Dos motos. Dos muchachos. Uno de dieciséis, otro de veinte. Motos. Motocicletas. Falsas Harley Davison hechas en China, armadas en Paraguay, traídas de contrabando a Uruguay por la frontera terrestre hasta el Paraná, luego por el río Uruguay desembarcadas en la costa de Salto. Luego trasladadas desde Salto a Montevideo en camiones, containers, camionetas cuatro por cuatro, furgonetas, trailers, vagones de ganado sin vacas, pero con olor a bosta para ser vendidas a vetustos nostálgicos sesentones o a adolescentes atontados por el bazuco, el crack, la pasta base o como mierda quieran llamar a ese veneno en Valladolid, Mantova, Toulouse (donde mienten que nació Gardel), Beijing o cualquier otra parte del mundo, de la Global Village.
Motocicletas falsas Harley Davison, como vacas con los cuernos invertidos en forma de manubrio —truco fácil empleado por Picasso años ha, en sus mamarrachos de tauromaquia que le dieran tanta fama y dinero— vacas cromadas, máquinas bestiales, céleres moles absurdas que viajan desde el imaginario de los años sesenta hasta la estupidez mayor del siglo XXI, serenas pero rápidas, incólumes en su vértigo hacia el otro mundo, como el rostro de Marylin Monroe en el retrato pop que por miles de copias serigráficas lanzó al mercado Andy Warhol y que desde aquel momento no cesa de atormentar dormitorios, rooms de decorado cursi around the world.
Enormes bestias metálicas, cromadas, impecables, vendidas a precios accesibles a muchachos idiotas, aspirantes a Winners o a Gallinas.
En un duelo de motos, los rivales se colocan frente a frente, a unos ciento cincuenta metros en línea recta.
Uno en el punto A.
Otro en el punto B.
Aceleran. Se retan, ronronean, estallan, petardean las válvulas de los motores. Se miran las caras adolescentes, en las caras el meteoro, el sarpullido endócrino del acné aún no resuelto, en los brazos tatuajes, en las bocas, ombligos, tetillas, narices y orejas pierciengs cromados, de brillo análogo al de las falsas motos; en los miembros viriles el miedo contraído como el alma invisible de las fibras delgadas dentro de la piel espesa de un plátano marchito. Los testículos contraídos, contritos, apretados, tensos.
Winner es el que no tuerce su dirección jamás.
Gallina es el que, en cierto momento, teme la colisión y da un golpe al manubrio para no chocar.
Los gallinas salvan la vida. Los winners se salvan si se enfrentan a un gallina, si se enfrentan dos winners en la misma contienda, la muerte está cerca. Ambos revientan, uno contra otro, estrellados, o uno muere y otro queda malherido.
De lo que resta, siempre puede aprovecharse algo.
Órganos. Un hígado, un páncreas. Un par de jóvenes riñones con la función nefrítica intacta o casi intacta. Córneas, partes de piel, retazos de tejido.
Si llevaban casco, a veces, después del desastre, después de la colisión, el derrape y el golpe, logra recuperarse un cerebro.
Lástima que en estos casos se trata de cerebros de baja calidad, apolillados por la droga, por el consumo diario y constante, de la mañana a la noche, de vino en tetra pack o en tetra brick, vino con toques de coca disuelta o alcohol puro de farmacia, 95 grados o más, cortado con coca cola zero o con jugo de naranja de caja, anilinas, azúcar refinado, ritalina robada de los botiquines a donde las madres de los contendientes recurren para mantener despiertos y combatir el déficit atencional de los hermanitos menores de quienes van a morir y no saludan. Ni al emperador ni al sentido.
Ritalina que en los adolescentes y adultos actúa como anfetamina de curso legal y que, potenciada con el etanol del origen que sea, logra ese efecto de efervescencia, euforia o valentía estúpida que hace que dos jóvenes robustos busquen la muerte temprana por colisión violenta, sin otro motivo que la disputa, el medirse en combate neo medieval. Caballeros sin caballos, con motocicletas fabricadas en China.
Los cerebros, con frecuencia parecen cribados, como si sus propietarios se hubieran contagiado de encefalopatía esponjiforme bovina.
