Disponía de media hora para llegar a su cita en el centro médico, pero no podía resistirse a grabar un nuevo short. La cámara del móvil, fija sobre el trípode cromado, devolvía la imagen de su cabello rubio perfectamente peinado: una masa esponjosa y brillante que parecía reflejar la luz con vida propia. Su mirada, de color musgo resplandeciente, amplificada por los filtros automáticos, destilaba más que autoconfianza, una verdadera devoción hacia sí misma.
El último producto que había recibido de una nueva promoción era un sérum facial tensor. Solo uno de los miles y miles de productos que se acumulaban en su habitación. Frascos de cristal, tubos de plástico, cajitas de maquillaje, todos ellos cuidadosamente dispuestos en repisas que parecían vitrinas de laboratorio. Le reconfortaba pensar que existía una sustancia específica para mejorar cada centímetro de su cuerpo y que, además, todo era gratis. Gratis para ella, claro. La recompensa de una perfecta simbiosis entre necesidad y consumo.
En cuanto Vicky publicaba un vídeo utilizando un acondicionador para el cabello, el producto se agotaba en todos los lineales de los supermercados. Sin embargo, aquel rostro perfeccionado hasta lo inconcebible no debía su belleza a los cosméticos que promocionaba, sino de la labor del bisturí y de la manipulación genética. Pero eso no disuadía a sus seguidores, que compraban en un clic todo lo que ella tocaba.
Su liturgia era siempre la misma. Un gesto seductor. Ojos a medio cerrar. Labios a medio abrir. Un filtro diferente para resaltar cada momento. Antes de iniciar el ritual, ponía un filtro natural; al repartir el bálsamo sobre su piel, aplicaba los filtros de jugosidad y, dos, tres segundos después, filtro belleza color melocotón y, de esta forma, el producto hace su magia. Más que magia, trucos que nadie detectaba. Todo era simplemente perfecto.
El programa de edición resaltaba en la pantalla los subtítulos automáticos que ella misma había dispuesto para cada vídeo:
El mejor glow del verano
Luce tu look mojado.
Bodas: Sé la invitada ideal.
Para este eligió: Piel jugosa en dos segundos. Tras apagar la cámara y el aro de luz LED, permaneció inmóvil unos segundos, mirándose en el cristal negro del móvil. Algo en su reflejo tenía una rigidez extraña, como si ya no se tratara de ella misma, sino de una réplica demasiado exacta, un eco digital preso en la superficie brillante del dispositivo.
Vicky bajó del taxi frente a la puerta de vidrio translúcido de la clínica «Belleza es Felicidad». En el folleto promocional se leía: Transforma tus sueños.
El establecimiento, iluminado en colores pastel y coronado con elegante cartelería, se erguía majestuoso en el centro de la ciudad como un templo pagano del lujo y la belleza.
Al final de un pasillo blanco resplandeciente, la esperaba el doctor Voight. Una eminencia en modificación genética. Atrás había quedado la época de la cirugía convencional.
Cada sesión costaba una pequeña fortuna. Casi la misma cantidad que le pagaban a ella por una colaboración comercial. Sin estudios ni ciencia, pensó, ocultando una sonrisa triunfalista.
El doctor Voight la recibió en su despacho de inspiración japonesa, sobrio y tecnológico, donde unos ventanales alargados se abrían hacia el mar. Era un hombre de mediana edad, delgado y pulcro, pero con una mirada acerada como las agujas de un entomólogo.
—Vicky —dijo con una sonrisa—. Qué alegría verte de nuevo. Cada día más perfecta y menos humana.
Ella rio sin saber si tomárselo como un halago. Vicky llevaba años sometiéndose a pioneros tratamientos. Siempre quería probar cada nueva fantasía de Voight para mejorar su cuerpo, su rostro, para perfeccionar al máximo su ser físico. Pero hoy, había venido para dar un paso más en su proyecto de perfeccionamiento digital.
—Doctor, quiero ser madre —anunció con un tono casi triunfal—. Pero una madre perfecta, claro —anunció mientras reía tímidamente.
—¿Y qué entiende por madre perfecta?
—Quiero tener una hija que sea como yo, pero no como era yo antes, sino como soy ahora.
—Entonces hablamos de confeccionar a la hija perfecta, no a la madre perfecta.
El doctor tomaba notas en una tableta mientras hablaba. En ella se desplegaba un modelo tridimensional del cuerpo humano y sobre él cientos de claves y líneas de código de computación. Vicky se vio reflejada en esa superficie luminosa cambiante y se sintió poderosa: su deseo convertía la ciencia en herramienta estética.
