—Me provocaba todo el tiempo —se defiende Jack.
Desecha el contenido de la bolsa dentro de la chimenea. Contempla el fuego y cubre su nariz cuando la llama crece.
—¿Es esto lo que haces siempre? —pregunta Melany, limpiándose las lágrimas con el puño.
Pablo los apremia con un pitido del claxon. Jack apaga la lumbre y se marcha sin mostrar arrepentimiento. Melany inhala con fuerza y se traga el llanto. Antes de salir, toma dos pastillas para apaciguar sus nervios.
—Mi falda tiene arrugas —susurra y acaricia los pliegues de la tela.
Abre la puerta del Jeep y se hunde en el asiento trasero.
Toman la carretera hacia el sur y se dirigen hacia la fábrica. En el trayecto, Melany se queda dormida y sueña con una mujer de espaldas que canta. A medida que se aproxima, nota la ausencia de brazos. Se despierta sobresaltada, con gotas de sangre en la nariz.
Pablo se dirige al vendedor en tono autoritario:
—El clon falló, igual que el anterior.
El hombre revisa los formularios.
—Solicitaron uno hace poco…
—Queremos una mujer más eficiente. No hace falta que sea bonita —lo interrumpe Melany, ansiosa.
—En tal caso, tenemos una perfecta.
Presiona el botón del interlocutor y pide al personal que preparen al nuevo modelo.
—¿Cómo será ella? —pregunta Jack, intrigado.
El vendedor sonríe.
—Deben verla. Es mejor así.
El hombre sale de la oficina. Se dirige hacia la sala de producción. Allí, un auxiliar lo espera en la sala blanca. Detrás de él, una mujer cubierta de vellos lo observa con tristeza.
Jack bosteza después de una noche de excesos. Hambriento, golpetea el comedor con los nudillos. Dos huevos con jamón se sirven delante de él. Otro tronar de dedos y una taza de café humeante aparece cerca de su celular.
—Háblale, así aprenderá más fácilmente —lo regaña Melany—. Sabes cuál es su nombre.
—¿Crees que tengo ánimo de entablar comunicación con esa cosa? —responde enojado—. Lárgate de acá, asqueroso simio.
Lucy huye con toda la agilidad que le permite su elevada estatura.
Melany se levanta de la silla y se desplaza en dirección al cuarto que queda debajo de las escaleras. Un depósito que utilizaban para guardar sus juguetes y que adecuaron para los clones.
Toca la puerta, como gesto de cortesía.
—¿Lucy? —pronuncia con afecto—, aún no quiere decirle mamá.
De adentro le responden con un sonido simiesco y gutural.
Melany abre la puerta. Lucy está sentada sobre la cama. Al mirarla, intenta formular preguntas que se le escapan a su inteligencia.
—Ya te dije que no puedes descansar sino hasta que llegue la noche.
Lucy asiente y se levanta sin energía. Al caminar, sus extremidades cuelgan a los lados, hasta casi tocar las rodillas.
Melany la sigue. Aún no decidió si les será de beneficio.
Esa mañana, antes de su adquisición, el vendedor les informó que casi todos los ejemplares de ese prototipo habían sido vendidos. Les gustaba, sobre todo, para cuidar de niños pequeños o ancianos solitarios.
Aunque Jack se negó, Pablo se mantuvo firme.
«Seguro lo ayudó a descuartizarlas» piensa en voz alta e intuye que Raquel tuvo el mismo destino que Lydia.
Lucy coloca los utensilios en cada uno de los compartimentos. A ratos se jala la blusa, como si no soportara la fricción de la tela. Con cada movimiento emite un gruñido similar al de los chimpancés.
Al escucharla, Melany experimenta náuseas. Bebe un poco de agua intentando calmar su angustia. Antes de adquirirla, Pablo le preguntó si estaba segura. Respondió que sí. Quería revivir el amor que sentía por Lydia. La ausencia de Raquel no le dolió tanto porque, desde el inicio, Jack se robó toda su atención. Hasta que se aburrió de ella…
Desganada, cucharea el cereal y lo revuelve hasta formar una masa grumosa. Cuando no tenía apetito, Lydia la alimentaba en la boca.
«Bien hecho, amor, me llenas de orgullo» la felicitaba al ver el plato vacío.
Resopla con cansancio por todo lo que aún queda por enseñarle.
De repente, Jack le murmura al oído:
—Adiós pequeña, suerte en tu día.
