Amparo Montejano cuento

Rosita llora, no sabe qué le pasa. En su cuerpo de amapola, la sangre sangra. Le baja por las piernas, lo mismo que un reguerito de barro que a las blancas riberas enloda. Y la siente caliente, de igual cocción que la que por el cuello encarrujado les sale a las gallinas que padre roba y van a dar al puchero con el que matar el hambre. Y guarda la sanguina el mismo olor de lluvia que picotea el metal de los aperos que padre trae a la casa. La casa que a Rosita no quiere. La casa en la que Rosita nada vale. La casa que tiene hambre y huele la sangre y la siente, y quiere a Rosita solo para ella.

El sobrado está oscuro.

Una línea de luz, de apenas media vara, se filtra por las tablas que malamente lo tejan. El resto es madera sucia y desportillada, de la que penden las cuerdas que enraman los clavos de hierro, punzantes y oxidados, donde se colgaban los chorizos y los lomos y las patas de los puercos que, en otro tiempo más próspero, a la casa dieron vida. Porque anda de muros dolosos, afligida en su base y empapada de llanto en su adobe, que la descuelga hacia un lado, inclinándola para besar el suelo. Tiempo atrás era blanca, de techado corrido de tejería árabe, con un par de ventanas que miraban el mundo tras sus visillos de encaje. Como boca, una puerta abocinada de madera de avellano, ligera, densa y manejable cuando a la calle se abría para contemplar el cielo lleno de borregos blancos, los mismitos que a sus jambas se hocicaban, balando un beee, beee de bienestar sincero. Entonces la casa respiraba vida y no se andaba espiando la madeja de lo que contenía, que era agradecido y mucho, una familia de cuatro: hombre, mujer y dos hijos de sexo dispar. El chiquillo, blanco, blanco, de ojos de abeja y cuerpo de agua, blando, blando; su melliza, menuda pero fuerte, que todo lo que comía lo aprovechaba y siempre lucía dos botoncitos rosas bajo sus ojos de hierba. ¿Quién diría que, siendo tan desiguales, se habían cocido juntos en el vientre de aquella hembra enflacada, de alegría sucinta y maneras contenidas? ¡Quién tal cosa diría conociendo a Pascuala! Mujer entregada a José, soñador de cuna, jornalero en tierras de otros, vaquero cuando la cosecha era mala, albañil si fuera el tiempo y trapichero si hacía falta, que al estraperlo se daba el hombre cuando sentía, con dolor de huesos y pesar de hambre, que en la mesa camilla no había más que servir que aire. Por eso a todo el hombre le daba, a todo el tal José hacía con tal de no ver llorar a Pascuala, que no dejó de hacerlo desde que una mala tos le entró a su bebé encalado, que tan blanquito lucía que su piel se tornó translúcida y, a través de ella, sus huesitos se sentían y se veían los tendones, blandos, blandos. Como no tenía cura, el cura el óleo le echó, mientras la Pascuala echaba el resto haciéndose una hebra, larga, larga, de pena negra y profunda. Desde entonces, por contener el cuerpito del niño muerto entre sus tapias —el sepelio era caro y al convite del entierro no estaba Pascuala dispuesta—, la casa atufó su estampa por hacerla afín a lo malo que se respiraba dentro: cerró sus ojos al mundo, corriendo largos visillos sobre sus cristales de agua; atrancó por siempre la puerta que daba a la calle, que con ella se hizo esquiva, fría y podrida; desarmó el aire su tejado, llevándose cada invierno, como si fuera un migrar de golondrinas,  una larga hilera de tejas que jamás se recompuso. Y dentro de ella quedó el hombre, y la mujer rota y asqueada, y la niñita que, por tener mofletes rosas, a la vista de su madre al bebé emparedado ofendía.

El día después de suceder la tragedia, hizo el padre por bautizar a la niña por ver si su mujer, sintiendo que otra vida la precisaba, tomaba cariño a “la otra”. Mas como le diera igual a Pascuala que la nena viviera y careciera de nombre, José la llamó Rosa, por semejar sus carrillos a dos rositas tempranas, y también porque no tenía el hombre un magín imaginativo —él solo sabía faenar; en qué, poco importaba— para servir en algo a su familia, descosida y cercenada. Mas hizo el acto un efecto contrario en el humor de la doña, que más asco cogió a la niña. Y aunque Rosita no tenía culpa alguna, no tenía culpa de nada, era hembra y estaba viva, a la contra de su hermano que fue varón, naturalmente más útil y valioso que las que vestían enaguas, y aun así se lo fue a llevar la muerte, blanca, blanca.

