Habitar en Quito es gozar de incertidumbre climatológica. Nunca se sabe quiénes serán bendecidos entre sus cuatro puntos cardinales con un sol radiante, o por la inclemencia de una lluvia sin misericordia, o por un manto de pesadas nubes grises, o si la carita de Dios juega a la escondidas al cegar al mundo con una densa neblina. Quizás ese día, el punto cero se puso más caprichoso de lo común y sería todo un desastre meteorológico.
La historia a continuación, poco tiene que ver con lo irrelevante del clima o si Dios juega a los dados o si esto pretende ser una historia de la más burda moralina disfrazada con el alba de un sacerdote mientras el monaguillo de turno le hace una exquisita felación. Esta es una historia un tanto diferente, por decirlo así. Es la segunda parte de otra historia. Y sí, yo sé que todos odian las secuelas. Bueno, al menos a mí me molestan. Han escuchado esa frasecita que dice que todas las leyendas tienen algo de realidad y que toda realidad posee algo de ficción. ¿No? ¿No la han escuchado? Quizás me equivoqué de grupo selecto de lectores.
A horas de la mañana, en cierta constructora de la capital, apareció una mujer muy atractiva, portadora de una cabellera negra y larga, piernas igual de largas que su cabello, labios carnosos y rojo ramera. Sus ojos no se apreciaban por sus gafas negras. Ella lucía como un delicioso pecado pronto a cometer. Un culo perfecto y redondo, muy bonito, y unas tetas que le hacían justicia a su figura, por lo enormes, sin caer en la más obscena vulgaridad. Llevaba un vestido oscuro como el manto de la noche en Quito, ajustado al cuerpo, tacones negros de punta de aguja, dignos para un amante al retifismo, y una cartera dorada con el símbolo de una balanza. La imagen seductora de aquella mujer hacía extraño contraste con el bastón blanco en su mano derecha.
La mujer se hallaba molesta, apurada y territorial en el vestíbulo de la constructora, frente a otra mujer; la recepcionista que, de pie en su oficina, trataba a su visita con cordialidad y aparente apacibilidad. Sobre la recepcionista había una piedra grisácea decorativa, parte de la imagen empresarial que constaba de un esqueleto con la mirada hacia el poniente, que poseía una guadaña en su mano izquierda y, algo similar a una lanza, en la derecha. La roca era un emblema de la empresa quiteña dedicada a la construcción de bienes inmuebles desde hace siglos atrás. Más reconocida por su leyenda que por su trabajo. La persona que la dirigía, se presumía, era un familiar muy lejano del que otrora hizo gala de la edificación de la Iglesia de San Francisco.
—Soy Temis. Necesito hablar de extrema urgencia con el señor Cantuña —entregó a la recepcionista una tarjeta de color negro con el nombre del bufete de abogados Gehena.
—El señor Cantuña se encuentra en una reunión igual de urgente, con varios clientes.
—Señorita, temo que esto es mucho más urgente. El color de unas mugrosas baldosas puede esperar. Así que llámelo. ¡Ahora!
—Veré que puedo hacer.
La recepcionista tomó el teléfono… la espera fue tan larga como incómoda.
—Señorita, aclaré desde un principio: no estoy para nadie y no deseo comunicarme con alguien. Estoy con los clientes eligiendo el color de sus baldosas. Llevamos retrasados en la obra.
—Lo sé, señor, pero la señorita aquí presente está algo molesta. Y no parece tener la idea de esperar o de abandonar la sala.
—Voy en este instante —la espera fue mucho menor que la de la llamada telefónica.
—Señorita…
—Temis, vengo a entregar este aviso. Y dese por informado.
Temis entregó un documento. Cantuña lo leyó y no logró comprender lo irreal que detallaba en él. La extraña mujer se retiró marcando el ritmo con su bastón mientras se alejaba hasta desaparecer con su característica cojera.
