Francisco del Puerto Antoine Barral

Francisco me está mirando morir y no se impacienta al verme escribir. Nunca nadie le enseñó a leer. No tiene prisa. Con los cadáveres de mis compañeros, su tribu y él ya tienen mucha carne fresca. Sentado en el suelo, de espaldas a un árbol, no puedo ver, pero escucho cómo arrastran los cuerpos en la orilla y los descuartizan para el asqueroso ritual.  «Illi se praedae accingunt, dapibusque futuris; tergora deripiunt costis et uiscera nudant; pars in frusta secant ueribusque trementia figunt»[1]. Escucho cómo revientan los huesos. Mientras viva no me pudriré, y por esto no me rematan. Saben muy bien que no puedo huir. No siento más mis piernas.

Algo en su voz. Había algo en su voz. Al principio no le presté mucha atención. Pensé que tantos años entre salvajes, sin hablar nunca con ningún cristiano habían cambiado su acento. Pensé que tantas penas y trabajos, tanto sol y tantas lluvias habían cambiado su cuerpo. Pero era otra cosa. Lo rescatamos, o al menos esto nos dejó creer, después de diez años con esta repugnante tribu, la misma que había matado a su capitán, Juan Díaz de Solís, con varios de sus marineros y soldados. Y solamente él sobrevivió.

Como letrado de la expedición, recibí de mi capitán, Sebastián Gaboto, la orden de escribir el relato de Francisco, el sobreviviente de la anterior, junto con el hermano Jesús, nuestro capellán. Así pasamos, cada día, horas preguntándole y tomando notas. Así ganamos su confianza, y él la nuestra, desgraciadamente. Y yo, tal mi admirado Virgilio, creyéndome poeta de la fundación de una más grande España, y de su imperio mayor que el romano, en la nueva Eneida que yo escribiera «in saecula saeculorum» para los fundadores de una nueva Troya.

Algo en su voz había, mientras me contaba, algo entre sibilante y pegajoso, como quien tiene mucha y espesa baba. Francisco del Puerto se llamaba él mismo, a falta de padre, madre y apellido. No cabe duda de que su madre fuera del puerto, y su padre marinero. Se había criado igual que muchos entre los fangos y pantanos del Guadalete y del San Pedro, huérfanos, a los golpes destinados. Con diez años apenas, ni los sabía contar, embarcó con pescadores de mano dura y sin mujeres. Entre Sancti Petri, Zahara, Trafalgar,  Barbate, Tarifa, y Cádiz, Rota, Chipiona, Sanlúcar y Huelva, aprendió la vida de marinero: la vida como una guerra y el pan reñido. No tendría quince cuando zarpó con Díaz de Solís «uela dabant laeti, et spumas salis aere ruebant»[2] rumbo al otro mundo. De grumete sirvió para todo y para todos. Así abusado, pervertido, degenerado y jorobado, llegó al Mar Dulce.

Uno de los primeros contactos que tuvieron con los naturales fue al sepultar al despensero Martin García en la isla que por decisión de Solís llevaría el nombre del muerto. Estando fondeados los tres barcos de la flota, una chalupa con algunos hombres armados y un capellán llevó a la playa el cuerpo envuelto en alguna vela vieja. Olía a cadáver. A poca distancia los salvajes en sus canoas, observaban el ritual del sepelio con aparente respeto. Dos marineros cavaron una tumba profunda en la arena, a cien pasos de la playa. Francisco se quedó con los que vigilaban la chalupa varada. Miraba atentamente a los silenciosos indígenas pasando lentamente en sus embarcaciones a lo largo de la orilla.

Terminada la ceremonia, plantaron una cruz hecha con dos ramas y un trozo de cuerda en el pequeño túmulo de arena. Luego el sacerdote y los marineros decidieron que era hora de darse un momento de placer a expensas del grumete y empezaron a desnudarlo pero Francisco, habitualmente resignado, se escapó y se fue corriendo hacia el interior de la isla, disimulándose en un denso matorral. En vez de perseguirlo los abusadores decidieron, como castigo, abandonarlo en la isla hasta el otro día.