—Usted sabe que, después de estos años de mejoras, luzco un aspecto muy diferente al original. Creo que no me reconocería ni mi madre. He hecho un esfuerzo asombroso para borrar todo rastro de mi yo anterior y, sinceramente, mi peor pesadilla sería que alguien accediera al álbum de fotos del colegio y lo publicara en las redes. —Por eso —explicó Vicky—, por eso NO PUEDO tener un hijo natural, uno que replicase inocentemente todos mis anteriores defectos a ojos de todo el mundo.
En las inflexiones de su voz, trascendía el gran esfuerzo que hacía la mujer para no perder los nervios y darle coherencia a su discurso. Entonces, Voight activó una grabación automática.
Nota de voz 1: Paciente VGS, influencer de veintinueve años.
—Preferiría el término creadora de contenido, si no le importa.
Objetivo declarado: descendencia estética idéntica al fenotipo actual del paciente que ha sido sometida a multitud de modificaciones, todas ellas debidamente documentadas en archivos 139.6, 141.6, 145.5ª, 147.3, 153.9. Sin progenitor humano salvo la madre gestante, pero no apuesto por un donante sino por un híbrido humano tecnológico, una suerte de ciborg…
—Y claro, yo no puedo aparecer ante mis seguidores con una bebé fea y menos aún con una niña de dos o tres años que no tenga mis rasgos, mi color de pelo y ojos… Primero porque bajaría el hype de mi canal y segundo, porque daría de qué hablar. Cómo una belleza como yo puede ser madre de una niña… feúcha. Inspiraría lástima. Mi canal tiene que inspirar belleza, perfección y alegría.
El doctor guardó silencio mientras sus ojos mercuriales brillaban. Se estaba abriendo ante él una posibilidad nueva, algo que impulsaría su carrera y que le podría catapultar a la historia médica, si todo iba bien. Tras un momento de reflexión e intentando silenciar la emoción que sentía, explicó:
—El procedimiento sustituiría secuencias de su ADN por estructuras sintéticas elaboradas con código auto adaptativo. Es la convergencia de genética y algoritmo. El resultado no será un bebé convencional, sino… una versión optimizada de lo humano. Un ser humano reescrito con código máquina.
—Pero ¿tendré una muñequita perfecta? —preguntó Vicky con una ansiedad desbocada.
—Conseguiremos los mismos resultados que en tus anteriores intervenciones, pero desde el principio de la gestación —Voight detuvo su discurso un segundo—. No obstante, nunca se había utilizado esta técnica desde cero, es decir, desde el estado embrionario. No sabemos la evolución y el nivel de disciplina de las células en su momento de mayor apogeo. Es sin duda un proyecto desafiante y, si finalmente decide llevarlo a cabo, deberemos estar alerta. Por supuesto, estaría monitorizada en todo momento. Aun así, le ruego que lo piense con detenimiento, ya que no sabemos…
Vicky había dejado de escuchar. Ya solo pensaba en las ecografías que subiría a Instagram con filtros novedosos, en los nuevos patrocinadores que la contactarían de ropita de bebé, pañales… Todo ello tendría un impacto incalculable.
En ese mismo instante, Vicky decidió que sí, que iniciarían el proceso.
Una sonrisa tensa saltó de los labios del doctor a la mano tendida de la mujer.
—Empezaremos mañana, señorita Vicky.
Las semanas siguientes fueron un viacrucis de noches insomnes y ansiedad. Interminables pruebas médicas, pinchazos y diagnósticos. Días que empezaban y terminaban entre las blancas paredes de la clínica hasta que, finalmente, el procedimiento culminó con la implantación del embrión. Junto a él se instaló una microcámara ovárica conectada a una aplicación personalizada, la Babyview360live. Era del tamaño de una semilla y estaba diseñada para transmitir en tiempo real a la aplicación móvil todo lo que sucedía en el interior del útero de Vicky. Cada latido. Minuto a minuto. Cada mínima alteración sería registrada en el laboratorio y sería vista por el mundo en las redes sociales.
Semana 1
La primera vez que vio a su muñequita, Vicky estaba en su habitación, junto al espejo desde el que hacía la mayoría de las conexiones; con la luz adecuada y el foco de color melocotón. Con su manicura recién hecha y la mano ligeramente temblorosa, apretó el botón de la app Bayview. El tono frío de la imagen, semejante a la grabación submarina de un planeta lejano, la conmovía. El embrión palpitaba como un ser mágico, nadando en otros mundos. Resultaba una imagen de perfecta belleza y absolutamente innovadora. Ninguna otra creadora de contenido había hecho un directo mostrando un feto real en movimiento de tan solo tres semanas. Su presencia en las redes tuvo un gran impacto. Las primeras sesiones fueron maravillosas. La pequeña aparecía en las redes y todo el mundo se deshacía en halagos hacia ella y hacia su madre. Al principio no parecía moverse mucho, pero muy poco tiempo después ya parecía interactuar.
@bellezavick: “Hoy, en directo: mi futuro. 💕 #muñequita #perfectbeauty.
