Mis padres empezaron a discutir todos los días. Me solía sentar en la escalera a escuchar lo que se gritaban. Mamá le enumeraba las necesidades: comida, ropa, facturas de luz y agua. Pero papá le mostraba hojas que yo no sabía qué eran o qué decían. En algún punto de la discusión siempre escuchaba gruñidos en lugar de palabras, entonces me tapaba los oídos con fuerza. Luego papá se iba y a veces llegaba al día siguiente oliendo horrible. Mi mamá, al verlo en ese estado, temblaba haciendo puños con sus manos, mencionaba entre dientes que por esos chistes… y luego callaba y se mordía los labios ahogando las lágrimas que le inundaban los ojos. Antes mi familia no era así.
Pero ahora las cosas son distintas, la puerta se cerraba con doble candado en cuanto Graciela, mi hermana mayor, regresaba de trabajar, se tapaban las ventanas con las cortinas gruesas, y se desconectaba el teléfono. Yo tenía siete años cuando empecé a notar lo raro de aquello. Los grandes se quedaban hasta altas horas de la noche sentados en el comedor mirando, contando, anotando. Graciela con una calculadora sumaba y restaba números que parecía que les faltaba espacio en la pequeña pantalla. Llegaba un punto en que papá se levantaba y azotaba la puerta del comedor, pasaba junto a mí sin dirigirme la palabra, lo que me hacía pensar si yo no sería la culpable. Mi mamá se acordaba de mi existencia, y de su propia hambre, nos servía la cena fría, porque el gas cuesta, decía.
Me olvidaba de aquellas discusiones cuando jugaba con Debi, mi vecina de la casa del frente. De vez en cuando jugábamos a las escondidas en su casa. Una tarde, mientras me escondía debajo de la cama de sus papás, vi como sus padres entraban y discutían, pero en lugar de palabras escuché gruñidos, me asomé entre los faldones de la cama, aunque solo podía ver sus zapatos, vi como el padre iba y venía de aquí para allá con aquellos zapatos negros que tenían un agujero pequeño en la punta, me aguanté la risa al ver el color de los calcetines. La madre, en cambio, iba y venía con unos zapatos nuevos, de tacón, de esos que mi mamá solo saca para irse de fiesta. El padre abrió el armario y sacó cajas y cajas de zapatos nuevos, el piso de la habitación temblaba con cada golpe. El polvo que se elevaba por el aire me llegaba a la nariz y me hizo estornudar. Los gruñidos pararon, el padre dejó el par que sostenía y la madre se dio cuenta de mi presencia y me pidió que saliera; sin parecer alterada en lo más mínimo, con falsa simpatía y una sonrisa de oreja a oreja que me dio escalofríos, cerraron la puerta detrás de mí, alcancé a ver una última vez al padre, su mirada vacía no iba hacia mí, sino a su mujer. En cuanto se encerraron, empezaron a discutir nuevamente; los gruñidos volvieron a escucharse tras la puerta.
Esa misma noche ella y su familia entera desaparecieron. Y yo vi, desde la ventana del pasillo, algo que de seguro existía en lo más hondo de mis más horrendas pesadillas. Cuando lo conté al día siguiente, nadie me creyó.
—¿De qué hablas, ñañita?
—No te hagas. Hablo de ese ser descomunal que vino y se los comió anoche.
—¿Soñaste algo descomunal? Y ¿dices que se comió a los vecinos? —preguntó mi mamá.
—Yo no soñé, lo vi con estos ojitos —dije bajando la piel de los ojos hasta que se viera lo blanco—. ¡De verdad que lo vi!
Pero mi papá, cruzándose los brazos, me preguntó:
—A ver, según tú, ¿qué viste?
