Eloy Llevat Soy Lo más al norte posible

El día se abrió para mí de una manera diferente. Bajando las escaleras hacia la escuela, noté que las plantas se movían más de lo acostumbrado; las malangas de mi vecina se mecían sin viento y los helechos del primer piso parecían tantear el aire, buscando algo. Los árboles y las palmas estaban más altos que ayer, de eso estaba seguro. 

Al entrar en el aula, en lugar de mi profesora de biología, había un hombre extraño. Alto, flaco, encorvado, con un traje de otra época y un maletín consumido. Pero sus ojos me capturaron: gigantescos, húmedos, brillaban como el centelleo del sol en el mar.

Me senté en la primera fila, listo para escuchar. El nuevo profesor, Melanio pidió que lo llamaran, hablaba de la vida de una manera muy diferente de los discursos huecos y porque sí de los otros profesores. Con pocas palabras, Melanio me hizo saber que él sí conocía algunos secretos. Y mejor aún, le gustaban las mismas cosas que a mí, esas que para los demás no tenían importancia. Hablando de microbios, el rostro se le iluminaba y los dientones se le salían enteros, como me pasaba a mí cuando trepaba los jagüeyes que rodeaban la escuela, donde solía pasar el día espiando conversaciones, tallando mensajes secretos en los pliegues más ocultos de la corteza y tirándoles fruticas a los niños.

No dejé escapar una palabra, las anoté todas en mi libreta. Y él también parecía hablar mirándome solo a mí, mientras caminaba por el aula tan alto que rozaba el techo. Después de terminada su clase, me decidí y fui a hablarle. Quería fundar un club de biología.

—Quiero descubrir el secreto de las plantas —le dije.

—¿Y qué es lo que te interesa tanto de las plantas? —me preguntó.

—Son más complejas de lo que parece. Pero también… creo que están tramando algo.

Melanio frunció el ceño por unos segundos, hasta deshacerlo en una sonrisa.

—Te voy a enseñar algo —dijo mientras abría su maletín haciendo rechinar las bisagras oxidadas. Sacó un microscopio y lo puso sobre la mesa.

—Ahora no van a poder esconder nada de ti.

Nunca había mirado por un microscopio. Arranqué una hoja de la mata de marpacífico que entraba por la ventana y la puse bajo el lente. Al inicio solo se veía niebla, pero girando el enfoque apareció un laberinto de caminos diminutos, paredes transparentes, puntos verdes flotando y chocando. Una ciudad escondida dentro de una hoja.

—Lo que ves es lo mismo de lo que estamos hechos nosotros… pero diferente —dijo Melanio cuando finalmente despegué la cara del lente —. Las plantas son como nosotros.

—¿Qué son esos puntos verdes? —pregunté.

—Las plantas se alimentan de luz, por eso son verdes. Tierra, agua… y hay quien dice que hasta de música, sonido, vibraciones.

Melanio arrancó una hoja de uno de sus cuadernos, anotó algo y me la entregó.

—Con estos experimentos vas a descubrir lo que traman.

En el camino de vuelta a casa, los jagüeyes que salían de las casas abandonadas cubrían la calle como un techo. Llegando a mi barrio, los árboles desaparecían dando lugar a calles sin pavimento, edificios de cinco pisos, cables, antenas, gritos, charcos secos, y mucho polvo. Mi apartamento dominaba desde lo alto.

Mi mamá escuchaba la televisión sin mirarla.

La isla continúa su resistencia…

—Mami, voy a bajar —dije.

…el espíritu combatiente de nuestro pueblo… la televisión continuó.

Bajé corriendo. Una pequeña parcela de tierra se extendía frente al edificio. Dibujé un cuadrado, quité las hierbas, y sembré las semillas (flamboyan, almendra, guayaba y jagüey) cada una en una esquina. Mientras tanto, otros niños vinieron a arrastrarme a sus juegos, pero esto era cosa seria.