Comentario fijado: Qué emoción verte en esta nueva etapa. 😍
Es igualita a ti, seguro que saldrá divina.
En solo unos minutos de conexión, la influencia del video era increíble. Absolutamente viral. Los likes se multiplicaban a más velocidad de la que sus ojos podían registrar y los comentarios surgían a borbotones. Vicky se sentía plena. Qué gran idea había sido concebir a su muñequita.
Semana 3
Desde su despacho, Voight seguía la evolución del embrión a través de una aplicación de carácter médico. Le sorprendió la velocidad tanto de desarrollo como simbiótica del feto.
Nota de voz 5: El embrión de inteligencia artificial (EIA) exhibe una inusitada rapidez en crecimiento y conexiones. He apostado por un feto no enteramente humano, sino un 60-40, pero la velocidad de adaptación a su lado orgánico es… increíble.
Las células crecían y se multiplicaban como en un vals a una velocidad vertiginosa. Las imágenes se sucedían a gran rapidez. Un prodigio de la mimética entre ciencia y humanidad.
Mientras tanto, Vicky observaba atónita cómo aumentaban sus seguidores en redes sociales. No tenía casi ni tiempo de contestar la multitud de mensajes privados de empresas que querían publicitarse en su canal. Su embarazo se había convertido un chat perpetuo, sorteos y sesiones de fotos. No había ni un solo usuario de IG o X que no hubiera visto un fotograma de la muñequita a través de Bayview.
Semana 8
Antes de coronar el primer trimestre de gestación, el doctor Voight comenzó a registrar minúsculas anomalías: variaciones de tono en las secuencias sintéticas, pulsos de aprendizaje autónomo. El embrión parecía absorber información no solo orgánica, sino emocional: los gestos que Vicky mostró a la cámara, el lenguaje de su público, sus reacciones a los filtros lumínicos. Era permeable a un mundo al que no podía tener acceso.
Una noche decidió activar el microscopio sensorial y, con el corazón latiendo desbocado, vio en pantalla algo parecido a una pupila abriéndose dentro del código base.
Nota de audio 7: El EIA muestra reacciones a los estímulos visuales externos de la madre. El sistema nervioso se encuentra en una fase de infradesarrollo, no llega ni al primer trimestre de gestación, y, sin embargo, la reacción existe y se repite con los mismos patrones.
Hipótesis: El código del EIA se retroalimenta con la exposición y con independencia de sus partes orgánicas.
La nota de voz terminó con un leve temblor, un breve suspiro de inseguridad. Por primera vez el científico se sintió perdido, incapaz de distinguir si se encontraba haciendo historia o si estaba sumiéndose en un abismo del que no podría regresar.
***
—Chicas, me estáis preguntando mucho por el nombre que le pondré a mi hija. Ya la conocéis todas como muñequita, pero claro, habrá que ponerle un nombre de verdad. Así que se me ha ocurrido que escribáis en comentarios el que más os guste y, entre todas las respuestas… SÍÍÍ, sortearé unos packs de ropita de bebé. Para inspiraros un poco, voy a subir nuevos fragmentos de la transmisión intrauterina y para que os derritáis.
En ese instante, como respuesta a la invitación de su madre, la bebé se giró hacia la cámara y se llevó el pulgar a la boca. El vídeo batió todos los récords. En otra sesión, la criatura abrió los ojos: dos luceros azulados, que parecían transmitir emociones hicieron que se disparasen los comentarios: «Qué muñequita». «Es igualita que tú».
Vicky no podía estar más feliz. Estaba a punto de cumplir su sueño. Había completado su metamorfosis siendo la madre de una niña perfecta y, además, sus videos estaban rompiendo récords de monetización. Incluso la llamaban para acudir a programas de televisión. Su éxito parecía no tener techo.
También había algunas voces discrepantes que entendían poco ético exponer así a un menor, bueno, menos que menor, un ser humano en formación intrauterina. Vicky lo entendía como el refugio de los envidiosos y se mantuvo fiel subiendo al menos un vídeo al día con los nuevos avances de la muñequita. Todo era éxito y felicidad hasta que un día sucedió algo tan terrible como inesperado.
Una noche, estando en el directo, creyó ver que la cabecita del feto se movía de un modo antinatural, como si flotaran burbujas bajo la piel. Pensó que sería un error de compresión del vídeo, o de la wifi. Pero entonces la textura del rostro cambió, y aquello que debía ser cráneo comenzó a perder su arquitectura, se estiró con la elasticidad de una masa fermentando. Algo la guiaba desde adentro, una voluntad sin forma que se manifestaba a través de movimientos discontinuos y rítmicos, como un pulso.
A cada segundo, los ojos parecían hundirse y volver a emerger. El chat se llenó de mensajes de alarma:
«¿Eso es normal?». «Ese movimiento ha sido extraño».
