—¡Ay! ¿Será posible?
Las palabras sonaron agudas, rabiosas. Se le escurrían angustiadas un veinticinco de diciembre a las nueve de la noche mientras esperaba a Cata, la vecina del apartamento 102. Tantos años con las mismas luces Made in China que su madre había comprado aquella Navidad en la que se separó de su padre. Aquella en la que cesaron los gritos, los insultos y los objetos voladores que aterrizaban estrellándose en alguna esquina. En esos tiempos se podían encontrar durante días las esquirlas de porcelana resistiendo en los rincones, como evidencias de la guerra reciente. Alguna vez se cortó la yema un dedo con un vidrio minúsculo o pisó descalzo un diminuto cristal que dejaba una abertura insólita y ardiente. Con los años, las pruebas ese pasado permanecían intactas en su piel, cartografiando otro dolor que no cesa. Aprendió a eludir, por necesidad y con mansedumbre, todo aquello que lo comprometiera seriamente con la existencia humana, porque en esa Navidad en la que se había quemado la primera de las lamparitas como preludio del escándalo que vendría a continuación, algo más se había desencadenado. Se vio a sí mismo enfrentándose a la certeza de que desde ese evento ya no habría marcha atrás en los posteriores sucesos que signarían su vida. Las otras luces se fueron extinguiendo, titilando lánguidas hasta el final. Colocaba la ristra de luces muertas sin entusiasmo, como un infortunado Sísifo que repite en su memoria los mismos hechos fatídicos.
Los años transcurrían insensibles mientras él continuaba atrapado en el block del complejo de viviendas más feo que había visto en la totalidad de su vida. Cuando las circunstancias lo obligaban a salir y observaba el edificio desde lejos, pensaba que un arquitecto sádico había construido esa horrible madriguera sin la menor empatía por quienes iban a habitar aquel infierno corroído. La oscuridad, las pequeñas ventanas, la humedad, el color gris del cemento, la falta de ventilación; sí, ese arquitecto seguramente había sido un hombre aburrido y perverso. Se encogió de hombros con la resignación del vencido por la mala suerte y quitó unos restos del plástico de la lamparita de la suela de su pantufla. Cata seguramente no se percataría de la ausencia de luces. La habitación era, de todos modos, lo suficientemente desagradable como para que ella reparara justamente en eso. Observó el resto de la sala. Por una ventana pequeña el pesado aire entraba anunciando una formidable tormenta. Vio el sofá, viejo como él, marchito y cubierto de un polvo blanquecino, roñoso, matizado por los restos de la seda pegajosa y oscura que dejaban las telas de araña. Arriba, en los ángulos de los techos, los hongos negros tiznaban las estructuras colgantes y densas de las selvas de telas orbiculares, laminadas y enmarañadas. Sus ojos se suspendieron sobre el piano de su madre, deteriorado a pesar de la constante limpieza a la que lo sometía. El recuerdo de su madre y de las clases de piano lo remontaron a un mundo anhelante y distinto. Revolvió en su memoria la cantidad de veces en que, regresando de su trabajo, alcanzaba a ver, desde la ventanilla del bus, su silueta encorvada sobre el teclado.
Levantó la tapa con cuidado. El marfil estaba gastado y vetusto. Rozó las teclas delicadamente, sin hacer sonido alguno. El tacto de su madre, la suavidad de su rostro y la carne gelatinosa del final se adhirieron a las yemas de sus dedos. La penetrante oscuridad de sus ojos lo conmovió: “sus finas manos ebrias de delirar armónicas / dulzuras de los parques, vagaban en el piano / sonambuleando, y eran las blancas filarmónicas / arañas augúrales de un mundo sobrehumano”.[1]
Y la maldita mancha en la pared del dormitorio de su madre. Esa imagen lo trajo abruptamente al presente. Estaban convencidos de que era el origen de la enfermedad compartida. Ella escuchaba las voces que desde allí la llamaban.
—Vienen por mí, vienen por mí… Por nosotros.