De eso diez años pasaron, como un suspiro húmedo que recorrió la casa y la pintó de caverna, siendo las figuras que la habitaban apenas manchones de necesidad y hábitos: José se dio a la bebida y a trasnochar, y a pasar por la casa lo justo y necesario, si acaso una vez por semana; Pascuala se dio a las misas, al rezo sin horario, a la mantilla enlutada que por entero la envolvía, y Rosita… La niña Rosa no era de nadie y de todo el pueblo era, pues la vestían las vecinas con trapillos de costura y rebabas de cortinas; y le daban leche que, caliente y blanca, a las vacas de los vecinos les colmaba por el balde. Y le decían: «¡Rosa! ¡Vente pa´ca! Que está la leche reciente». Y allá que iba la criatura a sorber del pezón vacuno, desquitándose del que maternal no tuvo. Otras veces, iban las mujeres del pueblo hasta el molino a hacer dulces de cañamones que tan anisados olían. Y como la niña siempre andaba hambrienta, se hocicaba en la puerta para comer del olor de lo que en el horno se cocía. Y las mujeres, por pena, le decían: «¡Rosita! ¡Asómate acá! Que está la galleta reciente». Y hasta allá que iba la criatura a hincharse de cañamones que, con poco, hacían rubor en la piel de sus mejillas apretadas de carne, tierna, tierna.

Como el tiempo no para, la niña Rosa se hizo mujer, una tarde, una tarde de sofoco y siesta. Como nadie se había tomado la molestia de aleccionarla de nada —y menos, de algo tan íntimo—, de que se vio las piernitas coloreadas, echó a correr a la iglesia para buscar a su madre. Cuando esta la vio entrar a la nave de la santa casa, interrumpió su conversación con Dios, se santiguó de mala gana y se salió con la niña trincada por los pelos. ¡A golpes la llevó por la calle! ¡A golpes la metió en la casa! ¡A golpes la encerró en lo hondo de la que era mala!: en el sobrado oscuro donde solo había un barreño harto de cadáveres de moscas y arañas y un silbar hosco de viento árido que se filtraba por los agujeritos de la madera roída.

—¡¡Mamá, mamá!! ¡¡Abre!! Por favor… —gimoteaba Rosa, muy asustada.

Las horas pasaron, y la garganta de Rosita se secó. En ella se acumuló la voz, haciéndose un nudito de musgo hecho con desesperación y flemas. Ya no tenía sonidos con los que articular palabras. Ya no tenía fuerzas con las que aporrear la puerta envarada. Ya no tenía luz el cielo con la que iluminarla. Entonces le entró el llanto miedoso que tienen los niños: estaba sola, encerrada, muerta de sed, y sin saber por qué su cuerpecito de flor había decidido deshojarse. Mientras sentía su sangre empapándole las piernas y su olor —olía a hierro enmohecido— atufarlo todo, una voz oscura la encubrió:

—Niña, ¿por qué lloras?

   Se llegó la noche, honda, honda, y en las entrañas de Pascuala no había desazón por Rosa, ni acaso una pizca de remordimiento por su encierro, por sus golpes, por su trato a la que, asqueada, hablaba por obligación, que no por amor de ley. Pues no sentía por la niña más que desgana y un odio amarillento que le manaba del bajo vientre y le subía hasta el magín poniéndole frío el pecho, parándole el corazón. ¿Cuántas veces había fantaseado Pascuala con que la muerta fuera la niña? ¿Cuántas? ¿Cuántas veces le había rogado… suplicado a Dios que, en trueque por su niño blanco, se llevara a la niña encarnada? ¿Cuántas? Pero Dios ni le hablaba ni le daba lo que, al parecer, no oía. «Si mi Dios no me tiene caridad —pensó Pascuala—, si mi Señor no escucha mis rezos ni acude, Él, que es Todopoderoso, a sofocar el lamento que me quiebra el alma, ¿qué piedad he de mostrar yo?». Una hebra de llanto, amargo, amargo, se deshizo al rozarle las mejillas marchitas.

—Porque… porque tengo miedo. ¡Buaaaa! ¡Buaaa! —respondió Rosita.

Algo en la voz, profunda, profunda —como un eco— se movió, ajustándose a las vigas con reptar de crines, sometiéndose a una danza fúnebre que oscureció aún más el negro del sobrado, volviéndolo un ojo hueco que se afinó hasta hacerse un reclamo de llanto, be…be, de borrego triste.

—¿Sabes…? A veces yo también tengo miedo.