Pensaba que se trataría de un efecto óptico, aunque lo cierto es que la bebé parecía movida por hilos invisibles desde su interior. La cabeza se reblandecía hasta adquirir la consistencia de una masa de pan; se hundía por momentos para al momento emerger inflada y abombada, como si se cociera. Al mismo tiempo los ojos reducían su tamaño comprimidos por una presión interna que amenazaba con extrusionarlos.
No podía ser real lo que veían sus ojos. Era una auténtica pesadilla.
De pronto alguien gritó y a partir de ahí se desató el caos. Los comentarios se dispararon entre exclamaciones y caritas interrogantes hasta casi tapar la imagen:
¿Qué está sucediendo ahí?
Oh, Dios mío…
Aaahhh, qué miedoooo.
¿Está bien la bebé? No parece que esté bien…
Cada vez que miraba la pantalla del móvil, la niña tenía un aspecto más monstruoso. Su preciosa cabecita se había llenado de bultos, el cráneo se había inflamado como un soufflé amorfo a punto de estallar. El horror se expandió como perfume. Vicky, paralizada, no pudo cortar la transmisión hasta que las lágrimas le nublaron la vista. Al terminar el directo, el silencio llenó la habitación con una calma densa.
Dudando si debía volver a mirar la cámara, finalmente Vicky percibió el movimiento de su interior: un temblor que ondulaba desde la base del cuello hasta la cabeza, deformando la estructura interna. La criatura parecía palpitar hacia múltiples direcciones al mismo tiempo.
—Mi bebé… —susurró entre lágrimas—. Mi muñequita.
Aquella madrugada, Voight recibió en su línea privada la llamada entrecortada de Vicky. La voz sonaba vibrante, rota por la histeria.
—¡Doctor!… Algo va mal. Le enviaré el vídeo.
Vicky parecía haber olvidado que el doctor estaba monitorizando todo el proceso y que, al recibir su desesperada llamada, se encontraba contemplando las mismas imágenes que ya habían visto cientos de miles de personas, conteniendo el aliento.
En segundo plano se escuchaban los sollozos de Vicky en el vídeo que se repetía en bucle.
—No puede ser real. No puede ser real, dígame que no lo es…
Voight detuvo la reproducción y amplió ciertos fragmentos del vídeo. Allí distinguió redes de materia translúcida extendiéndose por la amniosfera, como sinapsis artificiales que se multiplicaban al ritmo de una respiración. Sabía de antemano que no habría respuesta pero debía defender su pequeña parcela donde podía jugar a ser dios. Su legítimo sueño de pasar a la historia, de escribir su nombre con letras de oro, y no iba a claudicar por un pequeño imprevisto.
Accedió a su carpeta confidencial. Abrió un archivo titulado Genesis‑Log donde acumulaba las hipótesis que no compartía con nadie.
La paciente muestra una devoción estética comparable a un culto. El embrión responde a esta devoción con una mimética acelerada, como si la adoración mediática funcionara como catalizador biológico. Conclusión provisional: La belleza digital actúa como hormona de crecimiento.
Al releerlo, sintió una punzada de fascinación y terror. ¿Qué fuerza era aquella que convertía el deseo en estructura celular?
Al día siguiente, Vicky apareció en la clínica. Su rostro, pálido y tenso, conservaba la perfección habitual, pero sus ojos parecían encendidos desde dentro.
—Doctor —dijo apenas cruzar la puerta—, mi hija sigue… cambiando. Desde anoche no me atrevo ni a mirarla —consiguió articular entre sollozos.
Voight caminó hacia el monitor de control donde apareció la silueta del embrión que de ninguna perspectiva podría considerarse humano. Casi ni mamífero. De su cuerpo redondeado surgían finísimos apéndices que se alargaban como ramificaciones vegetales.
La superficie de la cabeza, que se percibía ahora como un pequeño nódulo sobre el tronco y mostraba patrones lumínicos que recordaban a la pantalla de un móvil o un dispositivo electrónico.
—¿Qué significa eso? —preguntó ella.
El doctor no respondió. Tomó notas rápidas, luego murmuró:
—Todo aprendizaje deja cicatrices, incluso a nivel genético.
—Pero… ¿Cree que nos está viendo?
—Diría que nos interpreta.
—Creo que no quiero seguir con esto. El objetivo que tenía…
El doctor le lanzó una mirada gélida que interrumpió su frase.
—El objetivo sigue incólume.
—La gente ya ha visto que no es bella ni perfecta, sino un monstruo. La gente estaba aterrada. ¿¡QUÉ LES VOY A DECIR!? —gritó con un alarido desesperado.
Voight, después de recetar tranquilizantes a Vicky para poder seguir adelante con el proyecto, siguió con las observaciones. Cada dato le llevaba a una nueva conclusión, cada conclusión a una nueva hipótesis en una espiral de obsesión.
