiciada había tenido una orgía en medio del campo, sin protección. Era común entre los estudiantes de su escuela, postear esas fotos para demostrar la capacidad de atracción que tenían con el resto. Era una especie de lenguaje secreto entre: el fondo, la ropa editada y la luz que se reflejaba en la imagen para decir con cuántos cuerpos había jugado, cuántas rondas habían resistido, y la cantidad de orgasmos obtenidos. Solo podía pensar en las enfermedades. En un embarazo. En lo fácil que sería para ella de pagar el tratamiento y el aborto, sin que sus padres se enterasen. Para colmo, si se llegaran a enterar de lo sucedido, no le recriminarían nada. Con unos padres como esos, narcisistas, bebedores y consumistas, mil veces agradecía tener los que tenía. Esta compañera y sus demás compinches, lo tenían todo: los estudios pagados, el dinero a por montones, la diversión al tope. Pero si ella, hablaba de no salir, o estudiar para una beca, o guardarse para su amor verdadero, la tildaban de aburrida, mojigata, santurrona, pobre y, la peor de todas, cybaby. Ese último insulto siempre la enervaba. Si fuera como su hermano menor, se lanzaría encima y les daría una tremenda paliza. Luego recordaba a sus padres y la beca. La bendita beca que le permitiría salir del barrio asqueroso donde había crecido. Estudiar en esa maravillosa universidad, y acceder a ese programa de trabajo estudiantil. Tenía planeado lo que haría con su primer sueldo: sacar a su familia de la casucha donde vivían. Fuera las paredes de latón, y el techo de plástico, adiós a las inundaciones y a los cortes de luz y de agua. Los llevaría a un departamento en la planta baja de un edificio, con acceso a un jardín privado para su madre, y que los gemelos y Nicky tuvieran el privilegio de jugar con césped real. Algo que Rodri y ella jamás pensaron que existía. Sus parques habían sido pedazos de tierra y arena, lodo cuando llovía.

Una notificación en su pantalla, la sacó de sus pensamientos. Una nueva foto en un parque con el fondo nocturno, y el vestido clásico de color rojo. Zorra. Fue la palabra que se le vino a la mente. Pero al mismo tiempo una idea maliciosa, terrible. Jamás pensó que esa idea se le atravesaría por la mente; por eso sería posible realizarla con la promiscua de su compañerita. Tenía los medios, y lo mejor de todo es que nadie sospecharía de ella ni por ningún momento. Sonrió contenta. Pensando que ejecutaría su plan lo más pronto posible. 

Rodrigo

Lanzaba la pelota de basket al aro de la cancha de su barrio. La tierra y el polvo no impedían que la pelota rebotase. Solo era cuestión de habilidad y costumbre. El aro del parque no tenía red, estaba en malas condiciones. No dudaba que caería más temprano que tarde. Pero eso no impediría que los chicos continuaran jugando aquí. Y eso era lo que le gustaba, la creatividad con la que se solucionaban las cosas. Le encantaba ver a su padre y hermana traer a su casa alambres o pedazos de madera sueltas, latones, tejas o cualquier cosa. Y con ellas crear muebles, utensilios y juguetes, para él y sus hermanos. Debía reconocer que su familia no era la única. Todas las familias de sus amigos del barrio eran exactamente iguales. Familias con problemas pero cálidas y amorosas. A comparación, de sus compañeritos humanos, que parecía que nadie los quería, y tenían poca imaginación. Mínima. Recordaba un día en que vieron en la biblioteca del colegio una película antigua, y uno de sus compañeros humanos mencionó —indignado, confundido, e ignorante— que la historia era muy violenta y fantasiosa. La cara que puso cuando le susurró que era Pinocho fue menor a la expresión que puso cuando le dijo que no conocía esa historia. Ese pobre fue la burla de todos sus compañeros saliendo del colegio. Pero se puso a pensar qué infancia más triste debió haber vivido. 