—Yo vi a un cerdo enorme, carnoso, como esos que cuelgan de los ganchos en el mercado, medía lo mismo que nuestra casa. Le salía fuego de la boca, y sus ojos eran amarillos brillantes, no veías nada detrás de ellos…, no te burles, Graciela. Me despertó el bamboleo del piso, temblaba la casa, y mi cama se movía de adelante para atrás. ¡No estaba dormida! Porque me despertaron los sonidos atronadores de sus gruñidos. Decía oink, oink, pero no así bonito como en la canción de la granja. Y me asomé a la ventana, a la del pasillo tonta. ¡Es que ella comenzó, mamá! El vidrio vibraba, y el chancho gigante se acercó a la casa de enfrente, el retumbar era por los pasos que daba; del hocico le caía una baba espesa y blanca, que humeaba cuando salía de la boca, hasta vi carne entre esos colmillos que tenía. Y por detrás todo parecía quemado con todo lo que tocaba. Chilló tanto que hizo tronar los vidrios de la ventana. Y de un solo bocado se comió la casa del vecino. Con todo lo que había dentro, y… te vi, Graciela, en la puerta de la entrada de nuestra casa mirando esa cosa como hipnotizada.
—¿A mí? —dijo Graciela mientras se levantaba de la mesa con sus platos del desayuno.
—Te iba a gritar que te metieras… porque empezó a oler a podrido. Me cubrí la nariz; ya iba por ti.
—Y ahí te encontré chillando dormida en el pasillo y te volví a la cama —interrumpió mi papá.
—Sí que tuviste una pesadilla bien fea —dijo mi mamá tocándome la frente.
—Ya dije que no lo soñé, mamá.
—Entonces, ¿por qué la casa del vecino sigue en pie? —dijo Graciela.
No entendía lo que decía, vi cómo descorrió la cortina. Me señaló la casa de mi amiguita intacta.
—Pero yo vi…
—¿Ves? Lo soñaste. Ahora termina de desayunar y anda a jugar o lee tus cómics —sentenció mi papá.
Me sentí derrotada. A la tarde, volví a salir, y fui a buscar a Debi, timbré y esperé. Nadie me abrió. Toqué la puerta y esta se abrió sola, alguien la había dejado entreabierta, entré. El polvo del piso seguía ahí, interrumpido por los espacios donde estaban los muebles. Subí a la habitación de paredes rosadas, estaba vacía; ni siquiera los stickers de unicornios que pegamos en el marco de la puerta habían quedado. En medio del cuarto encontré una pequeña alcancía, en forma de cerdo, pintada de rosado con flores amarillas. Me acerqué para cogerla, pero en cuanto le rocé el hocico, se destrozó. Salí de allí y no volví a entrar.
En casa, las cosas no iban bien; el teléfono empezaba a sonar cada vez más seguido. Ya casi ni salíamos, porque cuando abríamos la puerta, una avalancha de sobres se deslizaba para dentro. Papá los pisaba y se iba a trabajar, Graciela los leía y suspiraba, para guardarlos. Una tarde, Graciela habló con mamá, no entendí bien de qué. Me acerqué a escucharlas, como si entendiera de aquel tema, alcancé a leer los papeles que estaban esparcidos por la mesa del comedor, uno se llamaba “Solicitud de refinanciación de hipoteca” con un gran sello rojo que no alcancé a leer qué decía, porque Graciela me los arrebató de las manos. Mamá no me defendió, más bien se puso a llorar. Esa noche me mandaron a dormir temprano, ahora era Graciela la que estaba discutiendo con mi papá. Graciela se fue al día siguiente. Dejó su cuarto vacío, solo encontré una tarjeta de su trabajo con su nombre, al lado de una alcancía pintada de azul celeste con manchas naranjas, estaba llena; lloré porque no se despidió de mí.
Sin Graciela, en pocos meses el ambiente en casa empeoró. Mi papá se alteraba cuando sonaba el teléfono, o si el timbre sonaba bruscamente; saltaba del miedo y se escondía detrás de la puerta de la cocina. A veces hacía como que no estuviéramos en casa y nos metía en el baño. Cuando él estaba en el trabajo, Mamá era la que contestaba, ya sea el teléfono o el timbre. Hablaba repitiendo muchas veces lo mismo. Y luego colgaba, cerraba la puerta, cansada y aturdida.