El documento en cuestión anunciaba lo siguiente:
5 de agosto de 2025
Sr. Cantuña
Av. Los Shyris y Tierra
Quito
No estimado, Sr. Cantuña:
Me es implacentero escribirle a usted, pero a la vista de que su antecesor no cumplió con el pacto prometido hace siglos atrás, en un contrato donde claramente se estipulaba la entrega de su pusilánime alma a mi cliente, deuda heredada por su pariente, nos vemos en la penosa obligación de enjuiciarlo y cobrar la deuda pendiente. El Señor Lucifer en el contrato establecido, le entregó la obra a tiempo como lo pactado y su tatarabuelo, a través de argucias, evadió la responsabilidad, ofendiendo a mi cliente que el tan honorable cumplió con parte de su trabajo.
Lucifer, nuestro cliente, hizo uso de la tecnología actual para analizar la piedra en cuestión. Piedra que descansa en la recepción de la Constructora Cantuña, y evidenció que Cantuña tatarabuelo manipuló la piedra; por lo que el diablo exige justicia. Ya que las almas pueden ser exigidas a 400 años plazo.
Usted deberá comparecer en el juzgado el día de hoy a las 6 pm, por lo que solicitamos arme su defensa de forma urgente.
Atentamente:
Gehena
Al inicio, Cantuña tataranieto miró el papel en silencio. Muy pensativo, con desconfianza. Al rato, lo tomó como la más fina broma de alguno de sus amigos. Lo guardó en su bolsillo para más tarde, con la mente fría, reír. Al cabo de unos pocos segundos, su celular vibró de forma nada satisfactoria. Una notificación de su correo. Era la carta de otro despacho legal, pero su imagen corporativa resultaba penosa, bastante mala, llamada Caeli. En comparación del documento recibido, era un fraternal saludo y mucho más formal, le decían que no se preocupara que Dios no lo había abandonado y que había contratado a este bufete para su defensa. Cantuña solo pensaba que era una chanza más que subía un tono hacía lo grotesco y guardó su celular con enfado.
Se dirigió a pasos agigantados hacia la sala de reuniones donde, de seguro, sus clientes estaban molestos ante la larga espera. Abrió la puerta, no sin antes ajustar su corbata. Ingresó con violencia. Misma violencia con la que sus clientes se desvanecieron de la mesa de reuniones con las muestras de las baldosas. En su lugar, estaba un hombre de tez ónice. Alto, delgado y tatuado en la frente el número once con letra gótica y de color blanco. Envuelto en un claro aroma a detergente. Vestido con un negro traje, camisa blanca, y una especie de audífonos que le daban cierto aire de pertenecer al servicio secreto. Sostenía en sus manos un recipiente cilíndrico, transparente y sucio con un feto nadando en formaldehído.
—¿Quién es usted? Si no se marcha en este instante llamaré a seguridad.
—Mi nombre es No Nato y mi acompañante es Plaga, y puede llamar quién sea. Nadie va a interrumpir, ya que estamos en una dimensión demo. —Una voz diminuta casi como un susurro provino desde el vientre del frasco.
—¿Quién habla?
—Pssst, psst. Aquí abajo. Yo seré su abogado —anunció el organismo dentro del cilindro.
—¿Eres un feto? Debo salir de este lugar antes de volverme loco —Cantuña inmediatamente al cruzar la puerta de salida, volvía a aparecer dentro. Atónito, dedujo que estaba atado a una dimensión de bucle infinito.
—Dios contrató mis servicios para representarte en tu juicio. Me parece que aún está un tanto molesto porque tu antecesor pidió ayuda a Satanás antes que a él. Me envía a mí: un feto jurista del limbo en lugar de su manada de ángeles leguleyos. No te preocupes, soy un excelente abogado. Defendí a Chávez.
—¿Él subió al cielo?
—No… pero lo defendí. Es como un rockstar en el infierno. Lo torturan los demonios a diario.
