begoña hermida perez

La lluvia llevaba tres días cayendo sobre Ferrol. Se deslizaba en una cortina fina y pertinaz, como si alguien hubiera decidido disolver la ciudad, con paciencia de alquimista. El asfalto hacia A Graña brillaba como una losa de obsidiana rota, y el aire sabía a sal, a algas podridas y a óxido. Desde la garita, Mateo observaba la ría, gris plomo, una superficie muerta donde ni siquiera las gaviotas se atrevían a posarse.

—Antes esto estaba lleno de barcos —dijo, sin apartar los prismáticos. Su voz sonó vacía, como si repitiera una lección que ya nadie necesitaba.

Nadie respondió. Hacía semanas que las altas paredes y la verja doble funcionaban como refugio. Un espacio lo bastante grande para no matarse entre ellos, lo bastante pequeño para que el silencio fuera una religión. Habían aprendido a no hacer ruido innecesario: no discutir a voces, no correr, no llorar. Y, sobre todo, a no abrir. La supervivencia era un ejercicio de quietud.

A él lo trajeron al anochecer. Entre dos. Más arrastrándolo que ayudándolo, dejando un rastro oscuro en el cemento.

—Dejadlo ahí —dijo Mateo desde la garita.

Lo dejaron contra la verja exterior, apoyado en el metal frío. La cabeza le cayó hacia un lado, la ropa negra de sangre y lluvia. Las heridas del antebrazo y hombro eran visibles: desgarros irregulares, la piel amoratada.

—Le han mordido dos veces —dijo Jorge, retrocediendo.

—O tres —añadió Clara.

Nadie se acercó. Desde dentro, lo observaron como a un animal herido que aún no ha muerto. Le dejaron una lona que alcanzaron a pasar por debajo de la verja. Las reglas eran claras: si te mordían, no volvías a entrar. Era para no tener que mirar a los ojos a alguien mientras le disparabas.

Esa noche, los primeros llegaron antes del amanecer. Eran tres. Aparecieron desde la carretera con sus movimientos torpes, arrastrándose. Se detuvieron junto al cuerpo. Lo rodearon. Una inclinó la cabeza hacia él, tan cerca que casi le rozaba la cara. La lluvia les caía sin que ninguno parpadeara.

Mateo puso el dedo en el gatillo. Pero no pasó nada.

Los tres se quedaron quietos. Luego, sin prisa, se alejaron.

—¿Qué ha sido eso? —susurró Clara.

Mateo no respondió. Bajó el rifle con las manos temblorosas.

Al día siguiente había cinco. Estaban desperdigados por el perímetro, algunos de pie, otros sentados en el asfalto. No intentaban entrar. Simplemente… estaban.

Él seguía inmóvil. La lluvia le caía en la cara. Su pecho se elevaba con una lentitud que no era la de un moribundo. Los zombis lo rodeaban, a veces rozándolo, pero nunca le hacían daño. Como si no lo vieran. O como si lo reconocieran como algo que no debían tocar.

—Está muerto —dijo alguien al amanecer del segundo día.

—No lo está —respondió Mateo—. Sigue respirando.

—Pues debería estarlo.

Mateo bajó con una botella de agua. Entre él y el cuerpo había tres zombis, de pie, mirando hacia la ría. No le hicieron caso. Dejó la botella en el suelo, la deslizó con el pie. Cuando el plástico rozó la mano del hombre, no hubo reacción.

—¿Qué pasa ahí fuera? —preguntó Clara al subir.

—No lo sé. No le hacen nada.

—Igual ya es uno de ellos.

—Los zombis no respiran. Él respira. Tiene pulso. Es lento, pero está ahí.

En los ojos de Clara había algo peor que el miedo: la certeza de que estaban viendo algo que no encajaba en ninguna regla.

Al tercer día, el hombre estaba sentado. La espalda contra la verja, las rodillas recogidas, la botella vacía. Los zombis se habían retirado a la curva de la carretera, quietos mirándolo. Él miraba hacia la ría, hacia la niebla que se arrastraba sobre el agua.

—¿Puedes hablar? —preguntó Mateo.

—Sí.

—¿Cuántas veces te han mordido?

Él bajó la mirada hacia sus manos. Las abrió y las cerró.

—No lo sé.

—Llevas tres días ahí fuera. Han venido. Se han quedado a tu lado. No te han hecho nada.

Él asintió. Como si ya lo supiera.

—¿Por qué?

—No lo sé. No sé por qué estoy vivo. Pero cuando están cerca… ya no oigo el ruido.

—¿Qué ruido?

—Dentro. El miedo. Las voces. Las decisiones. El ruido de estar vivo. Cuando ellos están… se apaga.

Mateo buscó los signos: fiebre, temblor, la mirada perdida. No los encontró. Estaba quieto, demasiado quieto, pero sus ojos seguían siendo humanos.

—No puede entrar —dijo Clara.

—Lo sé.

—Pero tampoco podemos dejarlo ahí fuera. No con… eso.

Señaló la carretera. Siete zombis, quietos, mirando hacia la verja.

Mateo lo pensó cuatro horas. Luego tomó la decisión.

—Lo metemos en el almacén. Solo hasta que sepamos lo que pasa.

—Si se vuelve… —empezó Jorge.

—Lo matamos. Pero habla, sabe quién es. Llevamos tres días viendo algo que no entendemos. Y él está en medio.

Abrieron la verja. Dos hombres salieron, armas preparadas. Los zombis no se movieron. Lo levantaron entre los dos. Él no opuso resistencia. Cuando cruzó el umbral, algo en su expresión cambió. Como si ya supiera algo que antes solo intuía.

