Al atardecer del sexto día Federico Stahl llegó a Punta de Piedra. No podía recordar el viaje completo, los vehículos que lo habían llevado hasta alguno de los tramos intermedios —Ventomedio, Piriápolis, La Paloma—, las noches pasadas en hoteles, la larga noche en el tren desde el que avistó el levantamiento de la carpa de un circo en la oscuridad más cerrada y, finalmente, el autobús que lo dejó en su destino. Recordaba, eso sí, que su ingreso a Punta de Piedra era en realidad un regreso; pasaron demasiados años y demasiadas historias, pero sabía que había sido en ese pueblo de pescadores, en esa playa, ante ese promontorio y la Mansión Solitaria que lo dominaba —además de la plaza con la catedral, el cine siempre cerrado y, decían, lleno de arena hasta una altura de un metro, y el cabildo convertido en museo de la pesca y la caza de ballenas—, donde habían pasado los veranos de su niñez. Sabía también que no era la primera vez que volvía; lo había hecho en 2016, cuando trabajaba como periodista, casi en un mundo distinto, con la tarea de escribir sobre las tormentas e inundaciones que habían asolado la región. Después retornó a la capital y los sucesos de los años que siguieron socavaron su memoria como si esta fuese el casco oxidado de un viejo pesquero entregado a los elementos. Ahora se trataba de entrar por el boquete mayor en el metal y buscar, despegando lapas y apartando el coral y otros fósiles, el tesoro escondido.
O, más que un tesoro, la misión. Porque Federico sabía haber sido convocado: había sentido el llamado primero en sus sueños, luego en la recurrencia de ciertos recuerdos espontáneos, en el deseo de hablar con ciertas personas y la curiosidad por ciertos libros. Finalmente, ya en el viaje, que en rigor debió tomar mucho más de seis días, comprendió que el pueblo había convocado a todos los cazadores y que él, aunque jamás había participado de una cacería, llevaba en la sangre —por herencia de su abuela materna— todo aquello que hacía falta, quizá no para presidir la partida pero al menos sí para, como si de balleneros se tratase, ocupar el lugar del segundo oficial. Supo además, en las noches pasadas en los pueblos vecinos, que también se acercaba a Punta de Piedra una mujer llamada Valeria, más joven que él pero veterana de no pocas cacerías, y que ella, de quien se multiplicaban las leyendas en la región, sería quien presidiese la partida.
Porque hacía demasiado tiempo que una bestia asolaba el océano frente a Punta de Piedra. Sus nombres eran muchos, del mismo modo que no había aún un consenso con respecto a su naturaleza, su especie, siquiera su forma. Algunos la llamaban el Orcaferone, una bestia legendaria de mares remotos a la que los cambios en el mundo hicieron arribar a Punta de Piedra. Similar a una orca, o más bien a un tipo de ballena dentada desconocida, había diezmado la población de peces (y cetáceos pequeños) de la que dependía el pueblo; en otras historias, el mismo Orcaferone atacaba además a los barcos que partían de Punta de Piedra en busca de sustento, de tal manera que la flota se había visto dramáticamente reducida. Los marinos y pescadores sobrevivientes habían multiplicado y combinado las historias; algunos no hablaban del Orcaferone sino de Porfirio, nombre que resonaba con historias de la antigüedad, cuando el emperador Justiniano y la emperatriz Teodora enviaron al general Belisario a eliminar un cachalote (o quizás una orca grande) que azotaba las aguas cercanas a Constantinopla. Las descripciones hablaban de una criatura monstruosa, en cualquier caso, no del todo natural: una de las más fiables refería a un cuerpo múltiple y aberrante, ensamblado con pedazos de animales conectados entre sí por máquinas. Otras descripciones hablaban de tumores y crecimientos anómalos —producto, decían, de la radiación de las antiguas guerras— que desfiguraban el cuerpo de la criatura hasta volverlo irreconocible, del mismo modo que los sonidos que producía, como aullidos o bramidos, poco tenían que ver con los cantos de los cetáceos tan conocidos por los marinos y pescadores de Punta de Piedra.
Federico, por su parte, empezó a recordar historias semejantes. Como si los recuerdos irradiasen de alguna parte de Punta de Piedra —la plaza devenida antena, o el Gran Hotel, o la mayor de las esculturas de la costanera—, todo empezó a aglomerarse en su memoria y en sus sueños a medida que recorría el pueblo, y también en su visión del futuro, porque se imaginaba de vuelta de la cacería, pasando sus días en la playa, como uno de los tantos artesanos que vendían sus chucherías a los turistas.
Esa misma noche, antes de que se presentase ante el comité la mañana siguiente, soñó con la criatura. No la avistaba sin embargo desde la orilla o en el mar, sino que se le había aparecido en su imaginación muchos años atrás, de niño, gracias a los cuentos de sus abuelos. En el sueño su abuela hablaba de una gran ballena —y aquí no estaba claro realmente qué se quería decir con esa palabra, en la que había una sugerencia de algo más, de máquina quizá, un artefacto futurista o extraterrestre— llamada simplemente Monstruo o Mostro, cuyas historias ya se escuchaban en aquellos días remotos en que Punta de Piedra recién empezaba a expandirse de un pequeño pueblo de pescadores a la ciudad balnearia más importante de la costa; además su abuela le mostraba fotografías —formas irreconocibles en un mar gris, barcos destruidos, hombres mutilados— y un colmillo cubierto de marcas diagonales que parecía antiquísimo, como un artefacto prehistórico. Al despertar del sueño, Federico experimentó la certeza de que la conversación no era apenas un sueño, sino que había sucedido realmente y que no solo sus abuelos sino todos los viejos de Punta de Piedra, especialmente los pescadores y los más vinculados por lazos ancestrales a los primeros balleneros, tenían historias de esas “ballenas” monstruosas que rondaban las aguas cercanas con consecuencias nefastas para el pueblo. Quizá eran diferentes criaturas a lo largo de los siglos (¿pero qué tan atrás podían ir las historias, salvo, claro está, si trataban de otros mares y otros pueblos similares?), quizá era la misma, anómala, que volvía, inmortal, reanimada, reconstruida. Alguien, incluso, la había descrito como capaz de volar.
