jonas juan pablo cesio

Niebla

Jonás escribía en Casa de la Barranca. Hacía varios días que la niebla se había asentado en tierra. A veces, levantaba la vista para verla a través de la ventana. Desde el primer piso, distinguía su parque, la barranca, el sendero rojo y el río oscuro que se perdía en el horizonte. La niebla había llegado desde allí.

Siguió escribiendo, el estómago se quejó un poco. Un reflejo en el vidrio lo molestó. La niebla era sepia y había tardado cuatro días en tocar tierra. Para entonces, Jonás ya olfateaba algo distinto en el aire. Tenía algo de mar, de salitre; resecaba la boca, era agrio y nauseabundo. Un pez podrido. La luz en la ventana volvió a distraerlo. Alzó la cabeza. Vio cómo la luz se disipaba en Boca de Pez. Así llamaban a la zona en que el delta se abría. Desde allí se veía a Dagon, la primera isla. En Boca de Pez, las aguas fluían lentas. Eran traicioneras. Muchas corrientes por debajo. No era bueno navegarlas. La luz volvió a destellar para desaparecer. Su rostro se contrajo en un gesto. Jonás supo que se trataba de un faro, pero de un faro imposible. En Boca de Pez, estaba el anfiteatro natural en que desembocaba el sendero rojo. Sus ojos se afinaron y su mandíbula se tensó. Había recorrido el sendero rojo en más de una ocasión. Y más, de la mano con Leila, con mate en la mochila y buñuelos de membrillo. La garganta se le cerró. Tragó en seco. Las ausencias siempre pesaban más. La imagen se desdibujó, así como el faro. Jonás se encontró mirando la oscuridad del otro lado de la ventana. Bajo la niebla sepia, las luces del sendero rojo marcaban el trayecto que terminaba en el faro. Se quedó mirando el vacío, pensando en nada. Quizá fuera el cansancio. Miró el reloj. Doce horas escribiendo. El estómago volvió a gruñir. Ni siquiera había tomado un vaso de agua.

Bajó a la planta baja. Fue a la cocina y se hizo un sándwich. No lo terminó. No tenía hambre. Volvió a subir y fue al baño. Se acostó con desgano mirando la ventana. La cama era demasiado grande sin Leila.

SUEÑO

El dormitorio estaba oscuro. Se durmió boca abajo, al abrigo de una frazada.

Esa noche soñó con una fogata que ascendía en medio de un bosque. Leila y él habían decidido pasar la noche en la montaña. Ella quería terminar de leer unos informes del trabajo. Él no se había llevado nada. Había preferido el aire puro para despejar ideas. Ella le ofreció un mate. Él negó con la cabeza.

—Y vos, ¿desde cuándo rechazás uno? — Su tono fue de sorpresa.

—¿Y vos? —le dijo acercándose y tomándola por la cintura. Leila se rio. Ya atardecía. El piar de los pájaros lo hipnotizó. Sus piernas se relajaron a calor de la hoguera. Se quedaron dormidos mirando el cielo. Al día siguiente volverían a la ciudad. Jonás se despertó y colocó unos troncos en el fuego. Leila dormía con sus informes al lado. El claro era abierto en la noche cerrada. Los troncos alrededor tenían la disposición del anfiteatro de Boca de Pez. Jonás estaba lejos, ¿cómo había llegado allí?, recorriendo el bosque, rodeado de penumbra. Podía ver las chispas ascendentes de la hoguera. El aire olía seco. Leila estaba recostada contra un tronco, leyendo un libro. Jonás supo que era de criptozoología. Sintió la lejanía y la melancolía lo cruzó. Los huesos se le aflojaron. Sintió frío. Necesitaba su calor. Cerró los ojos al cielo, respiró profundo; entonces, percibió la pestilencia, el dejo nauseabundo. Su nariz se arrugó. Escuchó la explosión en la hoguera y las chispas perderse en el cielo. Leila gritó. Después dijo algo que él no llegó a entender.

—¡Leila! —la llamó. No podía verla— Leila, ¿estás bien?

Un nuevo estallido. Las chispas se elevaron sobre las copas. Adoptaron formas caprichosas. Jonás vio humanos con cabeza de pez.

—¡Jonás! Tenemos que irnos. —el fuego había tomado la primera hilera de pinos—. Esto se prende todo.

—Voy para allá. —Sabía que no llegaría.

—No, andá hacia el faro, yo llevo las cosas.