—Estoy jodido…
—Calma, no todo es malo. Mira, Plaga sí es un ángel. Representa a su Dios para corroborar que todo se lleve correctamente en el juicio y, además, es mi transporte… Es casi siempre muy callado. Su forma actual no es la real, este salón es muy pequeño para albergarlo.
Plaga balbuceaba algo sin mover los labios y del otro lado del audífono una voz tan similar a un acúfeno parecía solicitarle algo. El ángel abrió la boca desencajando su mandíbula por un momento tal como lo haría un tragasables. Un ojo gigante saludó desde sus entrañas de plumas. Trasteó desde sus adentros varias cosas hasta sacar de lo profundo de su garganta un pastel pequeño. Recuperó su forma inicial y estampó el pastel contra Cantuña.
—Disculpe al contratista aún está muy molesto con usted y su ancestro. Dios tiene algo de comediante. Le gusta mucho las películas como: ¿Y dónde está el policía? o Spaceballs, las ve muy seguido con sus querubines. Me han contado.
—Dios mío, me has abandonado —dijo Cantuña con cierta consternación.
—Mejor tomemos asiento para prepararnos para el juicio. No tenemos mucho tiempo. Plaga, mi cerveza por favor. No puedo empezar mi trabajo sin mi trago de cerveza —nuevamente fuimos testigos de las fauces de Plaga que sacó una cerveza muy fría—. Disculpe usted señor Cantuña, tengo este vicio gracias a mi madre. Ella era alcohólica, y heme aquí. ¿Desea algo para beber, quizás una cerveza helada?
—Prefiero un café —dijo ya resignado.
—Muy bien, siento que ya nos entendemos. Por favor Plaga, sirve a nuestro amigo un café. Y que sea el café Jhon Milton, el mejor café de los campos del paraíso, por favor señor Cantuña tome asiento.
A medida que Cantuña posaba su trasero sobre la silla, nuevamente una voz susurraba, y Plaga nuevamente decía algo inentendible. Un sonido muy similar a una flatulencia invadió el espacio. Cantuña, al revisar su asiento, como por arte de magia, encontró un cojín de pedos.
—Estoy rejodido…
—Un dato interesante, señor Cantuña. Sabía usted que las 10 plagas que azotaron Egipto, en realidad fueron 11. Solo que ¿quién podría categorizar la comedia por mano divina como plaga?
Durante el resto del día, las horas transcurrieron en el ir y el devenir de varios documentos. Cantuña no podía creer aún que le aconteciera un drama cosmológico donde se disputaba su alma porque su antecesor burló al mismísimo Diablo.
Cuando el reloj marcó cinco minutos para las seis de la tarde, Plaga extendió su brazo sobre la pared y dibujó con una tiza blanca que sacó de la oreja de Cantuña, una carita feliz portadora de una aureola. El garabato se transformó en un portal blanquecino; Plaga junto con No Nato y Cantuña, accedieron a través de ahí. Se abrió, de par en par, una puerta de madera, y alguien con cara de cerdo gruñó.
—Los estábamos esperando. El juicio va a iniciar.
Una multitud abrumadora de ruido, voces y ¿ladridos?, habitaba la sala. Al fondo estaba un juez de cara robusta y seria. Su enorme papada daba la idea de no tener un cuello.
—Cantuña, toma esta botella de agua bendita.
—¿Es para lanzarla?
—No, no deberías. Estamos en un juzgado infernal, no queremos más problemas. El agua bendita es para beber, si lo deseas, o la puedes usar también como un prisma y ver a través de ahí… Te informará quiénes están de tu parte y quiénes no.