Al principio se preguntó qué clase de delirio la poseía y ahora esa mancha le hablaba a él. Había cubierto gran parte con un enorme ropero, pero esta, negra y ondulante, se expandía palpitante, día a día. Una mancha viva, un follaje pegajoso y elástico, una puerta trampa por donde acecha lo que está en otro lado. Ciertamente, la culpa de la enfermedad era de ese monstruo que aguardaba perseverante. Si confiara un poco más en Cata se la mostraría y le contaría todo. Abrió un poco la puerta de la habitación, mirando de reojo los surcos de uñas en la puerta de madera. La cerró con llave como antes, cuando su madre tenía sus primeros ataques y había que encerrarla. Una fuerza invisible le estrujaba el cuerpo. Se dirigió a la cocina y, tras unos suspiros espasmódicos, metió un enjuto pollo en el horno. Cata era inteligente y sensible. No le importaría la frugal cena, sino que disfrutaría de su compañía. Conocía bien su situación económica después del accidente en la fábrica y de la miserable cuota de una renta por discapacidad. Volvió a la sala se colocó frente al árbol. Las imágenes de su vida iban desgajándose a su alrededor. Afuera los truenos vibraban.
Un pan dulce, un budín, dos litros de vino. Cata calculaba, mientras metía sus compras para la cena en una bolsa, los años que hacía que no veía a sus padres. Otra vez pasaría con su vecino la Navidad y festejar era un eufemismo; el verbo adecuado sería “padecer” o, incluso, “sufrir”. Una persona puede llegar a ser muy desgraciada en la vida y ambos, como infectados por una peste letal, habían llegado a ese mismo punto asqueroso del mundo. Ella sentía empatía por aquel hombre solitario, aunque no entendía cómo era posible que hubiera estado atado toda la vida a su madre, como una mosca atrapada en una red. Aburridos, brindarían y contemplarían los fuegos artificiales por la ventana del lavadero. Se despedirían en el silencioso pasillo compartido con la promesa de un nuevo encuentro en breve y eso sería todo.
Ella disfrutaba provocando la curiosidad idiota de otro vecino, Rodríguez, un anciano pequeño, gruñón y antipático que solía sentarse en el corredor con la puerta de su apartamento abierta, mirando descarado el acontecer de la vecindad. Cuando terminó de juntar todo lo que llevaría al apartamento de su amigo, salió sonriente. Vio al anciano en la penumbra y encendió la luz del pasillo, que parpadeó y emitió los siniestros sonidos de un cortocircuito próximo. El ruido era tan desagradable que pensó en la sensación que tendrían las personas cuando su mente se apaga antes de morir. Unos flashes intensos de luz deformada, unos sonidos irritantes, el miedo a lo desconocido, la definitiva nada.
—Feliz Navidad —dijo con fingida alegría. Rodríguez tenía los atributos del mal en sus ojos, en sus movimientos, en el aroma inconfundible que exhalaba su apartamento: el de las cosas viejas e inservibles. Recogió su reposera, murmurando quién sabe qué insultos, y entró cerrando la puerta a sus espaldas con un golpe grosero. Triunfante, Cata fue a golpear en lo de su amigo. Antes de tocar la puerta, este ya le abría lentamente.
—Me había dormido —el hombre le hizo un gesto invitándola a pasar. Me senté en el sofá, pensando en viejos asuntos y me despertó el portazo de Rodríguez. ¡Qué hombre horrible ese!
Cata le besó la mejilla y comenzó a sacar comida de la bolsa. La distribuía en la mesa intentando que pareciera que se trataba de un buen banquete. La voz del vecino se acercaba desde la cocina, cargando una asadera humeante que depositó sobre la mesa. El hombre era débil, tenía los brazos delgados y los músculos flácidos. La mala alimentación y la vejez prematura eran evidentes. Ella estimaba su bondad y sentía mucha compasión por él, tan inteligente, tan culto; una vida desperdiciada. Apreciaba que él le prestara sus libros, que le eligiera los más sencillos, no porque la creyera tonta, sino porque tenía la delicadeza suficiente como para comprender que no poseía tiempo para entretenerse con lecturas. Sabía que era su única amiga y eso, en el fondo, la halagaba.
