«Mami»
Miriam despertó con el ruido de la notificación de su celular, miró el reloj, las 05h00. Ya estaba harta, durante todo el día, un número desconocido le había escrito varios mensajes solo con una palabra: mami. Al principio pensó que era una broma de sus hijos, Alexander y Tino, los dos se habían puesto muy rebeldes con la edad del burro. Ambos lo negaron descaradamente, no tuvo más remedio que darles tremendos coscorrones y confiscarles sus celulares. Sin embargo, al hacerlo descubrió que, tal como dijeron, nada tenían que ver. Fue luego que le pidió a Hilda que les subiera unas copas de helado y les abriera el armario donde guardaban las consolas de videojuegos para que se distrajeran toda la tarde, así podría disfrutar del café de la tarde con sus amigas en paz. Lo peor que le podría pasar era tenerlos abajo con sus juguetes causando desorden en su impoluta sala de estar, y con ello sus gritos, mientras sus amigas estaban presentes en la casa. Se había esmerado demasiado para que su casa fuera un ejemplo de elegancia, nada debía estar fuera de lugar, y sus hijos lo sabían a la perfección, también lo que ocurre si rompen esa regla.
«Mami»
05h30, bloqueó el contacto, decidió levantarse y comenzar con esa rutina de mindfulness que su amiga Cristina le había recomendado. Necesitaría toda la buena vibra de aquel día para ir al dichoso Baby shower de su prima Raquel. La pequeña y “frágil”, la que se casó con el “peor es nada”, va ya 4 hijos, vive al tope con tantas necesidades, trabaja hasta desfallecer, pero se la ve feliz con su familia. Miriam se preguntaba qué mujer puede sentirse satisfecha así con tantos niños dentro de casa. No lo podía entender, sus dos hijos la tenían loca desde temprano en la mañana hasta que se acostaban, a veces le gustaría mutearlos para pasar sus días tranquila.
—Señora, buenos días. ¿Cómo así tan temprano?
—Buenos días, Hilda, no podía dormir —dijo Miriam, mientras hacía el saludo al sol en la sala de estar—. Prepárame la tina con la bomba de lavanda.
—Sí, señora.
«Mami, mami mami, maaamiii»
9h00, hizo caso omiso de las notificaciones cuando escuchó el barullo que solo significaba una cosa: sus hijos empezaron a levantarse y a causar problemas como todos los días. Dios bendiga a Hilda, quien era la que cocinaba. Ella los escuchaba desde su habitación, mientras sacaba el vestido más “casual” que tenía para no opacar a la embarazada. Qué pena que su marido tuviera esa conferencia en la costa, se perdería del chismorreo. Sin embargo, haberse levantado tan temprano le causaba una tremenda jaqueca y los gritos de sus hijos no ayudaban.
—Esos niños no se pueden callar, espero que se comporten frente a Raquel y mantengan la distancia con los hijos de ella.
A los pocos segundos sintió una vibración en su bolsillo, por suerte no era ese dichoso número desconocido que ya había bloqueado como 10 veces y de alguna forma continuaban molestándola con números distintos.
«Hola prima, oye, ¿vas al baby shower de Raquelita? ¿Puedes pasar por mí? Es que llevo los recuerdos y mi auto se averió».
Otro problema, su otra prima, Fátima, la mujer de carrera, a sus 40 y pico de años seguía soltera, le conoció uno o dos novios y ningún hijo. Qué aburrida era su vida, pero se le veía más joven de lo que era, y lo peor de todo era que no hacía ninguna rutina de skincare. Mujer vil y desnaturalizada, en lugar de formar una familia, como toda mujer honrada; seguramente cuando llegase a vieja se va a arrepentir, sola sin nadie que la cuide. Si es que ya no se sentía abrumada con tanta soledad en su vida.
«Claro, Fátima. Te veo en una hora»
«Gracias prima»
En seguida de recibir el mensaje de agradecimiento de Fátima, volvió a ver ese número desconocido… le dio la impresión de que le escribía un bebé que le estuviera gritando, insistente, demandante de atención, le daba un escalofrío en su vientre, como si fuera su deber contestar esas demandas. Bloqueó nuevamente el número y salió de la habitación. Cuando bajó a desayunar, Hilda les pidió a los muchachos irse a cambiar para el baby shower, ellos dejaron los platos en el lavabo y subieron; en seguida Hilda le sirvió su desayuno, la tostada de aguacate con huevo estrellado, con ajonjolí negro como decoración, y su té matcha le supieron como ambrosía, tal como Cristina le había comentado. Sin embargo, sus hijos empezaron a gritar desde sus habitaciones.