Al poco rato, la puerta se desintegró en un instante. Dejó al aire un hedor de madera quemada y azufre. Entre las partículas violentas de madera carbonizada surgió, como sombra, un personaje de tez pálida con traje blanco y calzado negro. Atlético, atractivo, con el cabello de color rojo y muy bien peinado emulaba flamas. El ente de cabello rojizo esbozó a los presentes la más cínica de las sonrisas en su caminata, y su sombra era todo lo contrario a él, esta se escurrió cual garabato en la habitación. Saltó. Grafiteó las paredes. Botó los cuadros. Y levantó las faldas de varias de las asistentes.
Cantuña usó la botella con agua bendita para ver a este personaje y su alrededor. Al enfocarlo con ese falso prisma, ese personaje tuvo la forma de un chivo negro antropomórfico y erguido. Caminaba de forma señorial, y su sombra hacía diabluras por la sala.
El Juez golpeó con el mazo la tribuna, Cantuña al enfocarlo con el prisma, pudo ser testigo de sus ojos en llamas y unas pequeñas cornamentas en su frente.
—Silencio todo el mundo, esto parece merienda de negros, ustedes se comportan como demonios. Por favor, señor secretario trate de anotar con punto y coma el desarrollo de este juicio. La última vez hallamos bolas de pelo en el teclado. —El secretario judicial, era un gato jugando con un computador.
—Mi viejo amigo Belial, no te he visto en años. —No Nato saludó a algo que emulaba personas en la zona del jurado. Cantuña tataranieto alzó la botella de cristal, con frustración y enojo, se lanzó contra No Nato.
—Todo el jurado son demonios jerarcas del infierno, ¿cómo diablos nos vamos a enfrentar contra ellos? Todo está a favor de Lucifer.
—No temas. Parece que estamos en desventaja porque el jurado lo escogió don Sata. Además, a muchos del jurado los conozco, son amigos de borracheras y una que otra orgía.
—¡El juicio contra el señor Cantuña, tataranieto, va empezar!
—Antes de dar inicio al juicio —interrumpió un gruñido de chivo proveniente del sujeto con traje blanco y cabello ígneo—, quiero saludar a mi amigo el juez. Y hacerle llegar un pequeño presente.
De entre el público salió aquella mujer ciega con su característica cojera que entregó el documento a Cantuña. Llevaba un abrigo negro y pesado que cubría todo su cuerpo. Parecía una censura a su sensual figura. Ella se acercó al juez y el grueso abrigo cayó frente al público, mostrando su piel vestida con una lencería roja, sin dejar nada a la imaginación. Ella se dirigió hacia el juez y, sin ningún pudor, se arrodilló hasta perderse de vista en su escritorio. Solo se escuchaba un sonido de succión húmedo. El juez sonreía extasiado.
—Agradezco tu ofrenda, mi amigo Lucifer.
—¿Acabó de sobornar al juez en frente de todos? —musitó Cantuña.
—Maravillosa jugada —respondió No Nato.
—Tú, como mi defensa, deberías decir algo contra ese chantaje.
—Estamos sujetos a las leyes infernales en este juicio. Aquí, si un demonio ofrece dádivas no se consideran chantaje ni sobornos. Se consideran ofrendas.
—¡Comencemos con el juicio! —Al juez se le ponían los ojos blancos, hablaba con dificultad por obvias razones—. Por favor, que se presenten las partes.
—Mi nombre es Lucifer Estrella de la Mañana, y me represento a mí mismo. Acuso al mozalbete aquí presente, llamado Cantuña, solamente porque exijo que se cumpla con el contrato pactado hace cientos de años. —El público enloqueció. Parecía que estábamos en un estadio por los vítores y aplausos.
Cantuña, curioso por su alrededor, tomó de nuevo su prismático bendito y lanzó un ojeada hacia el público: tanto al que respaldaba a Lucifer como al que acompañaban en su juicio. En el lado acusatorio eran demonios de bajo rango, larvas, almas en pena y varias cortesanas de Satanás. Por el otro lado, a espaldas de Cantuña, sin la visión de su bendita agua, una jauría de perros fumadores jugando poker apoyaban al tataranieto cuyo familiar lejano engañó a don Sata. Y con la ayuda de la botella de cristal los caninos eran no más que querubines ebrios que fumaban y jugaban poker.
