solange rodriguez pappe cuento

Parece que la historia comenzó cuando la piel del muslo tomó un tono lechoso brillante. Entonces los hijos consideraron, por primera vez, sacar a madre del caserío. Ella insistió en que estaría bien, que ya se le pasaría la enfermedad. Era persistente, no en vano había resistido, instalada en el pedazo de monte donde vivía, los partos, la neumonía, la bubónica y se bastaba sola para poner en orden a todos en la casa y hasta a la jauría. Desde la hacienda del costado los veíamos ir y venir con machetes en el cinto. Eran trece, como los apóstoles, pero lelos y ni una sola hembra, salvo la madre.

Mientras tanto se dice que ella, desde la hamaca de totora, porque jamás se había acostumbrado a los colchones, deba órdenes a los más jóvenes como quien dirige el mundo. Pocas veces se levantaba o lo hacía solamente para lo imprescindible: reunir a la decena de animales, por ejemplo; ella sí que dominaba a los perros, hasta los que estaban de nuestro lado de la cerca tironeaban de la correa para irse. Fue en uno de esos recorridos bamboleantes —que ya para ese entonces se le hacían difíciles—, cuando los hijos se dieron cuenta de que, bajo el faldón de lino, la pierna derecha, estaba hinchada y venosa, como un animal que lleva varios días muerto. Ella no decía nada, arrastraba el pie con furia, crispando los puños. Supongo que la tenacidad de la tierra siempre la había impulsado. Había algo poderoso y ciego dentro de aquella campesina brutal de ojos amarillos, por eso siempre limitamos los tratos con su familia y dejamos las cosas claras. Lo nuestro comienza aquí, lo suyo empieza allá. Nadie iba a tomar lo del otro.
          Una vez que ya no pudo moverse, cuando la pierna estaba tan grande que parecía una criatura de tres años, decidieron trasladarla a un dispensario, en una carroza, que en su tiempo se utilizó para pasear a la reina del caserío en los días de fiesta. Los vimos partir en aquel armatoste de flores plásticas como si fueran una comitiva de circo. La madre volvió muda. Ella quería que todo siguiera como antes, con los perros durmiendo al calor de su muslo hinchado y con la simple rutina diaria de arrear a los cerdos. Así que en protesta se volvió un mueble, un enorme mueble blanco que no contestó las preguntas del médico ni les volvió a dirigir la palabra a sus vástagos.  Nunca más.

La pierna era lo único tranquilo en esa casa, en su contundencia tenía algo de la calma de las rocas, algo de hielo o de pedazo de sal.

Empezó una época terrible para la familia. Aunque eran muchos no se daban abasto para las tareas de la siembra. Por la mañana hacían litros de una infusión de manzanilla con albahaca que debía durar todo el día. Con ese líquido bañaban a la madre, pero sobre todo, limpiaban su pierna con cuidado, sin dejar un solo lugar sin enjuagar porque el aseo era importante para evitar el olor; después, aplicaban ungüentos caseros de rosas, verbena, menta, empasto de cuanta cosa hubiera para mantener fresco a ese otro ser que había empezado a ocupar sus vidas. Cuentan que la madre apenas si probaba bocado, pero la pierna tenía demandas urgentes porque luego de la merienda había que repetir todo el rito de limpieza, nuevamente.

A veces, un vecino amable iba a devolverles algún animal perdido que había ido a dar a sus tierras, pero a los pocos días volvía a extraviarse. El corral estaba vacío y los campos arrasados por las mulas.  Si su madre seguía debajo, aplastada por el peso o murió de hambre, no lo supieron: la pierna de dedos abotagados y blanquecinos, siguió creciendo hasta hacerse espacio en la casa. Dicen que algunos de los hijos se fueron a la ciudad para olvidar la tragedia, pero otros permanecieron consagrados a esa nueva vida que les exigía devoción absoluta.

Ahora sabemos que los que han quedado se mueven por los campos de noche para conseguir comida y que a veces han entrado a las iglesias o a las casas vecinas en asaltos salvajes. Nosotros tenemos lista la escopeta, por si acaso. Los municipales no sospechan de ellos porque la casa luce vacía, parecería que ya nadie habitara allí, pero hay movimiento, tanto que ciertas madrugadas se puede escuchar los murmullos del ritual. Dicen, quienes lo han espiado, que los hijos hacen un circulo de velas junto a la gigantesca pierna y canturrean, se inclinan hasta tocar el suelo con los labios y cuando levantan los rostros flacos, pueden ver en la superficie de aquella extremidad amoratada, unos pequeños ojos acuosos vivísimos y de tono miel que han surgido donde antes parecía que estaba la rodilla.


Solange Rodríguez Pappe

Es una de las voces mayores del fantástico y lo extraño en Latinoamérica. Con Balas perdidas ganó el Premio Joaquín Gallegos Lara al mejor libro de cuentos de 2010, y La primera vez que vi un fantasma (Candaya, 2018) le valió una mención en el Concurso Nacional de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Catedrática y maestra de talleres, ha publicado también La bondad de los extraños y De un mundo raro, y sus relatos han sido traducidos al inglés, el francés y el mandarín.

Leave a Reply

Your email address will not be published.