Lo dejaron en el almacén, sobre una lona que olía a gasoil. Le limpiaron las heridas lo justo. Lo vendaron sin cuidado. Nadie quería ser el que se apiadara de algo que quizás ya no era humano.

Pero él ya había esperado dos días fuera, rodeado de ellos. Y no murió.

Al día siguiente abrió los ojos. Miró al techo de chapa. Cuando le acercaron agua, la bebió despacio, como quien cumple con un gesto aprendido hace mucho.

—¿Cuántas? —le volvió a preguntar Mateo.

—No lo sé.

La primera vez que salió al patio fue un error. Alguien no ajustó el pestillo. Cuando se dieron cuenta, ya estaba fuera, descalzo bajo la lluvia.

Y ellos estaban allí. Cinco, arrastrándose desde la curva. Se movían como personas con daño cerebral: brazos en ángulos incorrectos, rodillas rígidas, la mirada fija. Golpeaban la verja con los puños y la frente. No parpadeaban.

Mateo levantó el rifle. Fijó la cabeza en la mira. No disparó.

Él caminó hacia ellos. Sin prisa. Se detuvo a unos metros. Los cinco se detuvieron también. Como si una mano invisible hubiera pulsado un interruptor. Sus brazos cayeron, sus mandíbulas se relajaron. Permanecieron quietos, mirándolo.

Él alzó una mano con la palma abierta.

Mateo apartó el ojo de la mira.

—Qué cojones… —murmuró Jorge.

Nadie habló hasta que volvió a entrar. Cuando cruzó la verja, Clara retrocedió un paso. Él lo notó. Sus ojos tenían un brillo tenue, como si detrás de la pupila hubiera una luz lejana.

Esa noche no durmió dentro. Le llevaron una manta, un termo. Lo dejaron en la garita vieja.

—Es temporal —dijo Clara, sin mirarlo.

Él asintió.

Los días siguientes fueron más fáciles. Él salía con las expediciones, caminaba delante. Recorrían las calles vacías de Ferrol, los portales entreabiertos, los coches abandonados.

Cuando aparecían los suyos —empezaron a llamarlos así, con un escalofrío—, él se detenía. Y ellos se detenían, la agitación cesaba.

—Nos viene de puta madre —dijo Jorge—. Un perro guardián al revés.

Nadie rio.

Luego empezó el silencio. Conversaciones que se cortaban cuando él se acercaba. Miradas que no se sostenían. Un niño lo señaló con el dedo.

—Mamá, ese…

—No mires.

Él dejó de entrar al comedor. Comía fuera, mirando la verja.

Un día, Clara se sentó a su lado.

—¿Los oyes? —preguntó.

—No es exactamente oírlos.

—¿Entonces?

—Como cuando sabes que alguien está en casa, aunque no lo veas. Ellos emiten algo. Y yo lo percibo.

—¿Y qué sientes?

Él la miró. En sus ojos había una calma absoluta. La de quien ha entendido algo que los demás aún no.

—No están perdidos. Han dejado de ser lo que éramos. Su cerebro funciona distinto. No hay pensamiento, no hay sufrimiento. Solo estímulos.

—¿Y tú? ¿Tu cerebro sigue siendo el mismo?

Él no respondió. Miró hacia la verja.

Clara no volvió a sentarse con él.

El cambio no se notó de golpe. Dejó de sobresaltarse. Dejó de mirar atrás. Una mañana salió sin abrigo bajo la lluvia y no parpadeaba cuando las gotas le daban en los ojos. Su piel estaba más pálida, sus movimientos más económicos. Mateo lo observaba y pensaba que estaba viendo a alguien olvidar su parte humana, gesto a gesto.

El día que no volvió al anochecer, nadie fue a buscarlo.

Al cuarto día, apareció en el camino. Solo, al principio. Luego vinieron los demás. Detrás de él. Una masa informe que avanzaba con movimientos rígidos, como un rebaño con su pastor. Detrás de él, caminaban con una coordinación que no les era propia. Eran demasiados.

Se detuvo a unos metros de la verja. Ellos también.

—Puedo mantenerlos fuera —dijo—. Mientras yo esté aquí, no pasarán.

Mateo apretó el rifle. Detrás de él, once personas lo miraban.

Él recorrió las caras conocidas.

—Si me alejo… vienen conmigo.

El silencio se hizo denso.

—Entonces, no puedes quedarte —dijo Mateo.

Él asintió. Se giró hacia los suyos. Ellos también se movieron, como si un hilo los atara.

—No están perdidos. Son otra cosa. Su mundo es más simple. Y vosotros sois el ruido que les duele. Os están esperando para dejar de oírlo.

Nadie respondió.

Dio un paso hacia la niebla. Miró la verja por última vez. No miró a las personas. Moró el alambre de espino, el cartel de “Zona Militar”. Como si se despidiera de una idea.

Cuando se alejó, los otros lo siguieron. La masa oscura se fundió con la niebla.

Esa noche no hubo golpes. Solo la lluvia, constante, paciente.

Y aun así, nadie durmió.

Mateo se quedó en la garita hasta el amanecer. Cuando la luz gris dibujó la ría, supo que no volverían. Y supo que lo que se había ido era más grande que lo que quedaba. Pensó en sus palabras: son otra cosa. Y sintió una pregunta sin respuesta, abierta como una herida.


Begoña Hermida Pérez

Arqueóloga y escritora, interesada en los límites entre lo humano, la memoria y lo que permanece cuando todo cambia. Sitúa sus historias en paisajes reconocibles donde lo cotidiano se quiebra. Su mirada, formada en excavaciones arqueológicas y capas de tiempo, explora en lo que se descompone las semillas de lo nuevo. Combina la escritura con la investigación arqueológica en el noroeste peninsular español, donde el mar y la lluvia marcan el ritmo de los días.

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