Un día mi mamá me dejó sola en casa y sonó el teléfono. Alcé el auricular y en lugar de escuchar una voz humana normal, oí gruñidos detrás de la línea. Colgué. El recuerdo me volvió a asaltar, el ser enorme devorando la casa del frente, los ruidos en los que hablaban los adultos, Graciela aquella noche. Supe que nos tocaba a nosotros. Ese monstruo vendría y destruiría nuestra casa. Subí a mi habitación y empecé a pensar. Tenía siete años, ¿qué podría hacer yo? Y con tristeza me di cuenta de que no podía hacer nada. Pensé en mi hermana, en el sueño, estaba segura de que Graciela sabía más de lo que dijo, mucho más. Ella era la única que podía ayudarme a salvar nuestra casa, y a nosotros de las fauces de ese monstruo.
A la mañana siguiente tomé una mochila con la tarjeta que encontré en el cuarto de Graciela y fui a su trabajo: El edificio más grande de toda la ciudad. Se lo veía desde que salí de mi casa. Así que ahí estaba frente a esas puertas de vidrio oscuro que te reflejan, y se abrían solas cuando alguien se acercaba lo suficiente. Respiré hondo, y subí los cinco escalones de piedra para que aquellas puertas me dejaran entrar.
Lo que vi fue rarísimo, había filas y filas de gente, por todo el lugar. Formaban un laberinto humano. Me escabullí por una de las filas y rodeé a las personas que miraban con miedo y nerviosismo entre ellas. Llegué al otro extremo donde otra marea de personas esperaba ante una pantalla, pequeñísima, a que las llamara un número con letras para irse a sentar con un empleado de servicio al cliente. Cada persona que se levantaba de una silla salía con una expresión fuerte en su cara; una señora salió respirando con calma, pero un joven se arrancaba los cabellos y berreaba al pasar. Luego se acercaban más personas y nuevamente lo mismo.
Vi a Graciela en uno de aquellos escritorios, en el último de la derecha, conversaba con alguien. Me agaché y me planté frente a ella esperando que me viera. El hombre con el que hablaba Graciela se levantó tirando la silla e insultando a viva voz, casi me golpea con el asiento. El hombre se fue y mi hermana me vio. Sé que se sorprendió al verme, porque se levantó de improvisto, y casi se cae al hacerlo. Se metió por una puerta y, antes de que me diera cuenta o intentara seguirla, salió por otra a mi derecha.
—¿Qué estás haciendo aquí? —dijo mientras me halaba el brazo con fuerza y me metía por donde había salido.
—Vine para que ayudes a mis papás.
Graciela suspiró agotada, y casi no escuchaba lo que le explicaba sobre las llamadas, las personas que timbraban, mi papá llegando tarde y las lágrimas de mi mamá, ni siquiera llegué a contarle sobre los gruñidos en el teléfono.
Graciela empalideció.
—Ñañita, no te puedes quedar aquí.
Antes de que pudiera decir algo más, un hombre salió de la puerta de atrás de Graciela. Mi hermana se paró de inmediato y habló rápido con él. Ese señor se rio, se metió dentro y salió en pocos minutos. Me entregó una alcancía de cerámica grande, medía mi brazo entero, pintada de rojo con el nombre del edificio.
—En cuanto llenes la alcancía, tráela aquí para que abras tu primera cuenta de ahorros.
Asentí sin mayor entendimiento, apreté su mano y Graciela mencionó algo de acompañarme a la salida.
—Tranquila —le dijo a mi hermana—. Al jefe abajo le gustan los niños. Entre más rápido llenen sus cepitos, mejor.
Graciela le sonrió con una sonrisa hipócrita, me jaló del brazo y me llevó hacia afuera, pasamos por entre la gente, y vi a algunos trabajadores abrir una puerta negra. Detrás de esta y entre tanto barullo, alcancé a escuchar un gruñido. Me solté de Graciela, me escabullí en dirección a esa puerta. Mi hermana intentó detenerme, y creo que, si hubiera corrido más rápido, me alcanzaba. Pero yo era veloz y pequeña. Llegué a la puerta antes de que se cerrara por completo, bajé unas escaleras de hierro oxidado que bajaban por quién sabe cuántos pisos hacia abajo. La alcancía en mis brazos se sentía pesada, pero no la solté. Hacía frío cuando descendí por completo en el subsuelo y el aire lo sentí pesado. Vi una luz rojiza al otro extremo, que venía de una puerta pesada de metal; un poco de humo negro se elevaba por arriba de la misma. Me dirigí hacia ella.