—Soy No Nato. Represento a mi cliente Cantuña tataranieto. Y eso es todo. —El abucheo y ladridos no se hizo esperar al término de la palabra del abogado defensor de Cantuña. Cantuña enfadado se levantó de su asiento, y el barullo por un efímero instante se cortó.
—¡Qué clase de pantomima es esta!
—¡Cállate! No digas nada más… —susurró No nato.
—Desde antes que empiece este juicio, ustedes ya me declararon culpable. El juez fue comprado en frente de todos. En el jurado son todos afines a Lucifer. Y solo observen al secretario judicial, es un miserable gato que se lava sus testículos a vista de todos. —Las voces de disgusto inflamaron aún más el incómodo ambiente.
—¡Cálmense todos! —Golpeó con su mazo—. Y usted, señor Cantuña, ha faltado el respeto a esta casa, a los presentes y a mí. Además se ha lanzado contra el señor Bigotes, él solo cumple con su trabajo. A la próxima lo declaro en desacato.
—Señor Juez, pido una disculpa por mi defendido. Él desconoce por completo cómo se llevan a cabo los juicios en el infierno. —No Nato lo observaba enojado desde su cristal amarillento y le dijo—: No vuelvas abrir la boca sin mi consentimiento, porque puedo abandonarte en medio juicio.
Cantuña solo asintió con la cabeza.
—Voy a pedir que pase la parte afectada del caso para que dé testimonio. —Lucifer movió sus manos en gesto de invitación al afectado al estrado.
“—Por supuesto que voy a dar testimonio, señor Fiscal. —Descansa sus posaderas en la silla del estrado.
”—Jura decir la verdad y solo la verdad sobre este libro sagrado. —El diablo se presentaba, a sí mismo, el libro del Kamasutra y juró sobre él con su mano izquierda, y con la derecha alzada, cruzó los dedos y casi fue innotorio cómo la defensa se intercambiaba como víctima. Era como si su sombra lo ayudara a estar en dos partes a la vez y no estarlo.
”¿Es cierto que usted se ofreció ayudar a Cantuña tatarabuelo hace alrededor de 300 años? —Lucifer se señaló a sí mismo.
”Sí, señor fiscal. Aquí tengo el contrato donde se evidencia la firma del señor Cantuña aceptando los términos. —Lucifer se mostró ofendido y, por un momento, las lágrimas cubrieron su rostro. El señor del mal era un derroche magistral histriónico entre abogado y víctima, y el jurado se enterneció. La sombra de Lucifer dejó sus diabluras a un lado para ir a consolarse a sí mismo.”
—¿La defensa desea contrainterrogar a la víctima? —Se dirigió el Juez hacia los demandados.
—Sí, Señor Juez. —No Nato dirigió su mirada hacia Lucifer
—Señor Lucifer, ¿usted está completamente seguro que la edificación de la iglesia no fue completada porque el señor Cantuña tatarabuelo, pariente muy lejano del actual Cantuña, aseveró que faltaba una última piedra?
—Así, tal cual sucedió.
—¿Y él cómo supo que faltaba una piedra?
—Porque el miserable criminal ocultó la piedra restante.
—¿Está completamente seguro de que así sucedió, Señor Satanás?
—Sí. Él muy hijo de su muy conocida madre, la ha ido heredando a su progenie durante siglos, y finalmente reposa en la constructora Cantuña.
—Cómo puede estar completamente seguro que es la misma piedra y no una similar.
—Porque la analizamos por medio de microscopía petrográfica, y constatamos que es andesita, el mismo mineral que mis demonios cargaron hasta formar la edificación, una roca extraída del volcán Pichincha.