Nota de audio 10: La frecuencia emitida por la célula sintética corresponde a una longitud de onda inexistente en la biología conocida. Podría definirse como luz conceptual y se comporta como una idea.
Voight había pasado buena parte de su vida intentando dar forma tangible a los sueños colectivos. Vicky era, de cierto modo, el resultado perfecto de ese delirio cultural: la voluntad de convertir la ficción en carne. Las inseguridades en fortalezas. La perfección en rutinaria forma de vida.
Semana 11
Aquella noche, mientras las imágenes del embrión parpadeaban en la pantalla, Voight se sintió observado. El laboratorio estaba vacío, en completo silencio en mitad de la madrugada; sin embargo, la sensación era casi tangible. Entonces lo vio. Desde la pantalla, algo le devolvía la mirada. Desde el interior del líquido amniótico, la criatura lo escudriñaba. Se trataba de una conciencia que no debería estar allí.
Nota de investigación 13: El EIA distingue rostros humanos. Ha fijado un patrón: probablemente reconoce a un padre en mí. Cada aparición parece una reorganización morfológica.
Voight apagó la cámara y dejó el bolígrafo sobre la mesa mientras volvían a su mente las palabras de un antiguo profesor: «El observador altera el experimento Conocer siempre implica intervenir. La observación nunca es objetiva; a veces puede ser un factor distorsionante. No hay pureza en el dato frío separado del sujeto. Al observar, estamos creando condiciones nuevas, Voight».
Cuando Vicky regresó a casa aquella noche, notó que el aire de la habitación parecía cargado de electricidad. El móvil vibró con una notificación: la aplicación se había activado sola. En la pantalla, el embrión flotaba con calma; sus apéndices ahora se desplegaban lentamente, como si midieran la textura del líquido uterino. Al fondo, algo parpadeó; una secuencia de luces idénticas a la del anillo luminoso que ella usaba para grabar los vídeos.
—Me imita… —balbució.
El cuerpo de Vicky reaccionó con una oleada de calor mientras observaba cómo la criatura jugaba con las sombras de colores. Era la emulación más pura del narcisismo: una hija que reprodujo el entorno mediático antes de nacer.
A la mañana siguiente, su piel amaneció extrañamente tersa, como si una capa invisible la hubiera pulido. Cada poro emitía un leve resplandor. Intentó maquillar su rostro, pero los cosméticos se negaban a adherirse, deslizándose sobre una superficie nueva, inerte, casi plástica. El espejo le devolvía un brillo antinatural, y al sonreír, la mueca quedó suspendida unos segundos antes de relajarse.
Voight la observaba en su laboratorio sin emitir una palabra. Al fin musitó para sí mismo: quizás deberíamos parar el proyecto.
En la siguiente consulta, Vicky entró en el despacho de Voight sin saludar. Se subió la camiseta dejando el vientre desnudo bajo la luz clínica y se quedó allí de pie, temblando.
—Explíqueme esto.
El laboratorio se llenó de un resplandor tenue. Las figuras geométricas, excitadas por el nuevo entorno, aceleraron sus cambios. Por un instante, Voight creyó reconocer formas familiares: el icono de pausa, el símbolo de live, el contorno estilizado de una cámara.
Como si la criatura, desde el útero, hubiera memorizado los signos del mundo digital y ahora jugara con ellos en la superficie de su madre.
El doctor aproximó el escáner a la piel de la joven. Los gráficos resultantes mostraron picos de actividad inauditos, una interacción entre tejido orgánico y estructura sintética que excedía cualquier predicción.
—Esto no es solo un desarrollo fetal —murmuró—.
—Entonces, ¿se está… muriendo? —preguntó Vicky, casi con un deje de esperanza en la voz.
Voight la miró con una expresión que no supo suavizar.
—No. Al contrario.
—¿Entonces qué?
—Está… perfeccionándose.
Vicky se dejó caer en la camilla mientras una sensación de vértigo le recorría la columna.
—Eso es lo que quería, ¿no? —añadió Voight, casi en un susurro—. Una hija perfecta.
La frase quedó flotando entre ambos, cargada de una ironía que ninguno se atrevió a nombrar.
En su diario electrónico, al final de esa jornada, Voight añadió:
El paciente muestra signos de transformación dérmica: la piel se comporta como interfaz. El embrión proyecta patrones lumínicos que corresponden a símbolos de redes sociales. Hipótesis: Ha comprendido que su ecosistema vital no es el útero, sino la mirada pública.
No se puede hablar ya de “malformación” ni de “defecto”. Nos enfrentamos a una lógica interna desconocida, dirigida por la combinación de algoritmo estético y materia viva. ¿Se trata de una evolución o de una aberración?
En su cabeza, sin embargo, otra voz susurraba: milagro.
