Detuvo su mirada después de observar la planicie oscura del cielo nocturno en los blancos campos de la luna. Sus ojos podían distinguir los diminutos cráteres y el suelo estéril de la superficie desde ese pequeño montículo de tierra recubierto de un fino pasto parecido a un musgo delgado y pegajoso; sin binoculares, sin un telescopio, solo con sus ojos apreciaba la erosión y la fatiga de ese satélite luminoso y sin vida. Se estremeció. Más bien fue una sacudida interna que la obligó a despejar ese pensamiento inútil de melancolía; pero ella insistió en sentir algo, aunque fuera un presentimiento de catástrofe. Mientras se debatía en ello, una brisa breve le tocó el rostro, era fresca o casi helada, pues al tocar las mejillas se cristalizaban un poco aunque inmediatamente un calor interno se encargaba de eliminar la insinuada escarcha de la cara como del resto de su cuerpo. No sentía frío, no sentía casi nada. Era el momento justo, debía actuar ya o se perdería para siempre en esa revolución interna que estaba arrasando con todo. Su orgullo se desmoronaba, su sexo ya no era sino un reducto decorativo y pálido de ecos placenteros, a lo sumo expulsaba una orina gris inodora, espesa o muy líquida dependiendo de… quién sabe qué estaban haciendo con ella. Y sus ansias habían sido reducidas a la aspereza de seguir y seguir, o de dejarlos seguir y seguir. ¿Las sensaciones?, a punto de desaparecer y también arrasadas por la derrota de saberse invadida, de saberse invasión. «Los nanorobots van solo equipados con fagocitos mecánicos. Te ayudarán a combatir la enfermedad, serán tus nuevas defensas naturales. No te preocupes, nosotros los controlamos», le aseguraron.
Si nadie puede controlar a la naturaleza… ni siquiera a una nueva naturaleza…
Lo vio llegar entusiasmado, ansioso, vivo. No pudo sino sentir repugnancia, aún se movían ciertos sentimientos en su cerebro, no los más nobles ciertamente, aunque poco a poco su antigua conciencia era reducida, o recluida, a las paredes mentales de la lógica y la preservación. Algo quedaba de ella, algo.
—¿Dónde estabas? Tengo horas buscándote. ¿No pudiste esconderte en un lugar menos frío? Si no fuera porque puedo rastrear a «los inquilinos», no doy contigo nunca.
Siempre le pareció estúpido que los llamara de esa forma, quizá a los primeros sí, porque entraron y salieron después de operar algunos cambios internos y depositar células artificiales que se encargarían de verificar las conexiones y establecer contacto con su ADN, de construir puentes de ¿comunicación? entre las células nativas de su cuerpo y las extranjeras que llegarían para quedarse. A esas ella las bautizó con otro nombre: las selenitas. Quizá porque le gustaba desde niña mirar la luna, quizá porque se sabe ya una habitante lunar. Así que, sin demorarse más en ese ocioso pensamiento, le contestó sin entrar en detalles:
—He estado en todas partes, creo que puedo estar en todas partes.
—Sin juegos, tenemos que hablar. No puedes andar por ahí. No ahora que estamos tan cerca. No debes escapar más.
Motivos no le faltaban para matarlo ahí mismo, para que una sola de sus manos le hiciera crepitar la cabeza. No, no la escuchaba nunca, solo se interesaba por saber qué pasaba dentro de su cuerpo, no por cómo se sentía con «las selenitas» hurgándola, despojándola, expulsándola.
Él se apegaba a los datos, enceguecido estaba por la superficie de los resultados «positivos» como para preocuparse por las razones que la orillaron a ella y a los otros a entrar al programa de nanobiotecnología médica con la esperanza de disminuir el dolor; no de ser mejores o aspirar a una eternidad celular absurda. Y así los llenaron de microvíboros de cuarta generación, de cócteles celulares bajo diseño específico. Luego él y sus compañeros de ingeniería vital se sentaron a esperar a que el azar les arrojara las condiciones necesarias, las combinaciones perfectas para que un buen golpe de dados biomoleculares expulsara una nueva naturaleza.
Bajó el montículo de un salto y cayó erecta delante de él.
—Asombroso.
—No has visto nada aún.
—Pues quiero verlo todo —y abrió su maletín. —Antes tengo que inyectarte; no solo rompiste el protocolo de seguridad sino el cronograma de aplicación de las dosis.
Ella se aproximó y extendió su brazo, que ahora le parecía cada vez más plomizo, al igual que sus venas. Mientras él preparaba la jeringa, ella pudo mirar con detalle su piel rugosa, los vasos capilares exaltados, enrojecidos y azulados, el sudor exhausto que seguro se generó por la fatiga del viaje a pie hasta ese claro del bosque. Respiró profundo como para atraer algún olor de ese cuerpo vejado por los años que se mantenía fuerte por la excitación de los descubrimientos, le resultó agrio y desagradable. Desde hacía una hora sus sentidos se habían potencializado podía escuchar, oler, observar, sentir, degustar todo el cuerpo de él, cada órgano, cada pulsión sanguínea salida de aquella maquinaria imperfecta que cumplía cabalmente en mantenerla viva. Pero lejos de resultarle placentero o emocionante lo encontró poco funcional, una sobrecarga de sensaciones, ahora inútiles, le restaban potencial a otras actividades que creía —¿por qué creía eso?— eran más importantes o esenciales en la etapa del proceso de reajuste corporal.