—Tuvieron que ingresar ustedes a realizar los análisis dentro de la empresa. ¿Tienen la orden de allanamiento para ello o la solicitud para realizar sus investigaciones dentro de las instalaciones de la constructora?
—¡Objeción! Intenta dirigir a mi cliente —alzó la voz el Diablo quien es su propio fiscal.
—Le voy a pedir a la defensa del demandado se centre en el proceso —replicó el juez.
Pero Lucifer lo interrumpió:
—Deseo hacer caso omiso a mi fiscal y responder a esas preguntas. Efectivamente, se meditó al respecto sobre los permisos para realizar las investigaciones. A la vez se discutió sobre la negativa en ello y llevábamos varios siglos de retraso. Así que decidí crear un backroom de la recepción de la empresa para poder investigar, hacer las pruebas pertinentes y evadir la burocracia humana. Cómo es mi dimensión, no violé ninguna ley humana.
—Una última pregunta al señor fiscal. Puede cederme, por favor, el contacto de la señorita Temis, es por motivos investigativos.
—Por su puesto señor No Nato. Ella es una experta en el uso de la lengua. Como puede usted observar.
—¿Una pregunta más por parte de la defensa? —interrumpió el juez con una tos para aclarar su voz.
—Eso es todo señor magistrado.
—“Voy a pedir que comparezca ante el estrado el señor Cantuña tataranieto.”
—¿Es usted tataranieto del señor Cantuña? —preguntó el fiscal Lucifer.
—Sí.
—No hay más preguntas —los demonios presentes vociferaron culpable, y los perros aullaron al unísono.
Era el turno de No Nato:
—Perdón me perdí en la pregunta. Estaba viendo un tutorial en Youtube sobre juicios civiles. Voy a hablar con mi defendido. Por favor, Plaga, acércame al estrado. ¿Es cierto que su antecesor firmó ese contrato hace alrededor de 300 años atrás?
—Al parecer, mi antepasado firmó un documento del cual yo no fui participe de ninguna forma, pues no era mi época y carezco de total conocimiento sobre la persona que era mi tatarabuelo.
—Acaba de decir usted algo importante señor Cantuña. Quiere decir que, al pasar como tres siglos, ¿usted no es consciente de los actos que su tatarabuelo cometió?
—Exactamente.
—¡Objeción!…
—Abogado No Nato, por favor, formule bien sus preguntas. —El juez golpeaba su mazo con fuerza, desprendiendo de este varias chispas.
—Presento ante ustedes, El Libro de las Leyes Infernales, escrito por el señor Lucifer. En este libro está detallado la constitución infernal y cada uno de sus artículos e incisos. También, cabe decir, para llevar a un posible criminal al juzgado tiene que pasar por una serie ingente de burocracia, esto es por lo que le tomó al señor Lucifer cientos de años formular el caso. Mi cliente es inocente, puesto que lo único que lo declara como culpable es la consanguinidad con su predecesor. —Un estruendo de voces en total desacuerdo inundó el juzgado.
—La defensa está siendo tendenciosa, Señor Juez.
—Estoy de acuerdo con lo tendencioso. El barullo agitaba aún más el salón
—¡Sil… en… cio! —El juez apenas pudo hablar sin retorcerse de placer—. Hay testigos de alguna de las partes que puedan ayudar a esclarecer este juicio.
—Tengo un testigo, el jefe demoníaco de la obra. Don Pepito.
—Muy bien, pase por favor al estrado el señor Pepito.
—Usted estuvo en la construcción de la iglesia señor Pepito —Satanás el fiscal habló con total seguridad.
—Jefe especifique cuál iglesia. He construído varias y no recuerdo todas.
—La iglesia de San Francisco.
—Muy bien, ya lo recuerdo. Fue una obra de último minuto. Hubo mucha premura por terminar. Cientos de mis colaboradores se lastimaron por cargar las pesadas rocas, yo me quedé discapacitado de una de mis alas de por vida.
