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Por largo tiempo, fui un negacionista de los relatos que contaba mi madre. Siempre odié las ficciones. Paradójicamente, una de sus narraciones fue la que inspiró mi vocación científica. De joven, ella había visitado a los Runa de Ávila, una comunidad indígena ubicada en la profundidad de la selva de Orellana. Allí había aprendido otra manera de sentir. En sus años compartidos, mi madre había interiorizado algunas ideas que chocarían conmigo mientras crecía: la idea de que los bosques respiraban o, mejor aún, de que los bosques pensaban; era para mí una especie de fantasía que me alimentaba de niño. Pero en la facultad de Biología entendí que eso que mi madre llamaba “pensar” no era más que una serie de procesos electroquímicos: impulsos eléctricos, señales bioquímicas, patrones de respuesta en sistemas complejos de biomasa. “Linda explicación de laboratorio”, hubiera dicho mi madre, como quien se burla con cariño del que cree que nombrar algo es comprenderlo.

Recuerdo una vez, con rabia, haberle dicho que sus palabras eran inútiles frente a los datos. Que los cuentos no curan enfermedades ni diseñan vacunas. Ella no me respondió. Solo cerró los ojos y murmuró algo en quichua que no comprendí en ese momento. Esa frase volvería años después.

Entre sus delirios, ella estaba convencida de que podía explorar mi cabeza –y la de tantos otros– usando relatos o, como yo les decía, simples conjuros. Los había aprendido de los Runas. Uno de ellos era el “Wiñay Ñukanchik rimaylla kashkan”, frase que traducida significa: “Nuestra palabra siempre queda”; o uno de los más molestosos: “Sacha runakuna riman”, que significa algo así como que los animales, los humanos y plantas convivimos en una especie de red global que se integra y distribuye a través de los bosques. Lo que creen en el fondo es que los bosques funcionan como una especie de biblioteca biodiversa a la cual todos accedemos desde los sueños, desde la palabra.

Yo mismo encontré la cuestión interesante hasta cierto punto. Pero estaba demasiado concentrado en mis propios estudios como para dedicar demasiada atención a esoterismos. Era y soy estudiante de biotecnología y, a fin de proporcionar un contexto para mis acciones posteriores, hablaré brevemente de mi experiencia en este ámbito.

En un sentido cotidiano, asociamos la información con símbolos y signos de creación humana, como la palabra escrita o hablada. Para los informáticos, su definición es más austera: la información significa cualquier señal eléctrica susceptible de ser representada en unos y ceros. Algunos de mis colegas sostienen que la información no puede limitarse a ser un proceso que describe al mundo, sino que esta lo representa, lo moldea y lo ejecuta. Aquella idea me inquietó durante un tiempo, aunque al principio no supe del todo por qué. El Doctor Cárdenas decía que ,en todo caso, la clave se encuentra en cómo los datos se transmiten, en cómo cada nodo receptor o emisor, sea este informático, biológico o semiótico, tiene capacidad de procesarla. Ahora yo podría resumir que los humanos tejemos capas de sentido en forma de ficciones. Nuestros relatos inventan vínculos, legitiman reglas, hacen habitable el mundo, es este artefacto lo que le da forma al mundo.

Recuerdo vívidamente que cuando explotó el boom de la IA, mis profesores y colegas se deslumbraban con las promesas que esto traería, yo fui de los pocos que se oponía a la definición de “inteligencia”. Creo que, para llamarle inteligente a un autómata, este debe ser capaz de crear nuevos significados, nuevos sentidos dentro de la realidad. Antes pensaba que esto, claro, solo sucedía en las interacciones humanas, pero los relatos de mi madre siempre contuvieron sabiduría, ella solía decir que “los bosques no piensan como nosotros”. Decía que no fabrican conceptos, sino que y, aquí viene la carga esotérica: “doblan la luz entre las hojas, trazan caminos con el crecimiento de las raíces, inclinan la humedad hacia los brotes”; como si el bosque, en lugar de hablar, dispusiera la escena para que el sentido ocurriera.

La noche después de aquella clase de algoritmos evolutivos, soñé con neblina. Era espesa, densa, y bajo mis pies sentía algo enredado, como si caminara sobre nudos vivos. A lo lejos, sentía que una voz hablaba. Era un canto, o tal vez una historia.

Ahora que mamá se ha ido, tengo más presente que nunca sus relatos. Cuando era niño, solíamos caminar juntos al borde del bosque. Ella me enseñaba palabras en runa simi, y me decía que pronunciarlas en voz baja hacía brotar ciertas flores. Ella solía decirme que cuando partiera de este plano, no se iría del todo, que se esparciría por los senderos de Misahuaylla, entre las chacras y los riachuelos que cruzan la comunidad de los Runa de Ávila, que su voz dormiría en las raíces del yutzo. Aunque nunca dijo nada sobre un posible lugar de entierro, decidí hacer su funeral y su lugar de descanso en un pequeño bosque de Misahuaylla.