—¡Hildi! ¡No encuentro mis zapatos!
—¡Hildi! ¡Hildi!
—¡Por el amor de Dios, Hilda! Ve y atiéndelos.
—Sí, señora —dijo Hilda secándose las manos—. ¡Ya subo!
«¡MAMI! ¡MAAAMMMIII!»
Durante el desayuno ni se atrevió a revisar el celular, aunque la pantalla iluminada ya le dio una pista de qué mensaje había recibido. Y se obligó a tragar la tostada, por más sensación rara que tuviera en su vientre.
12h14, Hilda y los niños iban callados en la parte de atrás. Miram, observaba a Hilda con su vestido de lo más simplón, y sus hijos con sendos trajes de diseñador. A veces, se preguntaba cómo es que una chica tan preparada como ella prefirió escoger una carrera que involucrara niños. Pudiendo ser una empresaria o una ingeniera, sin embargo, ahí estaba, haciendo sus prácticas como niñera para graduarse. Miriam recordaba lo impresionante que es verla conversar con sus hijos y mostrar ese interés…
—Hola, Prima, Hilda, Alexis, Tin, ¿cómo les ha ido? —dijo Fátima acercándose a la ventana del auto.
—Buenos días, señora Fátima.
—Hola, Fati.
—¿Qué hubo, Fati?
—Todo bien, Miriam, puedes abrirme la cajuela, por favor.
Miriam alcanzó el botón para que se abriera el portaequipajes, sin moverse de su asiento. Fátima, soltando un suspiro, fue hacia atrás con los brazos a rebosar de los recuerdos del baby shower. Fue Hilda quien se bajó del auto y ayudó a Fátima a acomodar la carga de los recuerdos.
—Tan comedida como siempre —dijo Fátima señalando a su prima con los ojos—. ¿Dime, Fátima, mi prima se levantó con Mercurio retrógrado o qué?
—Creo que tiene insomnio, se despertó muy temprano hoy —respondió Hilda.
—Dios bendito nos ampare, cuando Miriam está así, es insoportable.
Fátima e Hilda ríeron con complicidad y se subieron al auto sin decir mayor palabra. El resto del viaje fue en calma. Por más que Fátima quisiera conversar con su prima, Miriam se mantuvo con la mirada fija en el camino, obviando las vibraciones que sentía en el bolsillo de su vestido. Incluso subió el volumen de la radio para no tener que hablar o escuchar nada. Fátima, entendiendo el mensaje, hablaba con los chicos sobre sus proyectos escolares haciéndose oír sobre la música de moda, cuando la conversación derivó a las vacaciones de verano. Fátima habló de cómo ella planeaba viajar en carretera por la costa, y si quisieran, todos, ir con ella.
—¿Mami, podemos ir con la tía Fati? —preguntó Alexander.
—Sería lindo que todos pudiéramos ir. Disfrutemos a los años de unas hermosas vacaciones familiares, como cuando éramos guaguas, ¿te acuerdas? Aunque solo serían diversiones diurnas, sabes que no me van bien las discos, no saldríamos de noche, pero sí iríamos a la playa a broncearnos…
—Es una maravillosa idea, ustedes van a la playa con Hilda y Fátima. Mientras su padre y yo nos quedaríamos en la casa de campo.
Miriam no se fijó en la desilusión que marcó el rostro de sus hijos, ni la ansiedad que se formó en la cara de Hilda. Mucho menos en la palmada a la frente que se dio Fátima, clamando por un poco de paciencia.
—Esperaba que fueras tú también —susurró Fátima después de que pasaran unos cuantos minutos.
—¿Para qué? —respondió Miriam, fija en el camino.
—Eres su madre, casi no pasas tiempo con ellos. E Hilda necesita descansar también.
—No digas tonterías, los niños están conmigo todo el tiempo; además, tú sola no podrías con ellos.
—No, Miriam, solo tu cuerpo está con ellos.
—¿Tú qué sabes? No tienes hijos.
«Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami»
14h45, Miriam vio las notificaciones del teléfono, ya estaba cansada. Bloqueó por enésima vez el número del celular antes de entrar en la casa de Raquel. Le dio la impresión de que quien escribía era un niño pequeño que estaba a su alrededor revoloteando, saltando, gritando, pataleando, en un intento vago de que le prestara atención; sus brazos sentían los tirones de las pequeñas manitas, mientras su vientre se sentía más extraño aún. Respiró profundo, silenció el teléfono y entró.