—Pero… —quiso objetar.

Las palabras de Leila se desdibujaron en la oscuridad del bosque.

—Nos vemos en el faro.

CAMINATA

Cuando al fin hizo foco, Jonás vio la silueta de su brazo marcando el colchón vacío. El barrido de luz entraba a través de la ventana. No había amanecido. Tiró la sábana y fue a la ventana. Al final del sendero rojo, el faro se alzaba entre la quietud de la niebla. Parpadeó. Giró el cuello con fuerza. Las vértebras crujieron. Apoyó sus manos en el escritorio. Miró sus notas. No leyó ninguna. Sólo vio palabras sueltas. Tocó el papel. La rugosidad le fue familiar. Se miró los dedos. La tinta se perdía en sus huellas. Fue al baño. En el espejo vio un rostro de frente perlada. Ojos hundidos y comisuras vencidas. Ese día había aguantado el llanto. Al tercer día todo mermaba. Se lavó la cara y sin secarse, tomó un buzo y bajó las escaleras. Buscó su mochila y no la encontró. Claro, la tenía Leila, dijo con certeza. Se llenó un pequeño termo de café y salió al parque; cruzó la tranquera y bajó las escaleras talladas en piedra. En su base, el sendero rojo le mostraba el camino. Saltó los últimos tres peldaños y se perdió en la niebla

Durante su caminata percibió algo. No era solo la niebla, había algo más. A la niebla ya se había habituado. La novedad había perdido eficacia para instalarse. La pestilencia que se le acercaba y se alejaba, no. Iba presa de un viento invisible. En aquel vaivén, veía un pez con forma humanoide que se le acercaba y retrocedía, acechándolo desde alguna parte la niebla. El olor le llegaba desde distintos flancos, como si fueran varias criaturas en vez de una. Su pie se enterró en barro y la zapatilla quedó atrapada en el fango.  Jonás debió detenerse para sacarla. Miró en derredor. La pestilencia se quedó expectante. Los faroles eran islas de luz flotando en la niebla. Algo se movió entre los juncos. Ya no solo era el olor. ¿Un carpincho, una rata, un cimarrón? No supo precisar qué, pero le dio mala saña. El latido de luz lo invitó a continuar. Era mejor moverse. Se puso la zapatilla y continuó su camino. Pegó patadas al aire. El barro rojo sangre salió despedido. Tenía la boca reseca. La vieja historia decía que el color se debía a una disputa territorial entre ratas y cimarrones: miles de ellas, cientos de ellos. El mito afirmaba que la tierra se había nutrido de la sangre de esa carnicería. No estaba claro quién había ganado. Ahora convivían en paz y la tierra era testigo. De nada servía desangrarse.

Después del recodo lo vio. El faro se elevaba en una pequeña entrada al mar. Desde allí, dominaba las aguas. Era cilíndrico y tenía franjas blancas y rojas. Dejó el sendero rojo y se dirigió hacia él.

ESCALERAS

En Boca de Pez, la geografía había cambiado. La barranca ya no estaba. Había arena en vez de tierra. La vegetación ribereña descendía hasta las aguas. Los juncales poblaban las márgenes. Dividiendo la playa, se alzaba un peñón. El faro coronaba su altura. Comenzó a caminar. No había sonidos. El mundo parecía haberse apagado. Jonás respiraba una quietud incómoda. Rodeó el peñón. Los juncales le cerraron el paso. Por el otro lado, descubrió una angosta escalera tallada en la piedra. Sacudió los borceguíes y subió el peñón. Al llegar a la cima, cubrió los pocos metros que lo separaban del faro. Se acercó temblando un poco.

Sus manos tocaron sus paredes. Eran metálicas, sudaban frío. Miró hacia la linterna que barría la niebla desde la altura. Estaba inquieto. Golpeó la puerta dos veces. No esperaba respuesta. No le sorprendió que la manija cediera. La puerta cedió sin chirridos. Subió las escaleras caracol que cruzaban el cilindro oscuro. El aire estanco le humedeció los pulmones. Sintió frío. Peldaño a peldaño, el ascenso fue cansador e incómodo. Se sentía observado. En la mitad del ascenso descubrió una puerta que le cerraba el paso. Del otro lado, lo esperaba más ascenso y oscuridad. Finalmente, llegó a la cámara del foguero. Al abrir la puerta vidriada, escuchó sobre su cabeza el rumor del motor eléctrico. Leila no estaba.