CRASH-CRASH-CRASH
Al Gallina que dobló, que torció el manubrio a último momento, al que tuvo la habilidad de salvarse y dejar a su rival reventado, su cuerpo tenso, pero sin rigor cadavérico aún, esparcido sobre el pavimento, al que logró obtener un muerto fresco, los funcionarios de Mercado del Cuerpo Inc. le dan unos dos mil pesos, equivalente en el cambio actual en este país subdesarrollado con ínfulas consumistas de Primer Mundo, a unos cien dólares.
De inmediato se anuncia en la correspondiente página de Internet la mercadería disponible:
-mano derecha en perfecto estado
-ojo azul izquierdo bien, ojo azul derecho con derrame
-baso
El corazón está partido en dos porque el manubrio de la motocicleta partió y atravesó limpio el esternón, entró en la jaula del costillar a la altura justa y separó aurícula y ventrículo izquierdos de aurícula y ventrículo derechos.
El cerebro se machucó al caer, al rebotar contra la cavidad craneana, dentro del casco: hematoma subdural que lo hinchó hasta lo indecible y lo comprimió hacia abajo, por el cuello, desplazando médula y paquetes vásculo-nerviosos a esa altura, hinchando el cuello e invadiendo todo el canal superior aéreo, laringe, esófago, médula espinal a la altura de las cervicales. Una lástima.
Los empleados de Mercado del Cuerpo Inc levantan el cadáver, lo llevan con rapidez y eficiencia a la Unidad de Emergencia móvil en una camilla que pliegan y despliegan con habilidad y profesionalismo. Ya dentro de la ambulancia dispuesta, trozan el cuerpo, las partes del frustrado winner.
Todo se hace bajo la dirección de un médico anatomista experto en trasplantes, de un matarife asistente, diestro con la sierra, las cuchillas, el cincel y el martillo quirúrgico, y de un par de nurses diplomadas en la Escuela de paramédicos regenteada por la propia y pujante empresa.
La unidad posee un sistema eficiente de refrigeración donde se colocan riñón izquierdo y derecho, miembros, vasos eferentes o deferentes, canalículos, partes de glándulas, islotes de Langerhans.
Se extrae entera la bolsa del peritoneo con todos sus órganos y vías vasculares y linfáticas cuidadosamente anudadas, suturadas, para que la materia humana de los diferentes órganos no pierda líquido vital y se conserve apta para el trasplante, luego de su exhibición en vitrinas convenientemente refrigeradas. Hasta el cuero cabelludo es cuidadosamente removido por un cirujano plástico que extrae también, una a una, las uñas. Veinte uñas: diez y diez. Las sacan de raíz: están sanas y pueden crecer en laboratorio, in vitro, al punto que, al cabo de cierto tiempo de cultivo en una solución isotónica, podrán ser implantadas en mujeres menopáusicas con carencia de calcio y futura osteoporosis o bien en travestis obsesionados por la perfección y la belleza ambigua, capaces de pagar unos miles de dólares por los apéndices córneos que teñirán con esmero de esmalte fucsia y estrellitas fosforescentes.
Es verdad: la crisis europea ha sido dura: en España, Italia, Grecia.
La burbuja reventó.
“La perestroika del capitalismo occidental y cristiano”, dice un viejo cínico, ex miembro del Partido Comunista Italiano, experto en imagen y asesoría de medios.
—Europa se va a recuperar. Más temprano que tarde el euro volverá a ser fuerte. La culpa es de los chinos, hijos de mil putas, y de los excesos de los agentes inmobiliarios: un piso en el centro de Madrid no podía llegar a ofrecerse en un millón y medio de euros. Al menos no un piso de reducidas dimensiones, puro brillo, mal construido. En algún momento la especulación tenía que parar.
—La culpa es de los infiltrados.
—¿Qué infiltrados?
—Qué sé yo. Los infiltrados. Siempre hay saboteadores. Esos sudacas de mierda, esos indios. Chávez, la culpa es de Chávez.
—El cáncer ya acabó con Chávez.
—La culpa es de Cristina Kirchner.
—Ya nos vamos a ocupar de la tal Cristina.
—De Maduro ya se ocupó Trump…
—Y ahora se va a ocupar de Groenlandia…
—Bueno, eso será un problema, pero el tema ahora son los sudacas.
—Los sudacas, sí.
—Lula ya tuvo un buen carcinoma, casi lo matamos, creo que aprendió la lección.
—Así es.