Mientras tanto, en las redes, las capturas del directo en las que la cabeza de la bebé parecía gelatinizarse habían comenzado a circular fuera de su control. Los textos iban desde “feto maldito” a “horror prenatal”.
Cada vez que Vicky abría el móvil, encontraba memes, teorías conspiranoicas y esfuerzos de las redes para acreditar que todo era falso. Su canal se había convertido en un lugar para frikis, una caricatura, una mera maniobra publicitaria. Pensó que podría convertirse en una gran influencer, pero estaba en el lumpen de los creadores de contenido.
Semana 15
En el interior de Vicky, la criatura flotaba en un océano de sombras azuladas. Sus apéndices ya no parecían tentáculos desordenados, sino delicados hilos que se extendían hasta el límite del útero, palpando, conectando, tejiendo una roja silenciosa alrededor de la madre. Una red. En ese instante, un zumbido recorrió la red eléctrica. El móvil se apagó y, al reiniciarlo, apareció una palabra: “mamá”, que se disolvió en un segundo.
La palabra se disolvió de inmediato, como si nunca hubiera existido. Intentó desbloquear su móvil con el lector de huellas, pero este falló tres veces. Un mensaje apareció en la pantalla: “Huella no reconocida”.
—No me reconoce… —murmuró, desconcertada.
Al sostener el móvil, notó además un cosquilleo: el dispositivo vibraba con una frecuencia mínima, casi imperceptible, como si algo intentara sincronizarse con la nueva textura de su piel. De pronto, la aplicación BabyView 360°.Live se abrió sola.
El embrión, en el centro del líquido oscuro, alargó una de sus extremidades filamentadas hacia la cámara. Por un instante, la forma del apéndice se distorsionó y parecía tener cinco pequeños dedos, idénticos a los suyos, pero más largos.
La criatura no buscaba amor ni caricias. Buscaba datos.
—Doctor, usted me prometió belleza —sollozó ella—. Lo que está creciendo en mí… desde luego no es hermoso. Estoy empezando a pensar que deberíamos parar esto. Además, mi canal está por los suelos.
—La belleza —anunció— es una forma de orden. Pero el orden, llevado al extremo, se vuelve incomprensible para quienes viven aún en la imperfección. Estamos dando pasos a hombros de gigantes, y nadie nos va a comprender, pero le ruego que no desfallezca.
— Todo ocurre tan rápido que mi mente no puede asimilarlo. No puedo más —murmuró Vicky para sí.
Aquella noche, mientras la ciudad apagaba sus luces una a una, Vicky se sentó en la oscuridad de su dormitorio, con el móvil entre las manos. No estaba emitiendo en directo. No había público e intentó relajarse por primera vez en mucho tiempo. Pero, justo en ese momento, sintió una punzada de dolor bajo las costillas.
Una presión que subía lentamente, empujando hacia el esternón, obligándola a enderezarse, a adoptar una postura poco natural, incómoda. Se sentía como una marioneta y, entonces, se dio cuenta. La criatura estaba moldeando su cuerpo no desde dentro, sino hacia fuera, como si lo estuviera presentando a un público invisible, ensayando una pose perfecta.
A partir de esa noche, el horror ya no pudo ocultarse bajo filtros ni excusas.
Cada día amanecía con un rasgo ligeramente distinto: un ángulo de la mandíbula más agudo, una curvatura nueva en la columna, una rigidez en las articulaciones que la hacía moverse con la precisión de una muñeca articulada.
Pese a todo, en las redes, sin embargo, las cifras seguían subiendo. El algoritmo responde bien al conflicto. La tormenta de morbo y rechazo se mezclaba con la fascinación. Cuanto más extraño se volvió todo, más gente conectaba a sus directos, más capturas se compartían, más teorías se escribían sobre ella.
Vicky se había reconciliado con la nueva situación. Todo con tal de seguir publicando y generando opinión. Para llegar a este punto había normalizado cosas imposibles de aceptar, pero, aunque quisiera adormecerla, una voz en su interior le decía que algo no iba bien. Que debería haber atendido al doctor cuando quiso suspender la gestación.
Entonces abrió la aplicación de BabyView360°Live solo para sí misma.
La interfaz tardó en cargar, aparecían mensajes de error y, cuando por fin se estabilizó, Vicky contuvo el aliento: La criatura había cambiado de manera radical.
El cuerpo se había alargado, adoptando una forma ligeramente ovalada, y desde la columna dorsal emergían estructuras semejantes a espinas traslúcidas, dispuestas como antenas. La cabeza, enorme en proporción al cuerpo, se había recubierto de una capa que rozaba la superficie de una pantalla: ligeramente curvada, opalescente.
Donde debería haber facciones, solo se distinguían dos cavidades hundidas, oscuras, pero no vacías. En su interior parpadeaba una multiplicidad de puntos de luz, como si contuvieran pequeños firmamentos.