El día siguiente era día de fiesta. Como movidos por un hechizo mudo, el barrio se despertó temprano para hacer cosas que cada quien sabía que le tocaba, pero que nunca se repartieron. Algunos limpiaron las aceras, otros decoraron las fachadas con papel, otros pintaron de blanco muros, contenes y hasta el tronco de cuanto arbusto encontrasen. Algunos empuñaban un machete y lo bajaban en golpes cortos y precisos, sin mirar más allá del filo, rasando toda hierba que superara la altura de las aceras.

Yo fui enseguida a ver cómo proseguía el experimento, y me encontré el terreno cubierto por malas hierbas. Empecé a arrancarlas de nuevo y llegando a una de las esquinas noté un pequeño brote de tallo más grueso, con solo una hojita, medio dormida. ¡Un flamboyan recién nacido! Inspeccioné las otras esquinas y donde había sembrado las semillas ahora aparecían brotes diminutos. Melanio me dijo que debía esperar una semana o dos para empezar a notar algún crecimiento; éstas no esperaron ni la hora del desayuno.

Pasé el día protegiendo los retoños de los chapeadores, pero al atardecer las ganas de limpiar se volvieron ganas de comer y hablar, y dejaron mis plantas en paz.

Antes de irme noté las malas hierbas asomando de nuevo. Los brotes aparecen al ponerse el sol. ¿Y si las plantas no se alimentan de luz, sino de oscuridad? 

Anoté en el cuaderno un nuevo experimento, diferente de los de Melanio. Seguro que lo aprobaría. Hasta estaría orgulloso. Le dije a mi mamá que me iba a dormir. Ella se mecía en el sillón escuchando la radio con todas las ventanas cerradas. Se ponía muy nerviosa cuando escuchaba la radio.

—¿Cerraste bien la puerta? —me dijo.

—Está todo cerrado —respondí.

Bienvenidos… —la radio intercalaba frases vagamente comprensibles con puro ruido estático— … histeria de guerra… aislados del mundo…

—¿Puedes arreglar la antena antes de acostarte?

Refunfuñando, saqué la mano entre las persianas de la ventana y enderecé la antena de alambres hacia el norte. Lo más al norte posible, repetía mi madre congelados en el tiempo… la radio recuperó la señal.

Como de costumbre, mi mamá apagó todo y se llevó el radio para su cuarto. El ruido de interferencias me ayudó a no ser escuchado mientras abría y cerraba la puerta de la casa para bajar.

La parcela quedaba bajo uno de los pocos postes de luz. Salvo una lámpara a lo lejos comida por mosquitos, todo era oscuridad. El chirrido de los grillos se mezclaba con la estática de algún radio. Me senté dispuesto a no dormir. Si las plantas crecían de noche, tenía que verlas.

Pero con el fresco y el silencio, la agitación del día me bajó por los hombros y se me fueron cerrando los ojos. El primer cabeceo me sobresaltó; el segundo ya no lo sentí.

Abrí los ojos con un tirón. La tierra había desaparecido bajo una masa de hierba. No eran brotes. La maraña me llegaba a las rodillas, y algunos tallos hasta los hombros. El terreno se había vuelto una selva en unas horas. ¿Cuánto había dormido?

El aire se volvió más frío. Los grillos se callaron. Luego el aguacero cayó de golpe, sin aviso, cada gota estrellándose en mil pedazos como botellas de vidrio. Las hierbas parecían danzar como en un trance bajo el diluvio.

Corrí hacia la casa, me metí en la cama y me tapé la cabeza.

Cuando desperté, el nudo en la garganta seguía ahí. A este ritmo las plantas tomarían todo. ¿Cómo crecían tan rápido? Algo pasaba. Y lo iba a descubrir. Nadie sabe más de plantas que yo.

Recordé el microscopio de Melanio. Había que examinarles el corazón, entender cómo esas casitas y puntos se multiplicaban.

Fui a comer un plátano en el balcón. Miré hacia abajo: el barrio había cambiado.

