Andrés permanecía en el sillón del living, con la espalda apoyada aunque sin llegar a acomodarse del todo. La camisa le ajustaba en los hombros, tal vez la tela había encogido o quizá eran los kilos de más. Sin pensarlo, desabrochó dos botones. El ascensor se abrió en el pasillo; nadie llamó a su puerta. Unos minutos después, pasos resonaron en la escalera. Cuando llegaba tarde, Bastián siempre elegía esa opción. El corazón se le aceleró. Exactamente, alegría no era; eso habría sido manejable. Esto venía de más abajo, desde el eje de las vértebras, y se abría paso retorciéndose contra la carne. Llevó la mano detrás de la oreja.
—Maldita ansiedad —murmuró, rascándose con fuerza.
Últimamente el cuerpo se le negaba. En lugar de expulsar lo que debía, parecía empeñarse en guardarlo todo. Las cosas habían cambiado desde el divorcio, sí, pero su hijo no lo había dejado atrás. No como los otros, que cuando buscaba charlar le soltaban un “vas a estar bien” con esa cara de quien ya se cansó de escuchar quejarse a un cuarentón en picada. Recordó entonces aquellas palabras.
—Eu, no te comas la cabeza, Pa, vamos a salir de esta.
Cuatro meses atrás, gracias a esa frase, se animó a buscar una nueva pareja.
Ese día llegó a recogerlo al colegio en el Fiat Uno y estacionó donde siempre. Bajó la ventanilla al verlo acercarse con la carpeta bajo el brazo. El chico se detuvo junto a la puerta y observó la rueda que mordía el cordón.
—¡Hola, Pa!
Al verlo sonreír de esa manera, Andrés sintió, por primera vez, algo clavarse entre las costillas y empujar con fuerza.
—Entrá, hijo.
Tarareó por lo bajo un rock de los 90 mientras manejaba. Se sentía bien; el perfume nuevo le picaba la nariz y las palmas vibraban en el volante con cada bache, pero estaba bien.
—Basti… conocí a alguien.
Lo dijo al aire, sin fijarse si del otro lado lo escuchaban.
—Se llama Silvia, muy linda, es psicóloga…
Bastián le preguntó algo y él contestó “sí, sí” con un cabeceo rápido, retomando el tema de la mujer como si los cinco segundos que duró la pregunta no hubieran logrado sacársela de la cabeza.
—Anoche hablamos por horas. Me entiende. —Le gustó cómo sonaba—. Por fin alguien que me entiende… me entiende de verdad.
—¿Pa? —interrumpió la voz del joven su ensimismamiento— ¿Qué tenés ahí?
—Nada —respondió rápido.
La oreja tenía una costra pequeña. Al rascarlo salió un hilo pegajoso, lo ignoró y siguió con lo suyo.
—Basti, Silvia dijo que tengo una energía intensa. Que soy un volcán de emociones. ¿Vos creés eso de mí, a esta edad?
Bastián le devolvió esa expresión que a veces le hacía. Andrés la tradujo en su cabeza: qué voy a saber yo, Pa, no me jodas. Eso era su imaginación. Lo sabía. Su hijo no era como todos los chicos insoportables de quince años.
—Un volcán —repitió Bastián—. Claro, Pa.
Cuando llegaron al edificio, el chico bajó y Andrés se quedó mirando el parabrisas. Seguía tocándose la oreja sin saber bien por qué. Su hijo pasó por delante y le hizo una seña para que se apurara. Frotó la viscosidad entre el pulgar y el índice hasta que no quedó nada.
Respiró hondo. La puerta se abrió y el olor a mermelada de frutilla fermentada dentro del departamento se mezcló con algo fresco, joven y vivo que lo trajo al presente.
—Estás acá.
—¿Ya estuviste bebiendo?
—No te enojes, dije que no lo hago desde hace meses, hoy es la excepción.
Bastián dudó un segundo más y al final se acercó mientras sacaba algo de la mochila.
—¿En serio? Sé que querés festejar, pero…
Reconoció esa expresión: su chico miraba la botella con demasiado disgusto, y la mente se le fue a la segunda cita. Patricia, la que hablaba de energías y chakras. Al final había puesto esa misma cara cuando él le dijo que quería formalizar.
—Andrés, tomás todo lo que te dan y no devolvés nada. No me dejás espacio para ser yo.
¿Cómo podía decir aquello esa mujer?
Se rió de su estrechez. Sí, necesitaba, claro que necesitaba, pero el amor que podía dar en respuesta era incalculable.
—Papá… ¿Estás bien?
Andrés sonrió sin entender por qué Bastián le hacía esa pregunta.
—Mejor que nunca.
Mientras Bastián ponía la botella sobre la mesa de té y se iba a buscar dos vasos, la estática de la televisión le entraba en la cabeza a Andrés y le vibraba en todo el cuerpo, como la joven que lo hacía sentir de veinte años otra vez. La juventud era algo que se iba sin que uno se diera cuenta, y esta chica se la estaba devolviendo. Tras el divorcio, lo único que le quedaba eran las cuentas, el trabajo y un hijo, el mismo que en ese momento se inclinaba sobre la botella e intentaba sacar el corcho.
—Basti, no me preguntaste por ella.
El corcho hizo un plop al salir.
—¿Eh?