—Recuerdas que pasó aquella noche, don Pepito.
—Estuvimos construyendo toda la noche hasta el amanecer, y recuerdo claramente que la persona que firmó el contrato un tal Cantuña no realizó el pago. Por cierto hasta la fecha de hoy a nosotros tampoco nos pagaron de esa obra.
—No nos salgamos del tema, señor Pepito. Recuerde que estamos en un juicio y usted está bajo juramento. Luego podrá conversar con el contratista para su respectivo pago. —La sombra de Lucifer se ocultó debajo de las faldas de una mujer por la vergüenza.
—En resumen, don Pepito, ¿usted fue testigo de que el contrato del señor Cantuña nunca fue cobrado porque este en su astucia ocultó la piedra para su beneficio?
—Sí, señor fiscal.
—Muy bien, no hay más preguntas.
—¿La defensa desea preguntar al testigo?
—Sí, Señor Juez. Don Pepito, ¿usted reconoce a mi defendido?
—Su rostro es muy similar a don Cantuña pero no, no lo conozco. Es la primera vez que lo veo.
—¿Él no estuvo esa noche donde usted y sus colaboradores construyeron la iglesia de San Francisco?
—Es imposible que él hubiera estado ahí. Sus padres no existían.
—Eso es todo, Señor Juez —en un momento el juzgado ardió en cuchicheos y el juez tuvo que intervenir antes que alcance a niveles de discusión.
—Tenemos suficiente —golpeaba con fuerza el mazo judicial— para que el jurado pueda deliberar.
—Hablo por todo el jurado —anunció Belial— pero al remitirnos ante las pruebas y el testimonio. Damos por sentado la inocencia de Cantuña tataranieto.
—¡Sil… en… cio! El señor Cantuña tataranieto es inocente de los actos de su pariente lejano. Aunque el contrato declara que el cobro del alma de Cantuña tiene un plazo de hasta 400 años. Las partes deben conciliar para resolver este caso. Por favor, solicito únicamente a las partes afectadas con sus abogados. Yo fungiré como conciliador entre los presentes.
Testigos, jurado, y el resto del público se desvanecieron de la sala dejando un intenso aroma, una mezcla vomitiva entre azufre e incienso. Quedaron cada una de las partes y el juez como mediador y su regalo arrodillada y oculta bajo el escritorio, aún sin terminar su húmeda tarea.
—Muy bien, estando las partes en esta conciliación en la ciudad de Quito, Ecuador. Hoy 6 de Agosto del 2025, a las 3:33 de la madrugada, damos inicio a este proceso entre el señor Cantuña tataranieto y el señor Lucifer Estrella de la Mañana. El objetivo de esta reunión es llegar a un acuerdo que convenga para ambos implicados y dar por fin terminado este conflicto lo más pronto posible porque tengo un asunto que resolver con la señorita debajo de mi escritorio.
—Señor Juez —Interrumpió el Diablo— en mi calidad de asesor legal de mí mismo no veo la necesidad de llevar la conciliación si claramente el contrato incumplido de mi cliente fue ignorado…
—Le ruego señor Lucifer no interrumpir. Usted mismo observó en el juicio, la inocencia del joven Cantuña. Aquí solo vamos a resolver lo que su cláusula del contrato estipula.
—Una disculpa —susurró Lucifer un tanto con recelo, su sombra le dio un coscorrón.
Plaga al permanecer parado daba la idea de ser parte del mobiliario de la sala, la ilusión terminó con la presencia del abogado defensor entre sus manos. Desde aquí tan sólo será un testigo de la conciliación entre Cantuña y Lucifer.
—Ambas partes expondrán sus puntos de vista y ninguno interrumpirá al otro cuando suceda y así llegaremos todos a un a… cuer…dooo… —el juez obtuvo un orgasmo muy satisfactorio en medio del público. —Empiece señor Lucifer.