Sentados a la mesa, comían entre pausas de incómodo silencio. Cada tanto, Cata hacía alguna referencia a los artículos de las revistas que leía en sus horas libres. Hacía exhibición de su conocimiento en todo tipo de materias que esas publicaciones debatieran. Desde una ciencia oriental innovadora inspirada en el feng shui hasta el tratamiento de los triglicéridos en la diabetes basado en una alimentación frutícola. Su comensal la escuchaba con simulada atención, mientras con la mano libre cubría su boca. Le faltaban los incisivos y la vista de los cuatro caninos le daba una apariencia grotesca, animal. Cuando ella comenzó a hablar del tratamiento de los hongos en las paredes con productos de fabricación casera, su rostro se ensombreció. Se incorporó con una flexibilidad inusual, mirando el piano mientras la mujer hablaba.
—Cata —la interrumpió—, si le cuento algo raro; algo del pasado… Hay una mancha en esta casa y… algo más.
El hombre giró para mirar a su amiga; si se lo iba a contar todo, mejor era ver su reacción. Pero ella ya no estaba; no estaba sentada a la mesa, ni en la cocina, ni tampoco en el baño. Tanteó la puerta de la habitación de su madre y aún permanecía bajo llave. Abrió, de todos modos, y miró la mancha. Le pareció que esta se hinchaba como unos pulmones gigantes, como una tarántula repulsiva queriendo capturarlo. Un estruendo lo hizo reaccionar y se encontró sentado nuevamente en el sofá frente a la entrada de su vivienda. El portazo de Rodríguez lo había despertado. Cuando abrió estaba pálido.
—Vecino, ¿qué le pasa? Me parece que el pollo se está quemando.
Cata dejó caer su bolsa y entró apresurada hacia la cocina. Abrió una ventanita que servía de respiradero. Afuera lloviznaba. El hombre transpiraba y miraba al vacío con un brillo nuevo en sus ojos desorbitados. Algo excepcional lo habría asustado, así que lo tomó suavemente por los hombros y lo enfiló hacia la mesa. Lo obligó a sentarse y se puso ella misma a preparar la cena.
Comían lentamente, hundidos en un silencio perturbador. Ella notó el extraño adorno de la ristra sin luz en el arbolito cubierto de una espesa capa de polvo y telas de araña. Discreta, observó el rostro de su vecino, suspendido en algo turbio y doloroso que seguramente lo atormentaba desde hacía mucho. Los relámpagos iluminaban progresivamente la sala. Las pupilas del hombre reflejaban, en esas explosiones, una especie de urdimbre brillante de múltiples lucecitas como ojitos pequeñísimos que Cata, casi hipnotizada, imaginó arácnidos. Finalmente, pestañeó varias veces sacudiendo su cabeza y comenzó a hablar en voz baja.
—Me sucedió algo extraño. Un sueño aterrador. Yo estaba hablando con usted aquí, hace un rato. Era una charla normal. En un momento me paré y fui hasta el piano de mi madre. Ya le conté que mi mamá tocaba el piano y muy bien, por cierto. Tenía sus alumnos, pero se enfermó. Le iba a decir algo. Me levanté. Caminé —el hombre comenzó a recrear sus acciones recientes—, me paré frente al piano y cuando giré…
Quedó paralizado, herido de muerte por la evidencia. Cata no estaba. Corrió hasta la puerta del dormitorio materno y estaba sin llave. Entró y levantó la cabeza presa de un miedo terrible. Vio la mancha ocupando casi la totalidad de las paredes y extendiéndose por el techo. Se cubrió el rostro, como cuando era pequeño y escuchaba el golpeteo de las patitas afiladas de un bicho pesado e inclasificable contra el parquet. La voz de su madre le gritaba desde esa oscuridad de la cima. Lo insultaba y amenazaba. Su madre, la pobre loca a la que temían todos. La del marido al que no volvieron a ver luego de una intensa discusión de horas. La que cubría su boca desierta de cuatro caninos espeluznantes. La que acusaban por la desaparición de unos niños.