Hacia la izquierda, había un catre. Las sábanas estaban tibias y desordenadas; todavía olían a Leila. Su mochila naranja estaba apoyada contra el camastro. Estaba vacía. Del otro lado, dos estantes con libros y un escritorio. Sobre éste, mapas cartográficos, una pluma y un tintero, un catalejo, y un dibujo en tinta de Dagon. La escalera que ascendía a la linterna era estrecha; los peldaños eran barras. La subió sin problema y entró a la linterna. La luz lo bañó con furia y sintió su calor intenso. Se cubrió con una mano para que no lo cegara; la rodeó y salió al balcón del faro. El viento le refrescó la cara. Puso sus manos en la baranda. El rio se perdía en la bruma sepia de la niebla. «Leila, ¿dónde estás?», quiso gritar, pero su garganta no respondió. El viento le arremolinó el pelo. Se acurrucó bajo la campera. Sintió el olor fétido. Una silueta que se movió en el agua. Pareció un pez. Al pararse, descubrió que tenía forma humana.

—¿Leila? —Susurró, atónito—. ¡Leila! —. La figura levantó una mano hacia él. —. ¿Sos vos?

LEILA

Jonás rodeó la linterna y bajó las escaleras de un salto. Al internarse en la caracol, el vórtice lo succionó. No recordó la puerta en la mitad del ascenso. Se la dio de lleno en la frente. Quedó sentado en un peldaño apoyado en la pared. Sintió la sangre inundando su ceja. Bufó y se incorporó. Desde el borde del peñón, vio a Leila caminando hacia la playa. El agua le llegaba a los tobillos. Bajó la escalera del peñón sin perder la cautela. Al internarse en el banco de arena, Leila avanzaba con el libro de críptidos en sus manos. Caminó a su encuentro con una sonrisa. El giro luminoso los sumió en la oscuridad, para volver a iluminarlos. Leila respiraba como si el aire fuera un error. Jonás se frenó en seco. Había algo que no encajaba. Por primera vez, Jonás se preguntó qué estaba haciendo Leila allí. Si la mochila estaba arriba, ¿por qué se había internado en las aguas? La luz volvió a iluminarlos. Jonás atrapó el aire: su rostro era grisáceo, de ojos saltones, con orejas escondidas bajo un cabello plateado, ya no pelirrojo, a tono con la piel transparente y resinosa. Leila emitió un gorgojeo bajo mientras el libro se le caía y chocaba contra la arena. Le pareció que en vez de mano había una garra. En la penumbra, el olor fétido inundó a Jonás. Se le cerró el estómago. Respiró por la boca como Leila. ¿Era ella? Cuando la luz los iluminó, supo que no, pero tampoco pudo saber qué. El ser humanoide lo miraba desde sus ojos sin párpados. Tenía cabeza de pez, aunque conservaba rastros humanos. Su cuerpo era flaco y desgarbado. Sus músculos escondían una fuerza impensada. A Jonás le pareció ver un movimiento amenazante en la criatura. Retrocedió unos pasos, hasta darse vuelta y echar a correr. Al faro llegó en dos pasos y subió la escalera caracol. Escuchaba a la bestia gorgojeando atrás. Jonás cerró la puerta intermedia y también la vidriada. Le echó llave y retrocedió hasta el escritorio. Ya la escuchaba peldaños abajo. Entonces vio la cabeza del Pez emerger de las sombras: era escamosa y mostraba pequeños dientes triangulares. Roncó con fuerza. Abrió la puerta de un golpe y el vidrio estalló en pedazos. Cabeza de Pez avanzó en la cámara. Jonás palpó el escritorio y tomó lo primero que encontró: el catalejo; se lo arrojó y le dio de lleno en el rostro. La criatura se detuvo y respiró fuerte. Se quedó mirándolo, balanceando su cuerpo de un lado a otro. Jonás sintió que el tiempo se detenía. No sabía cuánto de Leila había en aquel ser. Sobre su cabeza, el rumor eléctrico sonaba lejano. Sólo escuchaba sus latidos y respiración; también, el ronquido del Pez cada vez más grave, cada vez más rápido. Jonás tomó la primera barra y comenzó a ascender hacia la linterna. Al llegar, la lámpara lo cegó. Una garra lo tomó de los pantalones y lo tiró con fuerza hacia atrás. Jonás se golpeó la cabeza y quedó aturdido. Bajo sus párpados, vio cómo el blanco se transformaba en gris. Su mano no llegó a asir la barandilla. Escuchó a la bestia proferir un grito acuoso. La oscuridad lo envolvió y cayó al vacío. Al chocar con el piso de la cámara, se incorporó gritando. Se sentó entre las almohadas mientras respiraba agitado. Jonás miró la ventana abierta. La niebla había retrocedido y el sol le daba directamente en la cara.