La ingenuidad de Rosita halló abrigo en lo oculto, en aquello que se oía y que le hablaba con dulzura de niño. Y sin siquiera juzgar la dimensión del lugar ni el porqué de aquella situación, se aferró al rayito de esperanza que la voz le ofrecía. Entonces, se enjugó el llanto, y le dijo a lo que le silbaba de frente:

—¿Te encerró aquí tu mamá porque no te quería o fue porque sangrabas también?

Fue en esa madrugada cuando Pascuala dejó de oír a la niña. Y sintió alivio. Y le pidió a Dios que se la llevara, que esa mala regla, que por ser primera suele entrar en el cuerpo infantil desajustada, saliera de este siendo un reguero: un torrente rojo de fuerza desmedida. Como no le puso agua ni pan, sino aire de encierro, soledad y miedo, barruntó la mujer que las carrilladas de la cerda se desdibujarían tras el encierro, pues no encuentra aliento el cuerpo con el que reemplazar la vida que se derrama si es que no se le da materia con la que hacerlo. «Aguanta un poco más, Pascuala… un poco más…», oyó que su alma le pedía. Mas ¿y su Dios? ¿Qué opinaría Dios de todo aquello?

La voz descarnada ajustó su arquitectura y se hizo honda, más honda, casi una presencia cúbica. Sin articular nada, se aproximó hasta el hueco donde Rosita acunaba su frágil estructura. Ella la sintió llegar cuando las tablas bajo su cuerpo se volvieron de espuma, blandas, blandas, como una nube de agua de pozo, fría, fría, haciendo de las arañas y las moscas —las vivas y también las muertas— una procesión de enjambre que se dispuso en la forma de lo que callaba: de lo que callaba y gemía y se hocicaba en el sangrante cuerpo de la niña para lamerlo con boca de viento.

Tras la noche llegó el día, y culminó Pascuala su imprecación a Dios y sus rezos, palpándose el corazón lamido, hundido entre las tablas que le servían de costillas. «Dios no está aquí —articuló el verbo de su alma—. Se marchó hace diez años, te quitó a tu hijo y te dejó sola». Entonces se derramó en el suelo, cayendo de rodillas, llevándose las manos a las entrañas que tanto, tanto le dolían desde que dejaron de ser cuna y viraron a fosa de nadie, fría, fría, en cuya artesa la vida no volvería a espesarse. Aun así, su remordimiento invocó a la madre que nunca fue: «¡Estate, Pascuala! Que si a la niña le llegara a pasar algo, se te echa encima el pueblo. Y tu José…».

¿Mi José? —protestó en voz alta—. Mi José es un bala perdida. Si no, ¿dónde se anda en lugar de estar aquí, conmigo, pasando la pena?

Decir eso y demudar la casa fue cosa de un instante: de los muros mohosos brotó un lamento, largo, largo, como si desde el cielo invisible, que por sobre el tejado estaba, una procesión de ángeles horadara las tapias con sus alas en punta y sus largas espadas, clamando justicia.

Pascuala tembló.

De las ventanas saltaron los clavos, que ceñían las maderas con un revuelo emplumado que de herrajes dejó tintado el piso, que se desviró del lado que se escoraba buscando arraigarse a la tierra que lo sufría.

Pascuala gritó.

Los tabiques migraron de su espacio, el tejado se resintió; y desde lo alto a Pascuala le caían, roídos por la carcoma y el abandono, tejas negras y puntales tristes.

Asustada por el derrumbe inminente de la casa —que semejaba no quererla, que aparentaba odiarla, que tanteaba hacerle daño cayéndosele encima—, derechita se fue a subir los estribos que al sobrado daban, destrabando su entrada con premura. Y allí, de pie, hocicada a la puerta, frente a ella, se encontraba Rosita cual una Virgen Niña, blanca, blanca: los ojitos de luna, la carita perlada, los bracitos muy tiesos y a la espalda…

La madre que la ve, le dice:

—Te dejo salir si no me tocas nada, que la sangre todo lo pudre.

Rosita la mira.

Y le tiende los brazos.

En ellos, el esqueleto disgregado de un bebé…

LLORA.


Amparo Montejano

Escribe terror, fantástico y ficción especulativa. Ha participado en más de cincuenta antologías y revistas de género en España y Latinoamérica, fue finalista del Premio Ripley (2018) y ganó el Trofeo RiLL al mejor relato fantástico en castellano (2020). Su antología Tierra de meigas obtuvo el Premio Ignotus 2024. Cofundadora del ezine Círculo de Lovecraft.

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