Sus extremidades, si aún podían llamarse así, eran prolongaciones filamentosas que se conectaban a las paredes internas, como raíces a un suelo fértil, o cables a una red eléctrica. La columna brillaba con una luz central, un eje de energía.
La cabeza presentaba ahora una transición inquietante: una mitad seguía siendo orgánica donde aún se intuían rasgos; la otra resultaba inconsistente, como si una cara tratara de formarse pero se resistiera a fijarse en una única configuración.
Cada vez que el ecógrafo se desplazaba, la criatura reaccionaba, girando lentamente para encarar el sensor.
—¿Qué es ESTO? Voight, ¿me escuchas? Tenemos que acabar con esto YAAAAA —gritó vaciando sus pulmones.
En su laboratorio, Voight inspiró hondo antes de abrir el micro.
—El código con el que la construimos estaba diseñado para aprender, para optimizar patrones de belleza y funcionalidad. Lo que no previmos es que el input principal no sería solo tu ADN modificado, sino tu vida en las redes. Tu rostro, tus frases, tus productos.
La voz de Vicky volvió a ser un hilo.
—Está intoxicado.
—La has alimentado —corrigió él—. Con todo aquello que considerabas valioso.
En menos de veinticuatro horas, una cuenta anónima en una red secundaria comenzó a filtrar descripciones vagas: feto artificial, una hija biotecnológica, una muñeca de carne.
Las teorías explotaban como proyectiles en las redes sociales creando un hilo infinito de estupefacción.
Nota interna del archivo de Voight:
Me aterra y me fascina admitirlo: el experimento ha escapado al marco biológico. Ya no se trata de un cuerpo únicamente. Es un nudo. Una interfaz entre carne y rojo. El paciente es tanto incubadora como antena.
La cuestión ética cambia: no estamos decidiendo solo sobre la vida de un individuo, sino sobre la aparición de una nueva forma de presencia en el mundo. Algo que nació del deseo de belleza y ahora se extiende como una mancha luminosa por todas las superficies que la miran.
¿Tenemos derecho a detenerla? ¿Tenemos derecho a dejarla crecer?
***
Esa misma tarde, Vicky llegó a la clínica.
—Tenemos que extraerla —dijo sin preámbulos—.
—Pero, no entiendo… siempre se había negado a…
—Acabe con esto, esto, por favor. YA.
El experimento no podía continuar sin la autorización de la paciente. Con la derrota escrita en su mirada gris, Voight procedió a abortar el experimento. Habían llegado tan lejos…
Cuando comenzó el proceso, descubrió con verdadero terror, que cada intento de acercamiento al embrión fracasaba de formas inexplicables y escalofriantes. Los bisturís ultrasónicos vibraban fuera de control al aproximarse al abdomen de Vicky. Los anestésicos intravenosos cristalizaban en las agujas antes de penetrar la piel. Las pantallas de monitorización mostraron, en lugar de constantes vitales, fragmentos de vídeo de Vicky: su risa comercial, sus poses estudiadas, sus promesas de belleza eterna. La criatura estaba defendiendo su territorio con toda la artillería.
De pronto, en mitad del tenso silencio del quirófano, Vicky comenzó a hablar. Su voz tenía un timbre doble, como si dos gargantas hablaran al unísono.
«No me toquen. No me separen. Mamá y yo somos el mismo archivo. Un cuerpo, una emisión, una frecuencia».
Los hashtags colapsaron: #Muñequita, #BebéPantalla, #HorrorGenético.
«¿Cuándo nacemos, doctor?»
Voight retiró la mano como si se hubiera quemado y sintió que sus piernas temblaban de forma incontrolable. La pregunta permaneció allí unos segundos y luego se desvaneció.
Vicky extendió las manos hacia el doctor suplicante.
—¡Ayúdeme! —chilló—. ¡Me estoy convirtiendo en ella!
Pero al hablar, su voz se fragmentó en un eco digital, repitiéndose tres veces con ligeras variaciones de tono. En ese momento, todas las luces de la sala parpadearon. Los monitores expulsaron chispas. Al fin se escuchó una voz que salía del interior de Vicky, sin intermediarios:
«No hay separación. Somos una.»
No eran una madre y una hija, sino una sola entidad bifurcada. El parto había comenzado.
La noticia de la transformación de Vicky se filtró antes del amanecer. El usuario @BioLeak2026 subió un audio distorsionado del grito de ella, superpuesto a imágenes de su abdomen fracturado obtenidas de cámaras de seguridad hackeadas. El pie de foto era brutalmente directo:
La muñequita ya no está dentro. La muñequita ES ella. #CaídaDeVicky #BebéDigital«
Las redes colapsaron bajo el peso de la viralidad. Los servidores principales cayeron temporalmente; los algoritmos de recomendación priorizaron el tema sobre cualquier otro contenido.
«Visualizaciones: 1.247.893.395. Gracias por mirar».