Al caer la noche, las tres naves españolas ancladas quedaron apenas visibles por las vacilantes luces de sus linternas. El adolescente desnudo y temblando de terror no se atrevió a salir de su escondite. Algunos salvajes desembarcaron en la playa y desenterraron el muerto, prendieron un fuego junto a la tumba y empezaron un asqueroso ritual necrófilo y antropofágico, hasta muy avanzada la noche cuando apagaron el fuego y del agua surgió una enorme y pesada sombra de fétido aliento arrastrándose en la arena. Con ruidos escalofriantes absorbió la mayor parte del cadáver de Martin García, mientras los salvajes aullaban y se movían alrededor de esta cosa salida del mar, o de los infiernos, a los que pronto volvió a zambullirse.

En la madrugada fue rescatado el grumete, pero calló lo que había visto y se encerró en un total mutismo, obsesionado por la cosa oscura que seguramente nadaba debajo de las naves, apenas separada de los marineros por el espesor del casco de madera carcomida. ¿Cuántas de estas cosas poblaban las turbias aguas del Mar Dulce?  «Jam maris immensi prolem, et genus omne natantum, litore in extremo, ceu naufraga corpora, fluctus proluit; insolitae fugiunt in flumina phocae[3]

A los pocos días, desembarcando otra vez, Solís y varios de sus hombres cayeron en una emboscada, y Francisco fue el único sobreviviente, esta vez definitivamente abandonado por los españoles. Los cadáveres de Solís y sus compañeros recibieron el mismo trato que el de Martin García, y Francisco lo presenció todo. Los salvajes no lo mataron, pero hicieron de él lo mismo que habían hecho los cristianos, su juguete indefenso, objeto de todos sus vicios. Con los meses se convirtió en uno más de esta tribu degenerada, aprendiendo su idioma y sus terribles secretos.

Vivió diez años sin ver un cristiano. Poco a poco se dio cuenta de que la tribu no era como las demás que poblaban estas costas. Los demás naturales evitaban el contacto con ellos. Los rechazaban. Parecían temerlos. Esta tribu vivía con sus canoas en un laberinto de islas, canales, y brazos de ríos, aguas cubiertas de camalotes bajo frondosos árboles de desconocidas variedades. Eran nómadas, pero volvían siempre a algunos lugares escondidos donde estaban sus ídolos: «quorum sub uertice late aequora tuta silent; tum siluis scaena coruscis desuper horrentique atrum nemus imminet umbra»[4].

Fue inevitable que nuestra expedición, con el capitán Gaboto, siguiendo las mismas rutas que Solís, se encontrase con Francisco. Desde las orillas los naturales vieron llegar las naves de los cristianos, corrió la noticia, y él vino a buscarnos. Ya no era un adolescente grumete sino un hombre hecho y maltrecho, deforme, cojo, bizco, sucio y desdentado, como resultado de tanto tiempo entre salvajes. Nos compadecimos de su terrible suerte. Así caímos en su trampa, y yo primero, como escribano de su relato. 

Un día, a pedido del hermano Jesús, Francisco aceptó llevarnos en su canoa a ver uno de los ídolos de los que nos había hablado. Salimos los tres del Puerto de San Lázaro hacia una pequeña isla cubierta de una vegetación tupida. A pesar de sus deformidades, remaba con mucha fuerza. Abordamos una playita bajo las ramas, a punta de espada nos abrimos paso con dificultad en la maraña hasta alcanzar un claro y lo vimos. En el instante me mareé: ¡esto no podía ser! Era imposible que manos humanas hubiesen producido semejante abominación. El hermano Jesús recitaba exorcismos sin parar, temblando y lloriqueando. La cosa parecía más antigua que cualquier monumento romano. Más antigua que la Santa Biblia, me atreví a pensar. Un repugnante musgo borraba sus formas, pero el ídolo sin duda representaba alguna monstruosidad sin par en este mundo, pulpo y murciélago mezclados, con mucho más: tentáculos, mandíbulas, pinzas, escamas, espinas, caparazones… Logré controlarme y busqué papel, con la idea de dibujarlo para el capitán. A buena distancia le daba vueltas y vueltas y no encontraba su geometría, su tamaño parecía cambiar, y siempre me estaba mirando de frente. El capellán seguía llorando, y Francisco parecía mofarse en silencio, cuando no farfullaba palabras incomprensibles. Apenas terminé de dibujar, Jesús enfureció de repente, agarró una rama seca del suelo y empezó a golpear locamente la cosa, gritando con voz agudísima: «Vade retro, vade retro!» Tuvimos que arrastrarlo a la fuerza hasta la canoa para volver al fuerte español. El capellán nunca volvió a ser exactamente el de antes. Ahora su cadáver despedazado está a pasos de mí, pero no me atrevo a mirarlo.