Esa tarde lo había llamado eufórico: “Valeria aceptó venir. ¡Esta noche! Traé algo para festejar.” Bastián dijo que sí, pero avisó que no llegaría a la cena. Andrés se preparó solo: limpió el living, puso una película y una botella de vino sobre la mesa. Valeria llegó puntual, llena de esa energía que a él le hacía tan bien. Se sentaron en el sillón y ella miró alrededor nerviosa.
—Linda casa.
—Gracias.
—¿Estás bien?
—Estoy mejor que nunca gracias a vos.
Ella se removió en el sillón, cruzó y descruzó las piernas.
—Creo que mejor me voy, no me siento cómoda.
—Quedate un rato más. Quiero que conozcas a Bastián, dicen que somos iguales.
—Mirá, me gustás, de verdad, pero vas muy rápido. No, no es eso… es que no quiero quedarme si esto se va a poner así.
Valeria se levantó despacio, negó con la cabeza y después… Andrés se quedó mirando el parpadeo azulado de la pantalla, sin que nada le llegara realmente.
Ahora, con Bastián a su lado, comprendió cómo todo convergía.
—Hijo, abrazame.
El siseo blanco de la estática subió de volumen y él empezó a levantarse; un aroma nuevo fue absorbido por sus fosas nasales. Confusión adolescente. Sin embargo, su hijo nunca lo decepcionaba. Los brazos del chico se extendieron y le rodearon la cintura; la cabeza apoyada en su pecho, igual que de pequeño, cuando venía con los mocos chorreando después de un mal sueño. Poco duró el abrazo.
—Pa… ¿qué? Está… —levantó la cara y lo miró con los ojos bien abiertos—. ¿¡Qué te pasó!?
Los rodeó el olor a carne que no venía de la cocina, sino de Andrés, de su aliento, de algún lugar que se mezclaba con el podrido de la frutilla; la respiración se le volvió profunda, un sonido húmedo de alguien que respiraba con varias bocas abiertas porque la nariz ya no le alcanzaba.
—Tranquilo.
Empujado por su hijo, solo rio e inclinó la cabeza hacia un lado; el cuello se estiró, los tendones gruesos sobresaliendo bajo la piel. Muy despacio, se desabrochó la camisa.
—No… no, papá, por favor…
La tela resbaló por sus brazos y cayó al suelo; Andrés se dio la vuelta.
Bastián retrocedió hasta casi caer: las zapatillas tropezaron con el borde de la mesa de té y las rodillas se le doblaron. Entre los omóplatos de su padre la piel se movía en ondas, y de esas ondulaciones brotaban rostros que presionaban la carne hacia afuera. El chico las identificó por las fotos que su padre le había mostrado. En el centro aparecía Silvia. Era ella, sin dudas. La boca torcida se movía. A un costado, Patricia abría y cerraba los párpados, y más abajo estaba Valeria. Era la más inquieta. La nariz se desplazaba de un extremo al otro, buscaba una salida; se retraía, volvía a avanzar, siguiendo una trayectoria frenética que la hacía chocar contra los otros rostros.
—¿Qué ca… —la voz se le quebró, tuvo que hacer un esfuerzo para volver a juntar las sílabas— carajo tenés?
La cabeza de Andrés giró primero, independiente del torso; el cuello se estiró y, cuando la torsión terminó, el mentón quedó apoyado sobre el hombro derecho.
—Hijo. Ahora pueden conocerse bien.
La piel se abultó hacia afuera, los rostros forzaban la superficie marcada de venas y la estiraban hasta hacerla translúcida. Valeria avanzó más, olfateándolo. Abrió la boca y en el desgarro de esa mueca Bastián pudo leer un corré. Silvia se desplazó hacia ella y la empujó hacia adentro.
—Vení, hijo —repitió Andrés—. Solo un abrazo más.
Bastián retrocedió hasta chocar con la pared.
—Papá, por favor… no. —Lloró; las lágrimas corrían hacia la boca y se mezclaban con los mocos que le goteaban de la nariz—. Pa, dale… Esto es, esto es… ¡no hagas esto!
Andrés dio un paso adelante y las mujeres se agitaron.
—Hijo, ¿te acordás cuando me decías “te amo, Pa” y te subías a mis pies y caminábamos así por el patio? ¿Te acordás? Bueno, vení, juguemos juntos.
—No… papá, por favor…
Se acercó más y sus comisuras ascendieron hasta los ojos. De adentro salió un vapor caliente y en el interior de la garganta se veía una hilera de dientes en espiral.
—Desde hoy…
Extendió los brazos y Bastián escuchó el resto atravesando el túnel de dientes.
—Vamos a estar siempre juntos.
Daniela Apaza (Buenos Aires, Argentina, 1989)
Escritora que trabaja el horror tergiversando las vinculaciones y exponiendo lo humano en sus variaciones más grotescas, impensables y decadentes, sostiene una estética agobiante en la que lo cotidiano comienza a torcerse y el cuerpo deja de ser un límite para convertirse en un lugar de conflicto. Actualmente se encuentra ampliando su trabajo dentro del género, explorando el cuento como forma, mientras desarrolla proyectos narrativos que combinan horror, ciencia y vínculos humanos en estados límites desde una perspectiva incómoda.
Leave a Reply