La aguja no podía penetrar la piel endurecida y cada vez más gris, así que buscó otra, y mientras lo hacía comenzó hablar emocionado:
—Padecías de fragilidad capilar, era una tortura ponerte una intravenosa sin provocar inmediatamente hematomas muy dolorosos. Ahora ni siquiera puedo introducir esta aguja estándar en tu piel. ¿Lo ves? Estás curada, estás fortalecida, incluso más joven. En el último estudio comprobamos que tu cuerpo no solo sanó, ahora es perfecto. Lo sabía, no era una simple intuición: las células piensan y actúan en consecuencia, no solo se orientan hacia la conservación y multiplicación. Podemos copiar sus sistemas de pensamiento, su lógica, estandarizarla, sujetarla a nuestras necesidades.
Su euforia no le permitía ver que ella no solo estaba curada, sino que no tenía ni una sola arruga, su epidermis era impecable e impenetrable; no emitía aromas porque no emanaba ningún tipo de fluido que desintoxicara su organismo. Había perdido, además, la capacidad para gesticular manteniendo una expresión estoica, casi críptica. Había dejado de comer hacía una semana, de beber hacía dos días. Cerró los ojos intentando evadirse, imaginar aquello como una lenta pesadilla de la que cuesta despertar pero de la que se despierta. No, eso no era posible, pero a cambio descubrió que podía mirarse hacia dentro, milímetro a milímetro, y de golpe se recorrió toda. Su interior se antojaba una ciudad habitada por pequeños autómatas esféricos, cilíndricos, politopos, cónicos, triangulares, poliédricos, sugiriendo todas las dimensiones desde planas hasta volumétricas. Un universo oscuro que iba de un índigo exuberante a un negro imposible de distinguir en su principio y final, lleno de movimiento organizado pero convulso, pues aún distinguía algunos elementos ajenos a esas pequeñas circunstancias robóticas que cazaban puntos blancos, rojos o magentas; o iban tapiando pequeños orificios amarillos, verdosos, ganando la batalla.
—Estaba en lo cierto. No debemos únicamente reorganizar los átomos y colocarlos en su lugar para erradicar virus, enfermedades autoinmunes, congénitas o detener los estragos de la vejez. Tenemos que reemplazar las células viejas o enfermas por otras artificiales que piensen como las humanas, sientan y actúen a su semejanza para que convenzan a las originales de que no son intrusas sino sus iguales, más fortalecidas, mejor dotadas, sin puntos ciegos, sin fallos, perfectas; y así las copien, las imiten. De ese modo ya no tendremos que fabricarlas, el propio individuo comenzará a desarrollarlas, a autoconstruirse…
Después de varios intentos por inyectar la dosis, desistió. Las agujas invariablemente se partían por la mitad. La miró sin verla, pues no distinguió diferencias entre él y ella, veía solo su éxito y no su fracaso. Entonces sucedió algo que ninguno de los dos pudo prever: lo besó. El beso fue intenso, pero sin un dejo amoroso, solamente comunicativo. Una necesidad nacida de un interior que era suyo y al mismo tiempo no del todo, como obligada a introducirse en ese organismo que solo le era empático en apariencia. Y en ese intercambio dispar, porque su saliva era más espesa y poderosa, lo invadió. Él cayó sobre el pasto, se convulsionó unos segundos hasta quedarse dormido. Ella volvió a subir al montículo para perderse nuevamente en los campos blancos de la luna, estériles y yertos, inmóviles. ¿Era otro tipo de vida? Se volvió a estremecer. Aún quedaba un poco de ella y reconoció que el miedo a la extinción era lo único que hermana a todas las especies. Quizá por eso lo besó, para no estar sola en su nueva naturaleza. Sí, tal vez eso pensó mientras observaba cómo el sueño inconsciente de él yacía sobre la hierba durmiendo sus buenas intenciones, entrecruzadas con su ego, que era ya la expresión luctuosa de la humanidad, aunque él aún no lo sabía.
Del libro: Lo sintético. Narraciones sobre robots, seres poshumanos e inteligencias artificiales. Selección Salvador Luis. (2020).
Cecilia Eudave
Es narradora y ensayista mexicana. Es profesora-investigadora en la Universidad de Guadalajara y miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Doctora en Lenguas Romances por la Université Paul Valéry–Montpellier III, su obra creativa y crítica se inscribe en la literatura fantástica, lo insólito y las poéticas de la brevedad. Entre sus libros más conocidos se encuentran Técnicamente humanos, Registro de imposibles y la novela corta Bestiaria vida, galardonada con el Premio Juan García Ponce.

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