La casa estaba decorada con tonos celestes y rosas. Miriam evitó torcer los ojos ante el mal gusto de seguir esas tendencias de fiesta de revelación de sexo y baby shower al mismo tiempo. Solo pensaba en los regalos, que los invitados debieron traer todos en tonos neutros. Hilda ayudó a Fátima a meter los recuerdos y sus hijos se juntaron con sus primos grandes. Ella fue directa a la sala de bocadillos, donde vio a su abuela acomodar los biberones con cerveza que se usarían para uno de los juegos más adelante. La embarazada abrazaba a una de sus amigas que cargaba con un bebé no mayor de 7 meses.
—Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami.
Miriam sintió un escalofrío en su espalda. Giró la cabeza varias veces para ver a cinco o seis niños pequeños girando y saltando alrededor de unos juegos que habían puesto para ellos. Sin embargo, uno de ellos, un pequeño de cabello negro, la miraba con los ojos bien abiertos y la sonrisa que le mostraba los pocos dientes que tenía, un hilo grueso de saliva le bajaba hasta su ropa. Miriam tragó saliva y regresó a ver pensando que la madre del chico estaba detrás de ella, pero todas las mujeres estaban del otro lado del salón, así que se enfiló hacia ellas esperando no ver más a ese niño. Aunque mientras avanzaba sentía aún la mirada fija en ella, y el dolor en su vientre se hizo más potente.
16h00, Miriam revisó su teléfono y notó que ya no tenía notificaciones de ese número desconocido, pero, por si las moscas, lo volvió a dejar en silencio. Estaba sentada en medio de la sala, comiendo la gelatina con crema que una de sus sobrinas le pasó. El resto de invitados, tan festivos como se puede en este tipo de reuniones, hacía fila para medir la panza de la embarazada con un cordón que previamente ya se había cortado. Frente a ella, otra de sus sobrinas iba cabizbaja, con el listón entre las manos, su esposo junto con ella.
—Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami…
Miriam ya no distinguía qué niño era el que gritaba a su mamá y poco le importaba hasta que vio que el mismo niño que la había impresionado anteriormente iba detrás de su sobrina solo, su sonrisa se veía que ocupaba toda su pequeña cara, con sus dientes más afilados y grandes de lo que pudiera recordar tienen los niños de esa edad; y sus ojos parecían que perdieron todo color y ser solo dos espejos blancos con un puntito en el centro. Sin embargo, la miraba fijamente como si midiera su alma. Se estremeció un poco en la silla, sintió su vientre bajo a punto de estallarle, tragó varias veces saliva calmando ese leve cosquilleo de garganta, que se siente usualmente antes de vomitar. De pronto empezó a sentir frío en sus extremidades, y la pequeña copa con el postre en sus manos se empezó a sentir pesada como un costal de ladrillos. En puro instinto giró su cabeza esperando ver a cualquiera para que le apartara de ese niño. Mientras se acercaba, su cuerpo empezó a temblar, y podía escucharle susurrar:
—Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami…
Miriam pestañeó asustada y el niño había desaparecido frente a ella. Con sus manos temblando, se paró detrás de su sobrina y gritó a alguien que le pasase el cordón que se había animado a participar.
17h10, su sobrina había llegado frente a su prima Raquel, Miriam hubiera deseado no estar ahí, pero esto iba a pasar tarde o temprano. En cuanto su sobrina vio a Raquel, se puso a llorar como una Magdalena. Y ahí también estaba Raquel, llorando junto con ella, toda hormonal y esa fanfarria sentimentalista. Es que quién le mandaba a su sobrina venir al baby shower después de ese fracaso, otro más en su haber. No sabía cómo su marido aún estaba junto a ella, cualquiera se hubiera marchado. ¿Qué clase de mujer joven presenta ese problema? No poder gestar adecuadamente. Una vergüenza completa. Parecía que este niño iba a ser el milagro, pero en medio de su segundo trimestre se dio la gran tragedia. Es una completa lástima. Ahí es cuando Miriam pensaba que si fuera su sobrina, no quisiera salir de su casa, es más, pensaba que mejor sería ingresar en un claustro de monjas para hacer lo que le estaba destinado: obras de caridad, criando a los huérfanos, y educando en los colegios. Porque un matrimonio sin hijos nada de valor tenía, mucho menos una mujer sin esa capacidad. Su esposo era joven y robusto todavía, le sería fácil conseguir una buena mujer con mejor…
—¡Mami!
Se estremeció cuando escuchó esa voz chillona y sintió un horrible escalofrío que le recorrió todo su cuerpo cuando alguien rozó su mano. Regresó a ver abajo y vio a ese niño. Que le gritaba sin mover su boca, fija en esa horrenda sonrisa que súbitamente tenía más dientes y babeaba entre ellos.
—Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami…
Miriam soltó rápidamente al mocoso y se abalanzó a la salida sin importarle si la veían los invitados y su familia.
18h30, no dijo a nadie su destino, ni siquiera a Hilda o alguno de sus hijos. Corrió por la calle y poco a poco bajó el ritmo hasta caminar intentando respirar con calma. Fue a la tienda y compró una caja de cigarrillos, se sentó en la banqueta de un parque cercano a fumar. Empezó a respirar mejor después de tremendo susto. Los ruidos que le llegaban ahora eran de los niños y sus madres que estaban jugando en los columpios, resbaladera y sube y baja. Pensó en su familia y llegó a la conclusión de que estaba realmente rodeada de mujeres incapaces. Ni hablar de sus hijos tan molestos e irritables, a Dios gracias, Fátima se los llevaría de vacaciones. Necesitaba urgentemente un retiro, le escribiría a Cristina para pedirle el contacto de ese spa exclusivo para parejas, se llevaría a su esposo con ella, lo pasarían tan bien solos…
«Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami mami Mami, Mami, Mami mami mami mami mami mami»
De pronto su teléfono empezó a sonar y vibrar como poseso; tenía esa palabra en todas las aplicaciones y cada centímetro de la pantalla. Miriam tiró su teléfono en el suelo y enfiló su regreso mientras el sol empezaba su descenso en la ciudad. En cuanto pasó por la tienda, la pantalla que transmitía la novela coreana de turno cambió de color, la pantalla se difuminó y se asomó el niño con su sonrisa descomunal que la atormentaba gritando «Mami». Salió disparada a correr en la primera dirección disponible, obviando el dolor que sentía en su vientre. Los celulares empezaron a sonar a su alrededor, y cuando la gente contestaba, Miriam escuchaba claramente «Mami». La gente, de pronto, dejó de hablar español, solo se hablaba con una palabra «Mami». Con cada paso que daba, la gente la miraba, y susurraba «mami». Los niños la miraban y reían maquinalmente con esas grandes y deformadas sonrisas gigantes con esos dientes como colmillos y babeando como si quisieran comérsela, llamándola «mami».
23h30. Miriam corrió sin detenerse por toda la ciudad evitando gente que se acercaba y la llamaba mami. Esquivó los autos, buses y bicicletas, casi la atropellan seis veces, pero cada claxón que sonaba, cada pito o ruido que oía, era una sola palabra «Mami». Cuando finalmente se sintió a salvo se percató de que ya no estaba en la ciudad sino en algún barrio bien alejado, donde las casas de latón y el poco alumbrado público describían horribles sombras en el lugar. Supuso que estaría cerca de un bosque por los pocos árboles de eucalipto que rodeaban el sitio. Necesitaba llamar a Hilda para que la viniera a buscar. Se puso a buscar su celular entre los bolsillos de su vestido, recordando que lo había tirado en el parque. De pronto una pequeña mano agarró la suya. Se sintió paralizada en el sitio, quiso regresar a ver, pero la sombra que se proyectaba por el escaso alumbrado público era aterradora; el niño que sabía que estaba a su lado no era lo que veía en el piso. Los cuernos, el rabo, las patas de cabra, el descomunal tamaño, y hasta la sonrisa deforme con la baba cayendo y desbordándose por los adoquines, no era lo que sentía con esa pequeña y frágil manito.
Finalmente se armó de valor y se echó a correr, avanzó por la calle con lo que estuviera detrás llamándola «Mami». La sombra del ente parecía absorberla si no se alejaba de ella tan rápido como pudiera. Se escondió en un callejón tras un contenedor de basura. Se tapó la boca a la espera de que la criatura no la detectara; sin embargo, al regresar a ver al piso, su propia sombra la miraba con esa sonrisa ampliada y esos ojos blancos sin vida, que se llenaban de sangre que corría libremente por su entrepierna. Gritó. A la vez que a un niño se le escuchaba cantar una palabra en una voz melodiosa, dulce, aguda y fina.
«Mami»
Isabel Tamayo
Bióloga y Máster en Comunicación Social en la Investigación Científica por la Universidad Internacional de Valencia. Devoradora de libros, cómics, mangas y anime. Ha publicado cuentos en las Antologías Los que vendrán (2018), Los que vendrán (2019), Perseidas (2020), la cual está dedicada a la ciencia ficción, Las mariposas no existen (2024), y Se fue la luz (2025). También en Revistas digitales La Coyol, con enfoque feminista; y Cactus Pink, centrada en la ciencia ficción latinoamericana.

Leave a Reply