El sacerdote, con su voz metálica y sus manos en pinza, habló durante el catecismo que a veces entre más privilegios se tiene, más se olvida las cosas sencillas de la vida. Él amaba a su familia, su barrio, su casa de latón. Claro que odiaba que se inundara o que les cortaran la energía, pero no podría ver otra forma de vivir. Se notaba a kilómetros a la redonda que ni su hermana ni sus padres estaban contentos con su vida. Lo entendía y mucho. Estaban preocupados por el futuro, por él y sus hermanos. Por Nicky que apenas le estaban saliendo los dientes. Esos sacrificios que hicieron fueron enormes. Annie renunció a una vida de adolescente normal. Y sus padres a casi todos sus órganos. Quería ayudar, pero ¿cómo? Su padre no quería que buscara un empleo. Su madre, temía por su seguridad, ya que entrenaba todas las noches en el parque a solas. Y Annie se preocupaba por las calificaciones de todos.

Terminando de entrenar y avanzando hacia la casa, pasó por la iglesia y puso una moneda en el cepo de la Virgen. Era la imagen con dos manos robóticas orando, rodeada por ángeles con alas delta en sus espaldas. No tenía idea qué pedir. Sólo rogó un futuro feliz para su familia. Llegó a casa, se aseó rápidamente y se acostó en la cama que compartía con los gemelos. Esperando que alguien hubiera escuchado su petición.

Familia

Gaspar arrastraba por el pasillo el cuerpo fofo de su amigo, borracho hasta las últimas. El guardia del complejo de apartamentos, acostumbrado a ver a ese inquilino entrar de esa forma, lo dejó pasar sin más preguntas que una que otra jocosa con respecto al estado de aquel hombre. Mientras subían por el ascensor la espalda metálica de Gaspar, crujía ante el peso de aquel hombre al que invitó a una cerveza para hablar de una ayuda económica, la que pagaría en pagos a lo largo de varios años. Y que, obviamente, rechazó porque no estaba bien visto prestar tanto dinero a los cyborgs. 

Eso Gaspar ya lo sabía. Lo único que quería era que se pusiera como una cuba, y llevarlo a su casa para extraerle los órganos y reemplazarlos por unos de repuesto que tenía guardados hace mucho tiempo. Tal como lo había planeado, tenía todo listo en un estuche de su bolsillo. Lo único que le faltaba —y contaba que su donador tuviera— era un tupper y hielo, mucho hielo. Entró con dificultad después de localizar el dedo índice de una de las rechonchas manos. El lector se demoró en leer las huellas digitales por lo rollizo del dedo. 

Lo tiró en medio del salón y se fijó en las cámaras de seguridad internas. Todas en posición, pero apagadas. Le pareció extraño que ese sistema de seguridad de alta tecnología y último modelo estuvieran de simple adorno. Colocó a su fofo donador en el centro de la alfombra y empezó a desabrocharle la chaqueta. Con cada botón fuera, recordaba el cariño que le tenía, antes de venderlo todo por su familia. No era personal, de ninguna forma. No es que le tuviera rencor por nada. Gaspar sabía que él había tomado esas decisiones. Cuando la camisa y la chaqueta estaban libres. Y solo quedaba aflojar la corbata, se le cruzó el pensamiento de que tal vez no sería necesario abrirlo, sólo robarle. No, los órganos se vendían mejor y no eran rastreables. 

Se decía mientras lo oía roncar que nada de culpa tenía. Eran sólo negocios. Mientras no se enterara, nadie recibiría consecuencias. Buscó entre sus bolsillos el estuche que tenía los instrumentos necesarios. Tomó el bisturí y se imaginó la línea que trazaría con él. Desde el esternón hasta el ombligo. Cortaría el pancreas. Tajaría un poco de intestino delgado. Un riñón siempre era buena opción. Tenía los respuestos en un bolsillo oculto del forro de su chaqueta. Su mano de aluminio, empezó a temblar cuando la posó sobre la piel pálida. No es personal, se volvía a repetir. Era por una buena causa. Su hija, sus hijos, su esposa. Le venían los recuerdos de un lejano pasado compartido. Y… recordó el hielo.