No fue hasta pocos días después, de su muerte que, en honor a ella, intenté combinar parte los dos mundos que me constituyen. La computación fúngica es una rama emergente que explora el uso de redes miceliales como sustrato para el procesamiento de información. En esencia, buscaba aprovechar el potencial del intercambio eléctrico en los micelios, esas mismas corrientes tenues que recorren la tierra. Por primera vez, decidí dejar que la ciencia se acercara a los esoterismos espirituales de mi madre. Pude cuestionar la idea de que la interfaz sensible de un hongo pudiera ser, tal vez, una forma de escuchar lo que ella había dicho desde siempre: que el bosque habla, que el bosque narra.

Primero, comencé con el diseño de la red, cultivando Pleurotus ostreatus sobre sustrato orgánico recolectado en Misahuaylla (para asegurar compatibilidad biológica con el entorno). Inserté microelectrodos de platino en puntos nodales del micelio, y los conecté a un sistema de registro mediante conductores vegetales reforzados con grafeno. Luego extendí la red hasta alcanzar raíces activas en el borde del bosque. Pronto, el sistema comenzó a emitir pulsos eléctricos coherentes ante cambios mínimos de luz, temperatura y vibración. Básicamente, quería ver cómo una red de hongos podía funcionar como una especie de biocomputador al cual podría manipular y aprovechar la información que capturaba del bosque. Si al descomponerse, el cuerpo de mi madre se integraba al bosque, entonces su existencia no terminaba, sino que de alguna manera se redistribuía. Sus compuestos pasaban a formar parte del ciclo biogeoquímico, y con ellos, también algo de su historia, de su memoria celular, de su relato.

En un sistema suficientemente complejo como lo es un bosque maduro, incluso la descomposición puede entenderse como un tipo de transmisión. Los nutrientes que habían sido su sangre ahora alimentaban las raíces, y los minerales de sus huesos se incorporaban a la savia. Cada elemento llevaba las huellas de los procesos que la habían atravesado en vida. Si estas mis teorías o sus relatos, si algo era mínimamente verdadero, tenía que intentarlo.

Al principio, los pulsos eran erráticos. Pensé que era ruido ambiental, artefactos térmicos o simple contaminación eléctrica. Pero había algo más. Una regularidad leve, casi imperceptible. Durante días no supe si lo estaba leyendo o imaginando.

Empecé a registrar los patrones por la noche, cuando todo estaba más quieto. Me sorprendí hablándole al micelio. “Aquí estoy ”, decía en voz baja sin saber bien a quién. Una parte de mí sabía que era ridículo. Otra parte, necesitaba hacerlo.

Consulté los registros con un colega, sin decirle su origen. Le pregunté si notaba alguna coherencia. Dijo que parecía ruido blanco, con algunas coincidencias estadísticas. “Probablemente estás forzando correlaciones”, me dijo.

A veces me despertaba sobresaltado, convencido de haber oído su voz, como si brotara desde el sustrato mismo. Pero al revisar el sistema, no había nuevos datos. Solo un silencio húmedo, biológico, innegablemente vivo. No sabía si estaba comenzando a escuchar o a desvariar.

Una madrugada, el sistema emitió una secuencia pulsada que coincidía en número y ritmo con las sílabas de una frase que ella solía decirme de niño: “No pienses tanto, escucha con los pies”. Lo anoté. Lo revisé. Y aún hoy no sé si lo codifiqué yo, inconscientemente.

Con el pasar de los días, los bordes entre la observación y el delirio se volvieron indistinguibles. A veces creía oler la humedad de su cabello en medio de los cables. Otras, despertaba con tierra bajo las uñas sin recordar haber salido. El laboratorio se volvió espeso, como si algo respirara lento.

Una noche desconecté todo. Me senté frente al núcleo de la red, sin luz, sin datos, rodeado solo por ese olor tibio de descomposición vegetal. En la penumbra, juraría que algo se movía entre las raíces. No tuve miedo. El aire olía a yutzo, y a tierra recién removida. Por un instante, sentí algo tibio envolviéndome los hombros.

No sé si fue ella, si el bosque respondió, o si todo fue el eco de mi cabeza que se resiste a soltar. Tal vez los datos siempre fueron neutros, y fui yo quien puso las capas de significado. Quizá dejó de existir con su ultimo latido, es probable también que exista entre las raíces del bosque de Misahuaylla. No pude evitar ese deseo infantil de que no muriera nunca. Y ahora, con todo este andamiaje de palabras, no busco otra cosa que eso mismo, dicho de otra manera. Al narrarla, puedo hacer que exista, puede ser eterna en mis relatos, como lo son los personajes ficticios.


Alex Sotomayor

Abogado, especialista en ciberseguridad y derecho de la economía digital. Hacker ético y activista por los derechos humanos en entornos digitales. Amante del cyberpunk, el horror cósmico, el weird fiction, la ciencia ficción especulativa, y los cómics de culto. Ha publicado en la antología Perseidas (2020), dedicada a la ciencia ficción.

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