MOCHILA

Jonás se había sentado en la galería que daba al parque. El río era un cinta marrón que descendía despacio. Desde que se había despertado, necesitaba aclarar ideas. En primer lugar, no recordaba haber sacado la mochila del armario. El plástico que la envolvía estaba vacío y no había rastros de ella. En el sueño vívido que había tenido, Leila la había dejado a los pies del catre en la cámara del foguero. Se levantó y caminó despacio. Dejó que los rayos del sol lo calentaran. En un impulso, pasó la tranquera y se encaminó a Boca de Pez por el sendero rojo.

Mientras avanzaba lo recorrieron extrañas sensaciones. La primera alerta fue la huella de su borceguí. Al examinarlo, descubrió que era reciente.

—De la noche anterior —completó. Se acercó a los juncales desde donde había escuchado el movimiento. No sabía qué mirar. Se sentía presa de un extraño déjà vu, pero no había olor fétido, la niebla sepia había retrocedido y el día estaba radiante. Al ingresar en el tramo final del sendero, pensó en Leila y en el recuerdo brumoso que le había quedado. La había visto emerger del agua; sin embargo, tras la ilusión inicial, no supo con quién se había encontrado. Parecía Leila, pero no podía dar fe de quién era. En Boca de Pez lo esperaba el anfiteatro. Se sentó en una de las gradas. En esos momentos, Jonás sentía el peso en el pecho; su boca sabía amarga, nostálgica, con pena a flor de piel. Se permitió llorar.

Las aguas se desplazaban perezosas cuando se recuperó. Dagon aparecía entre la bruma blanca que la rodeaba. Bajó las escaleras y pudo sentir la fetidez bajo el ceibo. Al llegar a la base, lo vio. El libro de críptidos estaba apoyado en una piedra, apenas mojado. Lo miró de soslayo, analizándolo. Olió sus páginas con los ojos cerrados. Le pareció percibir un dejo del perfume de Leila. Instintivamente, miró hacia donde había estado el peñón con faro. Caminó por la costa estrecha hasta allí. Los borceguíes se hundían en la arena sucia de papeles de golosinas y cervezas enterradas. No tardó en distinguir el naranja fuerte de su mochila. En su interior, encontró el catalejo. Otra vez el corazón le dio un vuelco. Parecía impregnado de una gelatina seca. Le dio asco y lo arrojó al interior de la mochila. Miró hacia las islas al subir las escaleras. No se dio vuelta. Mientras volvía a la Casa de la barranca, pensó en tres cosas: la mochila, el catalejo y el libro.

Levantó la cabeza del libro y miró a través de la ventana. Ya había anochecido hacía un rato. Ese libro sólo podía ser de Leila, pero ¿cómo había llegado hasta allí? ¿Cómo la mochila había llegado a Boca de Pez? ¿Padecería sonambulismo? Si fuera así, eso no explicaba ni al libro, ni al catalejo apoyado a un lado del escritorio. Fue al baño. El espejo le devolvió un rostro demacrado. Se dio una ducha y volvió a la habitación. Entonces vio la luz del faro que la iluminaba. Jonás no supo si era ilusión o realidad. No existían faros en esa región. Tomó el catalejo y miró: la luz brillaba más allá de Dagon. Al bajar el larga vista, el faro brilló por última vez y se apagó. Dejó el catalejo sobre el libro de críptidos. A los pies de la cama estaba su mochila. Conservaba la misma posición que en el catre.

Se acostó confuso y se durmió rápido. No recordó qué soñó. Al despertarse, imprimió textos con los que trabajaba y tomó un par de mudas de ropa. Los metió en la mochila y descendió las escaleras. Al cerrar la puerta de entrada, cruzó el parque. Miró la Casa de la Barranca por última vez, bajó los peldaños y se encaminó hacia Boca de Pez.


Juan Pablo Cesio (Buenos Aires)

Es docente, corrector literario y guionista. Publicó en las dos ediciones de Buenos Aires no duerme y es profesor de español en la UBA. Trabaja en El Pez, proyecto narrativo del que «Jonás» es su primera entrega.

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