Le revuelve el peinado y se va silbando.
Melany tiembla. Era la frase que le decía Lydia a modo de despedida.
Corre hacia el baño y apenas si alcanza a vomitar en el inodoro. Al incorporarse, descubre que Lucy la siguió y se encuentra parada detrás de ella. Sujeta una taza con café humeante. Le exige que salga y por un momento, se resiste a hacerle caso. Pero enseguida acata la orden.
Melany se mira frente al espejo. Al bajar la vista, algo llama su atención: es una hoja arrugada de su diario en el fondo del basurero.
Lucy vaga descalza por las escorrentías del bosque. Le gusta sentir el agua mojando las plantas de sus pies. Toma varias flores y sonríe con la boca extendida.
Frente a ellos, finge que no sabe que es ella al observar su reflejo, porque así todo es más fácil.
Amontona varias totoras en su regazo. Las aprisiona y el crujido de los tallos estremece su cuello.
Después de que salen de casa, se escapa a lo alto del valle. La primera vez que lo hizo su corazón se turbó tanto que creyó que moriría.
Sabe calcular el tiempo: se marchan cuando los caracoles emergen de debajo de las piedras y regresan cuando el cielo es una ostra oscura.
Un conejo se desliza por sus pies. Pega un brinco hacia él y lo toma del pescuezo. Es tan suave y pequeño. Su pelaje tibio le produce un escalofrío y deseos de llorar. Con un mordisco le destroza el hocico.
Al oler las vísceras del animal, una sensación cálida se concentra en su estómago y baja por sus caderas.
Con frenesí, se arroja sobre el pasto. Frota el esqueleto del animal sobre su pelvis. Una y otra vez, hasta que «eso» que se extiende con urgencia, explota en un líquido que la hace dormir apacible.
Melany se coloca una mascarilla. Después de una rutina de ejercicios, charlas universitarias y un masaje taoista, su día está por terminar. Las ojeras cubren parte de sus pómulos y sus uñas quebradas se fragmentan un poco más ahora que las muerde.
—Lucy, ¿puedes venir? —alza la voz, esperando su beso de buenas noches.
Pasan varios minutos y no le responde.
Con frecuencia, acude pronto a su llamado para arrullarla hasta que se queda dormida. Aunque en el transcurso de la semana, se ha mostrado displicente con sus actividades.
Un golpe agudo en el cristal del balcón la distrae de sus pensamientos.
Melany se mueve con lentitud. El maullido de un gato la hace temblar. Se aferra al cordón de su bata para sentirse protegida.
Hace un año, un golpe igual la despertó de un sueño en donde era una niña columpiándose en una playa. Al buscar el origen, los gritos de Lydia provenían de la recámara de su hermano. Sabía que no debía entrar, pero un impulso la hizo cruzar el umbral y ver a Jack encima de ella.
Pese a las señales de amenaza y preparada para lo peor, se aproxima hacia el peligro. Desde adentro, divisa a Lucy que se encorva sobre algo.
Está de espaldas, cerca del bordillo, rugiendo y masticando.
—¿Lucy? —pregunta Melany, con un hilo de voz. Quizás es otra de sus pesadillas.
Lucy se voltea. Sostiene la cabeza de un gato. El resto no aparece por ningún lado. Los pelos de su cuerpo se erizan, como un animal en ataque.
Las pupilas reflejan un color pardo que se torna rojizo. Su pecho se hunde y se ensancha con cada rugido.
Melany retrocede.
Lydia le pidió ayuda y ella se quedó inmóvil. Jack abría los muslos de Lydia con la presión de sus rodillas. Ella se concentró en el cuadro de la pared frontal: una campiña francesa que hace años no visitaban.
Intenta escapar, pero tropieza con una de las sillas del comedor. Lucy la acecha absorta, masticando los huesos. Aprendió a cazar en el bosque. La carne cruda le producía una sensación de libertad.
Rodea con cautela a Melany, oculta detrás de uno de los muebles victorianos. Su miedo huele a rosas, sudor y otros fluidos que se expanden por su organismo. El aroma la hace gemir despacio.
—Lucy, soy yo, no puedes hacerme nada —le exige Melany, que se yergue y decide enfrentarla para no perder autoridad.
Al escucharla, Lucy recupera la cordura. Se siente avergonzada.
