Parí un monstruo. Desde ese día su aspecto desagradable no me deja dormir. No hubo tiempo de asimilar que su existencia se estrellaba contra la mía. Llegó de manera repentina; como la ola que te encuentra distraído en tus pensamientos. Me sentí extraña, me pareció que su llegada era un reloj carnal de mi propia muerte. Al destapar la sábana, no quería creerlo. ¿Qué tiene?, ¿qué le pasó?, ¿por qué está así?, le pregunté al doctor con la mirada medio desorbitada y la sonrisa medio desencajada. No dejaba de agarrarme la cabeza con una mano; eso hago cuando un problema brinca los límites de mi cordura. El doctor dijo que, pese a su apariencia extraña, solo habría que darle un medicamento que nunca encontré.
Me abracé del desconsuelo, pues percibí de inmediato que era una batalla perdida. Mis padres estuvieron presentes ese día, después, se olvidaron de mi desgracia. El aspecto era tan desagradable que aunque nunca lo dijeron, también preferían no verlo. Lo mantenía oculto en el cuarto más oscuro de la casa. Recostado sobre un colchón amarillento para visitas que nunca llegaban. Desde el umbral de la puerta lo veía llorar mientras pensaba: ¿por qué no me di cuenta de que algo crecía dentro de mí? Reiteraba mi desprecio, sin embargo, nunca dejé de mantenerlo vivo. Lo cuidaba. ¿Por qué?
Tenía un llanto ensordecedor; podías escucharlo por las noches en cualquier rincón de la casa. Empezaba como un lloriqueo común, pero terminaba siendo como escuchar el graznido de un animal. Por el contrario, en el día, reinaba el silencio, como si esa criatura no existiera. Dejé de ir a trabajar; pararme de la cama en la mañana se volvía imposible. Sentía una pesadez en las manos, incapaz de levantar un vaso de agua.
Una noche, preparaba una mamila en la cocina mientras el sonido de su llanto taladraba mi sien. De repente, paró el ruido dejando entrar el silencio. Escuché un golpe, seguido de un arrastre pesado. Me quedé pasmada, con la piel erizada y la mamila en la mano. Caminé a la recámara, giré la manija y, apenas abrí la puerta, lo vi. Estaba ahí, en el suelo. Giró la cabeza y se empezó a arrastrar hacia mí. Mi primer impulso fue cerrar la puerta, pero comenzó a darse de golpes contra ella.
Fui a la cocina y serví una copa de vino que me acabé de un trago. Pasaron unas horas; los golpes contra la puerta seguían. Decidí regresar. Al abrir, salió rápidamente. Comenzó a arrastrarse por la casa buscando alimentarse. Me limité a observarlo desde un rincón. Se bebió un bote de leche que a su vez se derramaba y que finalmente terminó por lamer del suelo.
Un día ya no tuvo que tocar para salir. Mientras leía un libro, escuché el rechinar de la puerta al abrirse. Ahí estaba: parado frente al refrigerador llenándose la boca de comida para después vomitar. Me acostumbré a su miserable forma de existir. Sin embargo, prefería esperar en el baño a que hiciera sus atrocidades y regresara a su cuarto. Al escuchar su puerta cerrar, de inmediato me liberaba de la pequeña cárcel de azulejos blancos. Salía a encontrarme con el huracán de su ausencia. Ahí, ante la imagen del suelo viscoso, los sillones manchados y mis rosales secos, me invadían las ganas de acabar con él. Era en vano, pues ante la mezquindad del asunto, elegía no elegir, y tomarme una copa de whisky, tal vez dos.
La dinámica era la misma, pero aquello era más fuerte. Yo encerrada en el baño mientras él se arrastraba por las noches con ese llanto de animal. Sus destrozos fueron subiendo de tono. Comenzó a usar mi ropa y a contestar mis llamadas. Le gritó a mi madre, a mis amigos. Esto fue por un tiempo, después no había llamada que contestar. Sospeché que intentaría acabar conmigo. Y así fue.
Una noche estuvo más agresivo de lo normal, no paraba de llorar y de beber. En un momento me di cuenta del prolongado silencio que me hizo sospechar que ya se había entregado al cansancio. Salí del baño como la cucaracha que espera el silencio de la noche para salir a vivir su vida nocturna. Lo vi a unos metros con un martillo en las manos. Abrí la primera puerta que tenía cerca y me encerré con seguro.
En medio de la oscuridad lúgubre de aquel cuarto se alzó un olor a humedad. Lo escuché arrastrarse, comenzó a golpear la puerta con el martillo. Un golpe distanciado del otro por segundos, sonando como un tambor, pero marcando el ritmo como reloj. Tambor y reloj. Sentí hormigueos en el pecho. Estaba sudando.
Encendí la luz para buscar con qué defenderme. Se empapó de claridad toda la habitación. Me di cuenta que sobre las paredes descansaban objetos, ocultos tras una tela negra. Presos del polvo, de la oscuridad y del olvido de aquel cuarto. Los golpes se arreciaron ya no al ritmo de reloj, si no de mis propios latidos. Parecía que aquello escondido tras la oscuridad suplicara ser visto. Sujeté con mi mano la tela y tiré hacia abajo. Esta se deslizó, exponiendo a la luz un espejo, y en este, mi reflejo. Escuche el crujir de la madera que se estaba venciendo ante los golpes o ante mi falta de coraje. Me miré. Los ojos hundidos y enrojecidos, que apenas se alcanzaban a ver tras mi cabello revuelto. Estaba en el suelo, sosteniendo mi torso con las manos. Intenté pararme, pero el suelo me regresó de golpe, sembrándome en la realidad de mis extremidades.
El llanto explotó una bomba necesariamente incontenida.
Abrí la puerta, para encontrarme con nadie y con todo. Al fondo, vi el teléfono al lado de un frasco de pastillas. Me arrastré con el rostro mojado, entre restos de colillas de cigarro, comida y botellas vacías.
—¿Bueno? —Mamá. Quiero vivir.
Jennifer Karina Abrego Peña
Mi escritura se centra en el lenguaje y cotidianidad de la vida rural en México con todos su matices. Actualmente resido en Guadalajara Jalisco y pertenezco a taller literario ermitaños. Cuento con tres publicaciones de cuento en antologías como: Bajo la piel somos (México, 2024), Café y tinta (México,2024) y Relatos sobre la fragilidad humana (Costa Rica, 2024).
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