—Los sudacas introdujeron en Europa y en Estados Unidos una genética fallada, no apta para el desarrollo del capitalismo ni del post capitalismo, ni del post humanismo o la era Mac.
—Los sudacas son una reverendísima mierda.
—Una caca. Excremento de mono tullido, caca de viejo mono tuberculoso y con sarna.
—Mestizos.
—Sí.
—Mal nacidos.
—Sí.
—Portan males congénitos, los traen de esas montañas, de esas selvas, de esas ciudades oprobiosas, sucias, contaminadas.
—Sí.
—Y para colmo de males ese Piel Naranja…
— ¿Qué Piel Naranja?
—Ese…Trump…el que gobierna los Estados Unidos.
—Ese no importa mucho, al menos no es sudaca, es norteamericano. Está controlado por el Pentágono, por la Cía., por la Bolsa de Valores, por el Trust de los Nueve, por el Club de Inversionistas, por la Sociedad Americana del Rifle, por la Comisión WASP…
—No creo, él los controla a ellos…
—Los Estados Unidos son nuestros aliados, creo… solamente nos piden Groenlandia. El problema es Sudamérica, el problema siempre fue Sudamérica: primero con esas revoluciones de mierda, después con el narcotráfico… Son advenedizos, cretinos con ínfulas, unos buenos-para-nada. No saben ni ser corruptos. La corrupción, en alta gama, exige un grado de inteligencia que estos homínidos no alcanzan.
Dos Fiat Palio, especialmente preparados por mecánicos y técnicos de confianza, se van a enfrentar en la pista. Uno de los Fiat es rojo. El otro negro.
“Gallo negro, gallo negro
Gallo negro, te lo advierto:
No se rinde un gallo rojo
Solo cuando ya está muerto”
Así dice la vieja canción del siglo pasado, la canción revolucionista, tendenciosa, obtusa. Hay que modificarla, aggiornarla, adaptarla a estos tiempos:
“Fiat negro, Fiat negro
Fiat negro, te lo advierto:
No se rinde un Fiat rojo
Solo cuando ya está muerto”
—Rrrrrmmmmm, rrrrrmmmmm, rrrrrrrmmmmmmmmmm.
—Paf, paf, paf. Rummm. Paf. Rrrrrmmm. Paf, paf.
Los aceleradores.
Los caños de escape.
Los caños anti vuelco.
Las bujías afinadas.
La gasolina, el combustible ultraliviano con aditivo de catalizador de cromo.
Los volantes: uno cubierto de cuerina plástica, de tala sintética imitación piel de cocodrilo. El otro volante cubierto de una capa negra, esponjosa para mayor adherencia, para evitar que las manos sudorosas resbalen y se produzca la catástrofe.
Conducen dos mujeres. Dos reverendas hembras de gran porte. Tetas enormes. Cabellos de medusa, uñas pintadas, sin bragas. Están sentadas en sus puestos, transpiran. Están desnudas de la cintura para abajo para evitar el calor y las fumaradas de nervios, las oleadas de adrenalina, las descargas hormonales que elevan la temperatura corporal en las zonas genitales.
Si cualquiera de los coches se incendia, lo primero que se prenderá fuego será ese vello púbico ralo, esas vulvas rasuraditas, esos culos en forma de pera opulenta que aplastan y acomodan su forma viva al asiento.
Una se llama Marta. Marta, antes de subir a su coche, se introdujo un vibrador símil carne en el interior de la cavidad virtual de su vagina. Lo encendió:
—Rrrrrr-rrrr-rrrr.
—Le da emoción al espectáculo. Mientras conduzco me siento plena.
Las apuestas suben.
Jessy, la otra, tiene un piercing en el pubis, justo encima del pellejo que recubre el clítoris. Empina una botella de Jack Daniel’s y se toma dos cápsulas de efedrina.
Mira al público. Sonríe. Se da vuelta, muestra las nalgas, las sacude, las bambolea.
La gente aúlla.
—¡¡Loba!! ¡¡Yegua!! ¡¡Putaza!!
—¡Engrásame el caño de mi pistola, so guarra!! —grita un oligofrénico en medio de la multitud.
—Cinco a uno a que vence Jessy.