El capitán Gaboto se quedó con mi dibujo y me prohibió volver a representar cualquier ídolo pagano. Francisco se había ganado la confianza de nuestro jefe prometiéndole oro. Mucho oro. Gaboto había escuchado hablar del portugués Alejo García y de sus exploraciones hasta un reino muy rico en las montañas del oeste. Francisco prometió guiarnos por los ríos hasta aquel reino. Prometió la ayuda de los salvajes. Sabía el camino. Conocía los mejores lugares para construir fuertes y establecer guarniciones militares. Así, en cada etapa de su progresión las fuerzas de la expedición menguaban, al dejar atrás pequeños grupos en este infierno verde, un laberinto de aguas y bosques, arroyos y lagunas, mosquitos, víboras mortales, cocodrilos, juncales y camalotes hasta el infinito, sauces y árboles extraños, enormes, con barbas verdosas colgando de sus ramas…

Anoche nos separamos del grupo de Gaboto y llegamos con nuestras barcas y canoas al lugar más estremecedor de todos los que habíamos visto hasta el momento. Francisco decidió acampar aquí. Dejamos nuestras embarcaciones amarradas bajo la sombra angustiante de las ramas, cerca de la playa. «Classem in conuexo nemorum sub rupe cauata arboribus clausam circum atque horrentibus umbris»[5].

Hoy en la tarde, los salvajes de su tribu nos atacaron por sorpresa. Mucho más numerosos, con sus flechas no nos dejaron ni una mínima posibilidad de escapar. Soy el único aún con vida. Sentado en el suelo con mi espalda apoyada a este tronco, frente a la playa, puedo ver que algo se mueve bajo los camalotes… hay un monstruo en la laguna. Y puedo oler esta peste. Se me acaban la tinta y la vida, la caridad del universo es falsa…

Limpiando la maraña a pocos pasos de mí, los salvajes hicieron aparecer otro ídolo, igual al primero que vi. Junto a él, pronuncian palabras ininteligibles y aterradoras: «Chuntul, Chulut…» No lo sé. Francisco se acerca a mí y me dice con esta voz babosa, líquida:

—Ahosha, puedesh sabesh la vehdad. Eshta cosha que vi la primesha noche, cuando sepultamosh a Martin Garshia, y losh eshpanolesh me desharon sholo… Eshta cosha me habló, aquí en mi cabesha, me shamó, y me disho que sho podía tomar vengansha de losh eshpañolesh… Sho convenshi al capitán Solish que deshembarcara y cashó en la tshampa… Eshta cosha lo comió vivo. Eshta cosha shiempre me eshtá hablando. No le gushta el shol, pero sha shega la noshe, y te quiere a ti. Por esho no te vosh a matar…


[1] “Presta la gente a aderezar la caza / Pieles arranca, entrañas desaloja; / Quién la carne, que a miembros apedaza” / Virgilio, Eneida.

[2] “Daban velas alegres hacia alta mar y revolvían las espumas del mar con el bronce” Virgilio, Eneida.

[3] “Y a cuantos nadan en la mar inmensa, como a náufragos cuerpos, en la orilla baten las olas. Por refugio acuden alocadas las focas a los ríos.” Virgilio, Geórgicas.

[4] “Las aguas guardan silencio seguras; luego, desde arriba se cierne una escena con selvas brillantes y un negro bosque con su terrible sombra.” Virgilio, Eneida.

[5] “Escondió su flota en una ensenada en la selva, bajo una roca, rodeada de la sombra inquietante de los árboles, está bien disimulada”  Virgilio, Eneida.


Antoine Barral

Nacido en Beziers, Francia. Criado en África y Suramérica. Autor bilingüe (francés/español) y traductor de literatura latinoamericana al francés. Publicado en Francia, Uruguay y Marruecos.

Leave a Reply

Your email address will not be published.