Se dirigió a la cocina, y abrió el congelador. Como lo suponía, había hielo por montones. Sin embargo, se fijó que un pequeño charco de agua salía del aparato y se dirigía hacia el pasillo. No le dio la mayor importancia. Sacó el hielo que creyó necesitar y enfiló al cuarto de baño más cercano. Intentó obviar las manchas de gotas que ya se habían secado en el piso recién pulido. Entró al baño. Vio que estaba ocupado con alguien que conocía bien.

—¿Annie? 

Su hija levantó la vista completamente asustada. Tenía un escalpelo en la mano enguantada y gasas en la otra. 

—¿Papá?

Gaspar se acercó y miró el cuerpo inconsciente de la hija del hombre al que había arrastrado ebrio a su casa. Por suerte, parecía que no había cortado nada aún. Ninguno de los dos tenía cómo continuar con las explicaciones, ninguno debía estar ahí. Mientras ellos intentaban articular palabras para justificar sus acciones y regaños, escucharon un ruido en la habitación del frente. Ambos se miraron y salieron hacia el otro cuarto. Annie tragó saliva. Gaspar tomó la perilla pero alguien le había ganado. La puerta se abrió antes de que pudiera hacer un movimiento. Demetria metiendo zapatos en un costalillo salía del cuarto. Detrás de ella el tercer miembro de la familia de víctimas, la esposa y madre, estaba dormida, desnuda entre un mar de copas y vestidos regados por el piso. 

—¿Mamá?

—¿Demi?

—¿Qué están haciendo aquí?

Rodrigo jugaba con los gemelos a las escondidas. Mientras Nicky dormitaba en un canguro que él llevaba amarrado a su pecho. Lentamente y con silenciosa emoción, se agachaba para ver debajo de la cama, haciendose el loco, cuando veía a su hermano detrás del cesto de ropa sucia, o fingir ser ciego cuando dos pies asomaban debajo de las cortinas de la habitación.

—¿Dónde se habrán metido? —decía para distraerlos. 

Seguía caminando por la casa como idiota. Escuchando las risas y planes descabellados de los niños dentro de la habitación. Era su quinta o sexta vuelta por el pequeño salón de la casa, cuando la puerta de entrada se abrió y tanto sus padres como hermana entraron a la casa. 

—¿Cómo les fue?

Ni Gaspar, Demetria o Annie pudieron ocultar la decepción de sus rostros al escuchar esa pregunta. Sus grandes planes para hacer justicia. Para mejorar su situación. Se habían frustrado. Demetria viendo a su hija y esposo ahí, se llenó de vergüenza al verse como una vulgar ladrona. Annie bajo la mirada de su padre se vio como una criminal en espera de su sentencia. Gaspar al ver a las mujeres que más amaba, apunto de cometer crímenes, se cuestionó muchas cosas de su vida, entre ellas su capacidad de traer paz a su familia. Los tres bajaron del departamento, sin nada. Ni órganos ni justicia ni nada para vender. El camino de regreso lo hicieron en completo silencio sentados en el último turno del metro.

—Bueno, lo importante es la salud.

  Comentó Rodrigo al ver que ninguno de ellos se animaba a responder. Su sonrisa y los gritos de: “¡Gané! ¡Gané!” de los gemelos, que se oían como truenos y rayos en una torrencial tormenta que se acercaban por el pasillo, fue suficiente para calmar esa tristeza y ansiedad. Gaspar, empezando a reír, él también se abalanzó hacia sus hijos y esposa juntándolos en un fuerte abrazo. A lo que sus extremidades de aluminio le permitían. Tal vez no tenían dinero, pero eran privilegiados en tener los unos tan cerca y en misma sintonía. Se soltaron cuando la bebé empezó a llorar.


Isabel Tamayo

Bióloga y Máster en Comunicación Social en la Investigación Científica por la Universidad Internacional de Valencia. Devoradora de libros, cómics, mangas y anime. Ha publicado cuentos en las Antologías Los que vendrán (2018), Los que vendrán (2019), Perseidas (2020), la cual está dedicada a la ciencia ficción, Las mariposas no existen (2024), y Se fue la luz (2025). También en Revistas digitales La Coyol, con enfoque feminista; y Cactus Pink, centrada en la ciencia ficción latinoamericana.

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