—Acepto la apuesta. Marta es mi favorita. Lleva tres enfrentamientos invicta. Sus rivales quedaron hechas papilla. Poco pudo rescatar la gente de Mercado del Cuerpo en la última competencia. Casi nada: su rival en ese momento, a bordo de un Hyundai color verde militar, se estrelló contra una columna de alumbrado, la columna partió el bloque del motor y aplastó la cabina del coche. Para sacarla tuvieron que emplear sierra eléctrica, martillo neumático, pinzas industriales En medio de la extracción del cadáver, a un gracioso se le ocurrió arrojar dentro del vehículo volcado, detenido sobre su techo, con el cuerpo de la mujer sostenido del cinturón de seguridad, una bengala.
Un desastre.
El automóvil tomó fuego. Los operarios se apartaron. A los diez minutos se acercaron otra vez, ahora con un extinguidor de mano y un balde de arena. La columna de humo se divisaba desde kilómetros. Al fin, cuando lograron apagar el fuego y volver a lidiar con los fierros retorcidos, no consiguieron nada. El cuerpo estaba carbonizado. No servía ni para venderlo al parque de diversiones, para ser eventualmente empleado como momia para el tren fantasma. Un desperdicio. Peor que Gardel en el avión de Medellín.
Un viejo de barba blanca, muy delgado, elegante, apuesta mil quinientos pesos a que Marta logra desviar a Jessy de su camino.
—¿Pero Jessy se estrella?
—Eso no me importa. Yo solo apuesto a que vence Marta. Lo que ocurra con Jessy no es mi problema.
—Pero la apuesta tiene que ser completa: la competencia es a muerte. Si ambas sobreviven y los vehículos están en condiciones, el torneo debe reanudarse. Se realizarán tantas vueltas como sean necesarias, hasta que una quede aniquilada o fuera de combate. Si queda fuera de combate, Mercado del Cuerpo tiene los derechos exclusivos para aplicarle la Eutanasia Contractual. La pueden llevar viva al desolladero, y mantenerla allí el tiempo necesario, incluso dejarla con vida mientras le van sacando dedos, pedazos de intestino, músculos enteros, tendones, bíceps, tríceps, cuádriceps, un pulmón o una parótida, lo que sea menester según las demandas siempre cambiantes, siempre caprichosas, del mercado. Es por contrato. Todas las competidoras y competidores están obligados a firmar. Si no, no corren.
—Apuesto mil quinientos pesos a que vence Marta. Es mi gatita, mi regalona. Ayer dormí con ella y es una fiera.
—¿Cómo que durmió con ella?
—Me cobró nada más que quinientos, y créame, fue un fellatio colosal. Luego me dormí enseguida, calmo, sereno como un niño. Ella tiene el pulso firme, la boca suave, el ánimo decidido.
—¿Y solamente le cobró quinientos? ¿Y durmió con usted toda la noche? ¡No le creo!
—Es verdad, tan cierto como que yo mismo la encadené a la cama, para que no se fuera, para que no me robara la billetera después de succionarme el miembro. Soy precavido, ya me ha pasado: me robaron más de cinco veces y en una de esas ocasiones la mujer, mientras yo dormía, hizo entrar en la habitación a unos matones que me amarraron de pies y manos y así, desnudo como estaba, me sometieron a incalificables vejámenes. Por eso ahora tomo la precaución de engrillarlas. Les engrillo los pies diciéndoles que es un juego sado-maso que me excita. Y luego que se beben mi jugo les apunto con mi 9 mm y les esposo las manos. Así se quedan quietas, dormiditas, tibias a mi lado. A la mañana siguiente, poco después del amanecer las suelto, les convido café y tostadas americanas, con mantequilla —odio las grasas trans—, si quieren, les ofrezco mermelada y yogurt también, aunque por lo general, el yogurt lo rechazan: “ya bebí suficiente del suyo”, me dijo una vez una que quería hacerse la graciosa, les entrego un regalo o una propina y les doy una palmada en la nalga. Se van contentas, hacia la vida y la muerte. Hasta la victoria siempre. Patria o muerte, venceremos, como se decía en mis años mozos.
Rafael Courtoisie
Es poeta, narrador y ensayista uruguayo. Miembro correspondiente de la Real Academia Española y de número de la Academia Nacional de Letras del Uruguay, integra el International Writing Program de la Universidad de Iowa. Autor de una amplia obra literaria, ha recibido premios como el Fundación Loewe, Casa de América, Jaime Gil de Biedma y Bartolomé Hidalgo. Su obra ha sido traducida a numerosos idiomas.
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