La cerbatana de hueso de Santiago Páez (fragmento)

SOBRE EL GRAN ALBOROZO

Informe del mecánico Diógenes Mena (sobre las notas del erudito Luis Moroz)

Ha sido difícil ordenar todos los legajos y apuntes del erudito Luis Moroz para redactar este informe sobre el pasado de esta tierra en la que vivimos. Razones para esa dificultad hay muchas, y no la menor es el tiempo al que se remonta esta historia: los siglos anteriores al Gran Alborozo, épocas de prodigios y de horrores que hoy nos son casi imposibles de concebir.

Señalan los apuntes de Moroz que estaríamos viviendo en el año 2897, de acuerdo a la manera usada antes del Gran Alborozo para contar los años, a partir del nacimiento de un profeta hoy olvidado: Jesús de Nazareth; apunta Moroz que hemos olvidado no sólo a ese profeta sino también la religión por él fundada, el llamado cristianismo.

Tal fenómeno se debió, siempre según Moroz, a una plaga que cundió en el año de 1918 o 1920, luego de una guerra atroz, que acabó con gran parte de la población del mundo. Después de esa guerra se extendió un mal capaz de destruir los pulmones de las gentes: morían los jóvenes asfixiados, luego de agonizar entre fiebres y calambres espantosos. Esta enfermedad mató a la mayoría de aquellos que habían sobrevivido a la gran guerra del año de 1914.

Luego de esa plaga, las ciudades fueron inhabitables, pues los cadáveres quedaron insepultos, dentro de las casas y por las calles. Los pocos sobrevivientes, en las tierras aledañas a la ciudad de Quito, huyeron hacia las montañas. Supone Moroz que algo parecido aconteció en otras ciudades de la cordillera, llamadas Cuenca, Riobamba o Ibarra; en la costa debieron correr la misma suerte los puertos, muy poblados entonces, de Guayaquil, de Manta o de Machala. Calcula Moroz que en esos años debieron vivir unos ciento cincuenta mil habitantes en este territorio que hoy habitamos, de todos ellos sobrevivieron a la plaga apenas cinco de cada cien. En otras ciudades distantes, al estar aún más pobladas, la mortandad fue mayor. Siempre según el erudito Moroz, en otros lugares llamados Paris, Londres o Nueva York, la población desapareció por completo: quedaron deshabitados, muertos.

Los sobrevivientes llamaron el Gran Alborozo a esa plaga y mortandad, pues consideraron que con esa catástrofe se habían librado de una forma de vivir viciosa, levantada sobre la razón y sobre algo ahora olvidado también y llamado ciencia; poco de eso queda, las máquinas prodigiosas de nuestros antepasados ya no existen y de sus logros permanecen solamente ruinas de las que extraemos restos de metales y piedras para fabricar nuestras herramientas y viviendas.

En lugar de esos embaucamientos de las ciencias, los humanos para vivir, volvieron a los antiguos saberes de la magia y las leyendas, que habían sido velados por el pensar de los científicos y por lo que llamaron el Progreso, la Industria o la Técnica. Unos pocos de esos conocimientos técnicos hoy yo los he redescubierto, buscando información en los antiguos legajos del erudito.

Así es, pues, el mundo en donde nos ha tocado vivir, con una Historia olvidada, entre seres de poderes mágicos que nuestros ancestros, antes del Gran Alborozo, hubieran considerado ilusorios: espíritus, animales fabulosos, hechiceros y nigromantes. Es en este mundo donde ha vivido su aventura Eliécer Briones, el héroe de esta historia, llamado por las gentes el Señor de los Ónix, el dueño de la cerbatana de hueso…


Santiago Páez

Escritor de novelas y cuentos de ciencia ficción, policial y fantástico. Doctor en literatura y licenciado en ciencias jurídicas. Premio Joaquín Gallegos Lara por el libro de cuentos Profundo en la Galaxia (1994), finalista del Premio Aurelio Espinosa Pólit en 2007, dos veces merecedor del Premio Darío Guevara Mayorga en 2009 y 2016.

Ratas (2022) es la última novela publicada por Santiago Páez

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