—Muy bien, para mí, usted señor cantuña a pesar de que el juicio terminó, sigue siendo culpable y creo imposible que esta conciliación sirva de algo.
—Tiene algo que decir Cantuña tataranieto.
—Sí. Señor Lucifer pido disculpas por mi ancestro…
—Tus disculpas no me sirven, tarado mojigato…
—¡Cachudo!…
—¡Pene chiquito!
—¡Tu mamá, la gorda!
—A mi madre la respetas, ¡hijo de puta!…
—¡Alto ambos! No voy a permitir que me falten al respeto… les recuerdo que estamos aquí para resolver la deuda pendiente del contrato. Si no se controlan los sentaré en a cada uno en una esquina mirando la pared hasta que hayan reflexionado.
—Perdón, admito que me pasé…
—Yo también.
—¿Están dispuestos a negociar como seres civilizados? A la próxima desavenencia, daré por terminada la sesión y no se llegará a ningún acuerdo y usted señor Lucifer puede ser mi jefe y mi amigo. Pero habrá perdido la oportunidad de cobrar la deuda. Acérquense a la mesa.
—¿Cómo propones tú, Cantuña, el pago de mi contrato. Qué tienes de valor además de tu alma que pueda apaciguar la deuda?
—Reconozco que no tengo nada de valor similar a mi alma…
—Ahora estamos aquí, encerrados en esta tribulación —El diablo frunció el ceño muy descontento. Su sombra se puso más hiperactiva de lo común y saltando por entre las mesas, llegó hasta el oído de Lucifer y le susurró algo a lo que lucifer respondía— pero como vas a creer eso posible, eso no cuesta un alma. Como que tiene igual valor. Sí sé que en el infierno no existen los elementos para llevar a cabo, solo algo que se parece y todo de muy mala calidad.
—Perdón a qué se refiere su sombra, señor Lucifer.
—Charlamos con mi sombra. A veces tiende a ser muy elocuente. Mire, Señor Juez, y señor Cantuña tataranieto, soy fanático asérrimo de la gastrononomía ecuatoriana, en especial de un plato el cual tiene como ingrediente principal el pez albacora. Propongo al joven Cantuña olvidar el cobro de su alma, siempre y cuando cada domingo durante la misa de las 10 de la mañana en la iglesia de San Francisco, deje en el confesionario un plato de encebollado recién preparado con harto ají, chifle y sus respectivos limones. Cantuña tataranieto acepta el trato sin más. Firman el acta donde cada uno debe cumplir con la parte acordada. Lucifer se olvida de tomar el alma del tataranieto, y Cantuña y el resto de su linaje deberán hacerlo hasta cumplir la fecha límite del contrato.
Desde entonces, cada domingo, al repique de las campanadas para llamar a la misa de las diez de la mañana, un personaje de terno blanco y elegante descansa en el confesionario y degusta un exquisito plato de encebollado muy contento. Cantuña tataranieto mantuvo su promesa y se la heredó a sus hijos. Alguno dice que Cantuña y Lucifer se volvieron amigos pero eso es otra historia.
Es todo lo que puedo decir en honor a la verdad. Yo, No Nato, espero que se hayan deleitado con esta deliciosa secuela que yo como testigo directo capturé la esencia de la misma. Espero me sepan dispensar si algo he omitido o si mi memoria ha fallado en mi narrativa; a la próxima la contaré con más lujos de detalles y auguro que nos volveremos a ver, quizás como compañeros de bebida o como un hijo no deseado, pero nos volveremos a ver. Hasta entonces esto es un hasta pronto.
Xavier JS
Nace en Ambato. Parto normal, sin cesárea y le dio un puñete al médico que lo recibió a las 3 de la madrugada. Es diseñador gráfico. Le gusta mucho leer y escribir poesía y narrativa. Considera que aún tiene mucho por aprender.

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