—Ve a tu habitación. Mañana…
Melany para en seco. Su vista se pierde en el hogar de la chimenea: los restos de Lydia continúan ahí. Olvidó pedirle al clon que los limpiara.
Lucy aprovecha su lapsus. Quiere refugiarse en el bosque, cazar animales silvestres y olvidarse de su origen.
Junta su cuerpo a los zócalos y se escabulle, aprovechando la oscuridad.
Casi llega a la puerta: el paisaje se estremece en su cabeza, el aire resopla en sus tímpanos y la hierba mojada le hace cosquillas en las pantorrillas.
Agarra el picaporte y percibe el pinchazo.
El dolor la hace retozar: Un cuchillo está clavado en su costado.
Melany lo inserta un poco más dentro de su tejidos.
—De modo que sí eres solo un asqueroso primate.
Al finalizar la oración, le arranca el arma blanca y la enfrenta desafiante con una mueca que desencaja sus facciones.
Lucy se desploma boca abajo. Melany la patea en los muslos y en el trasero.
—Esto debe acabar ya. Contigo se acaba. Nunca más, nunca más …
De repente, una idea la ilumina. Abre el cajón del aparador y un tintineo metálico zumba al manipular los objetos. Revuelve un poco más y pega un saltito, acompañado de un «eureka» cuando encuentra lo que buscaba.
Como si apuntara un revólver, extiende el control remoto hacia delante. La llama de la chimenea se enciende y crepita con debilidad.
Toma con ambas manos del cabello a Lucy y lleva su cabeza hacia atrás. La arrastra con un poco de dificultad, pero la adrenalina le ayuda a soportar un peso mayor al acostumbrado.
Lucy no muestra resistencia. Se deja llevar, derrotada.
—Perdóname, Lucy, tú no eres el problema, tú nunca debiste venir— se lamenta Melany, sin esperanza.
Hace un esfuerzo y levanta a Lucy encima de la hoguera. Lucy se sofoca. El calor de la lumbre la asusta. De manera instintiva, muestra resistencia y forcejea con debilidad.
Melany no soporta su arranque de valentía. Le azota otra patada en la espalda que aterriza la cara de Lucy directo en el fuego.
Con el impacto, unas cuantas cenizas vuelan hacia los dedos de Melany.
«Ayúdame por favor, pequeña» suplicó Lydia. Ella se cubrió con las cobijas. Buscó vuelos hacia Francia, eligió la época primaveral. Reservó la suite del hotel en el que siempre se hospedaba».
Lucy grita con un alarido que la saca de su ensoñación.
El vello que cubría sus mejillas está chamuscado, aunque la protegió de quemaduras directas en su dermis.
Con un puñetazo la avienta hacia el suelo.
—Te daré tu beso de buenas noches, mi pequeña —dice, alargando las vocales con una voz grave y profunda.
Le abre la boca con los dedos. Con sus dientes, sostiene la punta de la lengua de Melany y la succiona con ganas.
—En un rato volveré por ti —le asegura, acariciando su pómulo sano.
Lucy enciende el gas. Rocía combustible en la cocina, en los pasillos, en la sala. Antes de irse, se arrodilla frente a la chimenea y emite un aullido de dolor: lo sabía todo por la escritura desprolija de Melany.
Se asegura de trabar las puertas de la habitación de Pablo, que duerme sin sospechar nada. Las paredes, ahora insonorizadas, lo aíslan de cualquier ruido exterior.
Lucy arrastra a Melany hacia el patio frontal. Después regresa por Jack, quién antes de cualquier intento de defensa, cae inconsciente por un puñete en la coronilla.
Arroja un fósforo sobre la alfombra persa y la candela se expande por cada rincón. Algunos objetos explotan, las vigas ceden y se calcinan.
Desde afuera, Lucy contempla las ruinas y se golpea el pecho con los puños, victoriosa.
En el interior de la cueva, Lucy embiste a Jack con el órgano que se expande cuando sus labios mayores se abren como planta carnívora.
Afuera, Melany, amarrada de manos y pies, frota su vientre hinchado, esperando que termine.
Tiene antojos de la carne rostizada de una ardilla.
Sara Montaño Escobar (Loja, Ecuador, 1989)
Licenciada en psicología y magíster en escritura creativa. Ha publicado varios poemarios y obtenido reconocimientos internacionales en poesía y cuento, entre ellos el Premio Internacional Hellín Dos Patrimonios o Más (España, 2023).
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