La puerta estaba entreabierta, halé lo suficiente para poder pasar. La luz roja poco me permitía ver por dónde caminaba. La estancia se dividía en una encrucijada de pasillos aéreos; todos eran de metal enrejado, y los barandales eran altos, poco más de lo que yo medía, y tenían barrotes delgados y muy cercanos entre sí. Había pequeñas escaleras para subir a estos puentes, que eran a lo que más se parecían. Avancé hacia adelante sin saber con qué me podría encontrar. Cada paso que daba emitía luego un eco que me hacía temblar sobre la malla metálica. Sin embargo, y con el miedo que sentía, había otra bulla que aplacaba los sonidos que me señalaban como intruso. Aquellos ruidos extraños me helaban la sangre.
No podía ver nada hacia abajo, una especie de niebla cubría el piso. Pero había algo allá abajo, se movía, y hacía que temblara el enrejado. Al fondo de la estancia divisaba tramos de escaleras metálicas zigzagueando de arriba para abajo, y que parecían centellear con un movimiento rítmico. Pensé que eran escaleras eléctricas, pero me equivoqué en el momento en que me acerqué. Lo que creí que era un mecanismo, eran cientos de personas, hombres y mujeres, de varias edades, en un desfile lastimero, vestían ropa hecha girones cargando algo pesadísimo entre sus brazos; llevaban algo en su cuello, como las cadenas que les ponen a los perros. Entre ellos vi a Debi. Me acerqué lo que más pude, que fue cuando vi a hombres imponentes que guiaban el caminar de todos ellos, golpeándolos con unos palos con punta al final. Retrocedí mis pasos, intentando que los guardias no me vieran.
De la nada algo tembló, seguido de un gruñido atronador. La niebla se disipó, los barandales a mi izquierda cayeron al vacío y parte del enrejado se resquebrajaba. Reconocí lo que era de inmediato. El cerdo monstruoso con sus fauces abiertas en un grito infernal estaba a escasos centímetros bajo de mí. Podía verlo con terrible detalle, el cerdo era obeso y gigante, los pliegues de su piel lo hacían ver asqueroso por la cantidad de sudor que bajaba, evaporándose antes de tocar el suelo. Empecé a temblar al ver aquel hocico descomunal, resoplaba fuego entre sus fosas nasales, el calor me quemaba las manos aun a la distancia. Llegué a pensar que me veía fijamente con esos ojos como dos pozos rojizos que parecían cráteres con lava hirviendo. Su boca estaba llena de comida, árboles, ladrillos, y hasta creo que carne, o algo parecido; la baba espesa y maloliente se desbordaba por sus fauces, pero cuando caía al suelo lo quemaba, como si fuera el ácido más fuerte del mundo, ese aliento me obligó a taparme la boca con mis manos quemadas y me aguanté el vómito que subía por mi propia garganta. Sus dientes amarillos no me dieron tanto miedo como los dos colmillos afilados que rasgaban todo lo que le lanzaban, o lo que estaba a su alcance.
A gatas retrocedí lo que más pude, pero no sabía para dónde debía salir, todo el sitio era igual. El enrejado estaba roto en partes y casi caigo hacia abajo, si no fuera porque Graciela me atrapó de la camiseta en el último momento.
—Gracias a Dios te encuentro.
Graciela dijo antes de abrazarme con todas sus fuerzas, mi hermana temblaba de pies a cabeza y me decía que era una tonta por correr así, que cuando llegara a la casa me iba a dar una paliza con el cable de la plancha. Yo también me puse a llorar, no por el miedo a la golpiza que me esperaba, sino porque me vi cayendo directamente a la boca de ese monstruo y mi corta vida pasó frente a mí. Pero ambas no pudimos hacer nada porque otra vez volvió a temblar, y el grito que le siguió fue peor que una tormenta eléctrica.
Graciela me sostuvo entre sus brazos y entre ellos lo vi. Esa cosa se elevó sobre sus pequeñas patas traseras, y se dejó ver en su máxima expresión derribando parte de la estructura que nos sostenía, pero no lo suficiente para ponernos en peligro. Tuve la impresión de que era más grande que aquella noche, o tal vez yo ahora estaba más cerca. No sé, y no pienso averiguarlo. Ahora me preocupaba otra cosa. El monstruo estaba encabritado, y saltaba alzando las patas y golpeándolas contra el piso una y otra vez. Estaba segura de que era por mi presencia. No sé cómo el enrejado aún se mantenía en posición.