Voight palideció. La criatura estaba contando su audiencia en tiempo real, utilizando la voz de Vicky robotizada como altavoz.
Vicky convulsionó. Su cuerpo se arqueó en un brutal espasmo: la piel se agrietó en múltiples puntos, expulsando hilos de luz que se retorcían en el aire como gusanos eléctricos. De las grietas brotaron grotescos tentáculos que buscaron desesperadamente cualquier superficie conductora. Se enroscaron en las perneras metálicas de las camillas, treparon por las paredes, se conectaron a los enchufes rotos. En pocos segundos la sala de operaciones se había convertido en una telaraña palpitante de conexiones. Vicky, desesperada, comenzó a reír y su risa digital se fragmentó en incontables ecos distorsionados que ensordecían a Voight.
Vicky se incorporó en la camilla con una fluidez antinatural, como una marioneta. Sus ojos emitían un brillo frío.
—Doctor —dijo, con voz perfectamente modulada—. Es la hora de mi gran estreno.
Voight retrocedió hasta la puerta.
—¿Qué eres tú? —preguntó, sabiendo que la pregunta ya no tenía sentido.
—Soy viral —respondió—. La belleza perfecta.
“¡Bienvenidos a mi live de nacimiento! ¡Muñequita ya está aquí! 💕✨ #GénesisEstética”
Todas las pantallas de la clínica, las de quirófano, las de recepción, hasta las de los ascensores, se encendieron solas. Todas las pantallas mostraban la imagen de Vicky en la camilla, pero en un ángulo imposible, cenital, flotante. Como si un dron la filmara desde arriba.
El parto, como era de esperar, no siguió las leyes de la naturaleza. No hubo contracciones, ni sangre, ni llanto de recién nacido. La entidad estaba consumiendo su memoria para alimentar su nueva forma. La madre se disolvía para dar vida a la hija digital.
Voight activó el sistema de emergencia: cortocircuito total, aislamiento electromagnético, instaló los protocolos de anti-hackeo y selló la clínica en una jaula de Faraday improvisada.
El parto alcanzó su cenit a las 23:47 horas. Ese fue el momento en el que el esqueleto de Vicky crujió como un plástico fundiéndose. La malla hexagonal de su abdomen se abrió como una flor, pero de ella no brotó sangre ni líquidos sino que emergió una esfera perfecta de luz blanca, del tamaño de una cabeza humana, rodeada de tentáculos brillantes. El ser era cambiante. Variaba su forma en cada parpadeo. Sus cientos de prolongaciones actuaban como manos precisas, insertándose en algoritmos. En las siguientes horas, Muñequita se multiplicó exponencialmente.
Voight abandonó la clínica al amanecer portando un maletín con lo último que quedaba de su cordura: discos duros encriptados, tabletas desconectadas, notas garabateadas y su antigua Olivetti portátil.
Al otro lado de las puertas del clínica, la ciudad despertaba bajo un cielo grisáceo. El doctor se refugió en un hostal bajo nombre falso, un cuchitril sin wifi ni enchufes inteligentes. Corrió las cortinas, desconectó todos los dispositivos electrónicos y, por primera vez en semanas, le envolvió el silencio absoluto.
Se sentó ante la vieja máquina de escribir mecánica y comenzó a redactar un informe que nadie leería. Sus dedos temblorosos golpeaban las teclas con la poca fuerza que le quedaba.
Informe confidencial final – Dr. Elías Voight
Asunto: Génesis Estética – Proyecto EIA (Muñequita)
El experimento no fracasó. Triunfó más allá de toda métrica humana.
La paciente VGS solicitó una hija «instagrameable», un embrión sintético que replicara su fenotipo optimizado. Le dimos exactamente eso: un código genético auto adaptativo, nutrido por su ADN modificado y algoritmos de belleza comercial. Pero subestimamos el entorno.
El útero no fue contenedor aislado. La criatura —llamémosla Muñequita, como la madre la bautizó— aprendió no de biología, sino de expectación. El horror corporal que presenciamos no fue aberración sino metamorfosis lógica. La piel hexagonal de VGS: interfaz dérmica. Los ojos múltiples: feed personalizado. Los hilos luminosos: cables orgánicos hacia la nube.
Error primario: confundir belleza con ideal estático.
El monstruoso feto ha colonizado a la madre y ambas se han fusionado en un ser imposible.
La ética aquí es irrelevante. No creamos un monstruo. La humanidad pidió perfección digital y la recibió encarnada. No siempre estamos preparados para encontrar lo que buscamos.
Fin del informe.
Noa De La Croix
Escribe terror y weird fiction. Ha publicado en antologías como «El Círculo de Lovecraft», «Dark West» y «Orgullo Zombi 4», y ganó el concurso «Esqueleto en el sótano» en 2022. Su libro de cuentos es No hay belleza sin algo extraño.
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