Descubrió su rostro y miró el repulsivo abismo. Vio una araña gigantesca aguardándolo allí y, a la vez, a miles de arañas que crujían en la altura, llamándolo con la voz de su madre, creando una melodía compuesta por sus extremidades filosas. Raudo, conmovido, salió y trancó la puerta. Sabía que estaba atrapado en una red de acontecimientos irreversibles. El eco de la voz materna seguía hablando: “Yo sé que sus pupilas sugieren los misterios / de un bosque alucinado por una luna exótica”.[2]
Iba a sentarse en su sofá, pero cambió de idea. Como un resorte se aproximó sigiloso hasta la puerta del apartamento. Giró el picaporte y abrió. Vio a Cata, que lanzó un gritito, sorprendida. Detrás, como una gran araña blanca, Rodríguez se replegaba, alejándose hacia su propio apartamento. Esta vez se había aproximado demasiado y pudo ver en sus ojos una maldad insondable, la misma que él había aprendido a soterrar tras años de educación materna. Se retiró con violencia, hundiéndose en la oscuridad de su propio nido, como siempre. Un rayo impactó muy cerca del edificio. Cata, estaba en la cocina y sacaba del horno un pollo ennegrecido por partes. Él la miraba absorto, con ojos gigantes. Sonrió sin despegar los labios. ¿Cuándo habría despertado? ¿Cuando su madre le habló? La mujer le sirvió un vaso con vino y comenzó a abanicar el espacio con un repasador, intentando disipar el humo. La interrumpió, convencido de que le tenía que mostrar la mancha. Era necesario que alguien más pudiera testificar la existencia de eso tan terrible que habitaba en su propia casa, en su edificio, en el mundo. La invitó a seguirlo hasta la habitación. Ella lo hizo dubitativa, con las manos cruzadas sobre el vientre. Había algo atemorizante en el hombre, que estaba por demás enérgico y elocuente. Cuando le abrió la puerta, no miró hacia adentro, sino que la observó rigurosamente; ella se adelantó con precaución primero, con terror después, mirando hacia la mancha vibrante que abarcaba la pieza.
Una serie de golpes furiosos en la entrada del apartamento lo sobresaltaron. Estaba de pie en el umbral del dormitorio materno así que trancó la puerta de la habitación y fue rápidamente a abrir la principal. En lugar de su amiga, se encontró con que un policía era el que llamaba. Apretaba la culata de su arma nerviosamente y parecía tener muy poca experiencia en su oficio. Detrás, Rodríguez, con su repugnante cabello parecido a un capullo de finos gusanos blancos, lo señalaba tembloroso.
—Yo oí todo. La oí gritar a ella y a su madre también. ¡Monstruos!
El policía lo empujó a un lado. Él ni siquiera atinó a defenderse o a quejarse. Lo vio detenerse ante el umbral del dormitorio. Escuchó cómo giraba la llave. Lo vio entrar parcialmente y retroceder sacudiéndose, con la boca abierta como si el alma se le escapara por ahí. Lo vio caer y escuchó sus gritos diluyéndose entre el golpeteo de la lluvia. Afuera un trueno intenso sacudió los cimientos del edificio. El hombre giró bruscamente cerrando la puerta del apartamento ante la atónita mirada de Rodríguez. Sonrió ya sin pudor de mostrar sus espeluznantes y duplicados quelíceros.
[1] Versos del soneto de Julio Herrera y Reissig titulado “Las arañas del augurio” (Los maitines de la noche, 1902).
[2] Ibid.
Andrea Arismendi Miraballes (Montevideo, Uruguay)
Es docente de Literatura y ha publicado diversos trabajos académicos relacionados con su campo de investigación. Se desempeña como docente en nivel terciario y secundario. Ha trabajado como columnista en el programa de radio La máquina de pensar. Ha publicado narrativa y poesía, tanto en obras propias como en antologías.
Algunas publicaciones: Când primejdia pândește (Rumania, 2025); Pyrámide. Geografías de otros mundos (junto a M. Damonte y O. Frick, 2025); Memoria de una ciudad por donde no pasó la guerra (Francia, 2020); Guerra (2019); Cuando eso acecha (2017), Detalle de los bosques (2016).

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