En el nivel más bajo, los guardias, lo sujetaban con cadenas y buscaban calmarlo. Le picaban con sus palos, y se veían chispas cuando la punta tocaba esa piel. Otros, en cambio, gritaban instrucciones que poco podía entender. Las patas del monstruo aplastaron a más de uno, y entre sus pezuñas quedaban los restos colgando; los berridos de la bestia eran tan fuertes que no se escuchaba el crujir de los huesos de los cuerpos.
Mientras que la fila de prisioneros, porque a estas alturas era lo único que eran; continuaban en vano alimentándolo, ya que lanzaban su carga directo a la apestosa boca, y volvían por el camino hacia arriba a coger más. Una fila interminable alimentando a una bestia insaciable. El monstruo, en el estado en que estaba, no recibía su comida; se abalanzó a los prisioneros. Debi iba detrás de un hombre, el primero de la fila según recuerdo, pero después de que la criatura masticara, no la vi más.
Graciela se levantó y a mí me alzó en brazos. Me sacó de ahí antes de que yo pudiera decir algo más. Busqué a mi amiga con la mirada por la fila de hombres y mujeres que corrían hacia arriba tras botar su carga. Tenía la esperanza de que tal vez ella no hubiera sido alcanzada por la bestia y hubiera huido. Pero no la pude encontrar. Oculté mi rostro entre el pecho de mi hermana y lloré todo lo que pude.
Para cuando me di cuenta, ya estaba en casa. A mi mamá se le cayó de las manos la bolsa de la basura de la cocina al verla entrar conmigo. No tuvo tiempo de sentimentalismos, Graciela me subió a mi cuarto, me sentó en la cama y explicó todo, no aceptó mis preguntas.
—La gente necesita a… —tragó saliva y no pudo darle un nombre—. Es una consecuencia del progreso.
—¡Pero ese monstruo se come a la gente!
—Así está construido el mundo. Y no hay nada que podamos hacer.
Me dio un besito en la frente y me dejó ahí. Luego llegó papá, enmudeció al ver a su hija mayor en la sala de estar tomando un café, hablaron, no sé de qué; lo hicieron sin gritar. Que hubiera sido testigo de tal horror hizo que mis padres cambiaran. Por primera vez en mucho tiempo, los cuatro cenamos juntos como antes, aunque la comida estaba deliciosa, yo no la disfruté.
Graciela no se quedó con nosotros, pero nos visitaba cada vez más seguido. Y hasta se quedaba a dormir algunas noches. Papá dejó de salir hasta la madrugada y mamá era quien manejaba el dinero, los gastos se disminuyeron, se vendieron cosas que teníamos de más, fuimos ahorrando cada centavo, y con el pasar de los meses, las llamadas se fueron disminuyendo, cesaron de timbrar la puerta, ya no había necesidad de escondernos en el baño. Todavía nos asustamos cuando llaman en horas raras, Graciela, si es que estaba en casa, era quien contestaba el teléfono, y cuando no, preferíamos no hacerlo.
Yo aún conservo la alcancía, que me recuerda lo que vi; la pinté tal cual vi al monstruo. La tengo escondida en una caja en el fondo de mi armario. Si el mundo es así, prefiero no usarla jamás. Solo que en las noches no dejo de pensar: ¿por qué mi amiga estaba ahí abajo? ¿De verdad había sido devorada? Nada tenía sentido; ningún centavo salió de entre los pedazos de su alcancía.
Isabel Tamayo
Bióloga y Máster en Comunicación Social en la Investigación Científica por la Universidad Internacional de Valencia. Devoradora de libros, cómics, mangas y anime. Ha publicado cuentos en las antologías Los que vendrán (2018); Los que vendrán (2019); Perseidas (2020), dedicada a la ciencia ficción; Las mariposas no existen (2024); y Se fue la luz (2025). También ha publicado relatos en revistas digitales: La Coyol, con enfoque feminista; y Cactus Pink, centrada en la ciencia ficción y terror latinoamericano.
Leave a Reply