El trabajo de ayer había desaparecido. Todo lo que no tenía cemento lo cubría la maleza. Hierba de guinea y caña brava bordeaban los contenes como un surco. Los baches y cada grieta donde antes crecía alguna que otra hierbita flacucha, ahora estallaban en gigantescos hierbazales sin miedo.

Dejé caer el plátano. El barrio ya no parecía un cuaderno cuadriculado. Ahora todo estaba escondido bajo algo verde que lo cubría como una nueva piel.

La gente caminaba apurada, huyendo del sol mojado y al olor a tierra revuelta. Pero nadie se detenía a mirar las hierbas, como si siempre hubiesen estado ahí.

Apenas entré por la puerta principal de la escuela, me dirigí a la oficina de Melanio. Atravesando la plazoleta, noté lo gigantes que estaban los jagüeyes y las matas de mango que la rodeaban, y como ahora se asomaban por encima de las tejitas de las aulas hasta casi alcanzar a los niños en la formación cantando el himno. Se les van a caer encima. 

La oficina de Melanio estaba oscura. Raíces de jagüey cubrían las ventanas como queriendo entrar. Afiches azul marino llenaban las paredes. Sobre el escritorio, libros sobre peces tirados sin orden, junto a su maletín con el microscopio. Melanio anotaba cosas resoplando frases incomprensibles.

—Profesor, no se lo va a creer —dije—, las plantas… A mi barrio se lo tragaron entero.

Melanio se enderezó. Tardó en enfocar.

—¿Te refieres al experimento?

—Sí. Las hierbas crecieron en una noche lo que crecen en un año.

Asintió, como si eso no importara.

—Usted tiene que hacer algo —dije.

Sonrió apenas. Una mueca triste y cansada. 

—Eso mismo dije yo una vez.

Se dejó caer en la silla. Un brazo colgando hasta casi tocar el piso. El otro acomodando los espejuelos, con dedos que ya no le obedecían del todo.

—Yo era biólogo marino —dijo—. Cuando apareció el pez león, nadie quería escucharlo. Documenté la invasión, pedí recursos. Estaban destruyendo los arrecifes. Insistí hasta que me sacaron y me pusieron aquí, lejos del mar.

—Pero esto no es un pez —dije.

—Es lo mismo. Al final es lo mismo.

—Profesor… no diga eso. Usted es de los que entiende.

Pasaba las páginas de un libro sin leerlas. Me miró a los ojos por un momento, sin enojo, sin tristeza, sin nada. 

Volvió la mirada a la ventana. Las raíces ya tocaban el marco.

Entendí. Yo estaba solo.

Cogí el maletín con el microscopio y salí corriendo. Esperé oír gritos y regaños, pero nada salió de ese cuarto oscuro. 

El camino se cerraba más con cada paso. Raíces de almendros reventaban el pavimento desde abajo como venas, raíces de jagüeyes se le derramaban encima como pegamento. Me pregunté si ésta había sido la última vez que vería la escuela.

Casi no reconocía mi barrio. La calle era un pantano abarrotado de renacuajos, las paredes de los edificios estaban llenas de moho; árboles trepaban por balcones y ventanas, y entre los edificios brotaban matorrales más altos que ellos.

Cuando entré por la puerta, mi madre bajó el volumen de la radio. 

—¿Se acabó la escuela tan rápido?

—Suspendieron las clases. …por lo de las plantas —mentí.

—¿Qué plantas? 

—¿Mami pero tú no ves lo que está pasando? Mira para allá afuera.

—¿Y ese maletín?

—¿Qué importa? Mira por la ventana.

Se levantó e inclinó las persianas.

—¡Ave María! Parece que pasó un ciclón. Esos son los vientos de mayo.

Se dio media vuelta y entró en la cocina a preparar el almuerzo como si nada. Nadie me creería, aunque las plantas se les subieran en las camas. Pero de todos, la que menos me creería, era mi madre. 

Dejé el maletín en mi cuarto y bajé a la calle. El barrio era una selva, pero el siseo de ollas de presión, los radios a todo volumen, la señora gritándole a los niños, daban la impresión de que nada había cambiado.

Sentía un peso hundiéndose en el pecho. El sol era el mismo. El mismo calor, la picazón, el sudor. Nos tenía corriendo de sombra en sombra, como si le gustara perseguirnos. Pero eso desde siempre…

Un carro arrancó el motor y se fue esquivando los matorrales y los baches; los bultos amarrados en el techo eran tantos que hacían al bastidor rozar la tierra.

Arranqué algunas hojas del terreno y subí las escaleras tanteando los peldaños en la humedad y la oscuridad. 

En el segundo piso, un grupo de niños jugaba en un apartamento abandonado. El agua corría desde el baño y la cocina hacia el pasillo, y desde las grietas del piso brotaban hierbas tan verdes que brillaban. Ya no se sabía si era dentro o afuera.

Entré en mi cuarto, cerré la puerta, abrí el maletín de Melanio y saqué el microscopio. Pasé el resto de la tarde observando la piel de las hojas; pero aunque cerraba y abría las ventanas, encendía y apagaba las luces, nada cambiaba.

¿Qué podría haber cambiado en la tierra? ¿Y el agua? Me vino a la mente cómo los tanques de agua encima del edificio llevaban tiempo con averías empapando la fachada.

Cogí el microscopio, salí al pasillo y subí a la azotea, que encontré más empantanada e invadida de hierbazales que la calle. Chorros de agua brotaban de los tanques como de fuentes y bajo mis pies un enorme charco reflejaba el cielo rojo y las gigantescas nubes. Acomodé el microscopio en un ángulo seco donde crecía una hierba de guinea. Coloqué una de sus hojas en la lente sin arrancarla. Si era el agua, tal vez podría ver algo diferente.

Nada.

Seguí mirando. Nada. Absolutamente nada. El sol se ponía. Mañana, el barrio sería de las hierbas. No podía rendirme. Todavía quedaban unos minutos de luz. Tenía que encontrar el secreto. 

Los pasos de mi madre y sus esfuerzos por sintonizar el radio me hicieron entender que mi apartamento quedaba justo debajo.

…el hambre… —las frases vagamente comprensibles se mezclaban con el ruido estático— …la opresión de un pueblo…

Los puntos verdes se volvieron locos. Saltaban, chocaban, se unían. Las callecitas se multiplicaban sin parar, y líquidos corrían como ríos desbordados. La hoja ya no era una ciudad, sino un mundo hirviendo. Saqué la cara del microscopio y vi la planta brillar con un verde tierno, casi fosforescente. Pequeños vástagos nacían y se desenrollaban en pequeños tallos ante mis ojos.

Miré alrededor de la azotea. Todas las plantas brillaban con ese verde extraño. ¿Y si no era la luz, ni la oscuridad, ni el agua… sino algo en el aire, algo que no se veía? El radio… ¡las ondas de radio!

Lo que quedaba de sol desapareció detrás de las nubes.

Las señales que mi mamá perseguía todas las noches. Había entendido algo. ¿Pero a quién se lo iba a decir? 

Me quedé inmóvil, abrazando el microscopio de Melanio contra el pecho. Los dos habíamos quedado así, en lo oscuro. Cerré los ojos con fuerza, aunque no cambió nada.

Primero se mezclaron los gritos de mi madre llamándome y las voces asustadas de los vecinos. Después solo quedó el radio hablando de amenazas, y ese silbido suave, constante, parecido a las olas, que hacen las hojas cuando las mueve el viento.

Al alba abrí los ojos. El charco bajo mis pies ya no reflejaba un cielo rojo, sino verde. Hojas y ramas. Nada más.


Eloy Llevat Soy

Arquitecto, urbanista, escritor de ciencia ficción. Alterna la investigación académica con la ficción especulativa como dos modos complementarios de pensar el mundo. Escribe para explorar futuros incómodos, sin concesiones.

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