Lo cierto es que solo un cazador o cazadora de sangre podía lanzarle el arpón que pusiera fin si no a su vida al menos a su amenaza. Todos los relatos que Federico empezó a recordar la mañana en que se anotó en el comité terminaban de la misma manera: la ballena, más que aniquilada, era ahuyentada. Y siempre terminaba por regresar. Le presentaron al capitán, firmó su nombre en el libro bajo el rótulo segundo oficial (ayudante) y se dejó conducir hacia la sala donde Valeria daba un discurso para la tripulación. Ella lo vio venir y pareció reconocerlo, pero Federico no sintió lo mismo; la vio alta, delgada, la piel algo oscura y con manchas más claras en la frente redondeada, el cabello fino, negro y lacio, y ninguno de esos rasgos resonó en su memoria. Valeria seguía hablando: ya había tenido su encuentro con la criatura años atrás, dijo, y casi no había sobrevivido para contar la historia. Pero no era solo una cuestión de venganza, precisó, sino de un ajuste de cuentas. El universo, dijo, concentraba toda su malicia en la criatura, destilado último de maldad, y era la misión de los seres humanos, del proyecto a futuro de la humanidad completa, eliminarla. Uno de los presentes, quizá un arponero, preguntó si era verdad que no había forma de aniquilarla para siempre.
—No, no la hay —admitió Valeria—, porque, como he dicho, la criatura es una propiedad del universo, que fue creado por un dios maligno y ciego. Porque se dice que vivimos en un mal simulacro de un mundo real, de un mundo del bien, libre de criaturas como Orcaferone; por esa razón las cosas están tramadas de tal modo que incluso si aniquilamos a la bestia, en algún futuro cercano o lejano todo lo que la compone, que surge de cada rincón del mundo, terminará por reunirse, por aglomerarse como una peste, y conformarla otra vez. Pero llegado el momento habrá alguien como yo, habrá gente como nosotros, que se opondrán al cataclismo. Y otros que, tras comenzar del lado del bien y lo humano, terminarán asimilados o contagiados por la criatura.
Federico pensó que no era el panorama más alentador imaginable, pero él había sentido el llamado y sabía que no podía haber marcha atrás.
A la mañana siguiente partieron. Las aguas se mantuvieron tranquilas y ninguna criatura fue avistada, más allá de un grupo de toninas que siguió al barco durante unas horas quizá con la convicción de que su tripulación las libraría también a ellas de la amenaza del monstruo. Valeria apenas se dejó ver, encerrada en su camarote. Durante las cenas con el capitán se excusaba rápidamente, tras una comida frugal; Federico intentó hacerle más preguntas, llevarla a la locuacidad de la tarde anterior a la partida, pero la cazadora apenas se permitía responder asintiendo o negando, o con respuestas demasiado crípticas y breves. Los otros arponeros asumieron que intentaba concentrarse en su tarea, que había rituales que debía cumplir, entre ellos la construcción o puesta a punto de su arpón; uno de ellos dijo haber compartido con ella otro viaje hacía unos cuantos años, pero no fue capaz de explicar qué criatura habían salido a matar. Pudo ser por tierra, dijo, no recuerdo bien. Quizá un licántropo en las estepas o un vampiro en la vieja capital. Entonces otro de los arponeros tomó la posta de la narración: sí, dijo, porque hay un linaje de cazadoras, y ella es la última. Quizá incluso el linaje muera con ella, porque hasta donde sabemos no ha parido aún y no se le conocen hermanas. En el campo se cuenta que si aparece un vampiro ellas lo huelen a distancia, y son las únicas a las que no afecta la atracción de la criatura. Las únicas, por tanto, que pueden enfrentarlo.
Federico sintió que dos historias entraban en conflicto y, por un momento, no se sintió seguro de saber en cuál se había dejado involucrar. Nunca había oído de vampiros o de licántropos, mientras que sí podía recordar los relatos de ballenas monstruosas que se contaban en Punta de Piedra y de los que sus abuelos se habían hecho eco tantas veces; esto no era suficiente, sin embargo, porque esa idea de un linaje, de una cadena de mujeres que atraviesa el tiempo y enfrenta a ciertas criaturas ante las que todos los hombres se ven inermes, le parecía conocida, como si la hubiese leído demasiado tiempo atrás en un libro perdido después.
Valeria podría darle las respuestas, pero a medida que pasaban los días se movía con más celo o secreto, y ya no compartía las cenas en el camarote del capitán.
A la semana de partir avistaron tierra. La isla de la Recepción —nombre con el que figuraba en las cartas náuticas— había sido un puerto de reaprovisionamiento casi obligado durante la época dorada de la caza de ballenas; ahora estaba desierto. Ganado asilvestrado pacía en las praderas interiores, y un destacamento de marinos se encargaron de faenar cuatro terneras; alguien sugirió también subir a bordo las tortugas gigantes de la playa, que, según es fama, apenas necesitan sustento y, en casos de emergencia, pueden proveer a más de seis hombres cada una. Atraparlas no resultó fácil, sin embargo, y el capitán juzgó el esfuerzo innecesario. Volveremos pronto, dijo, en éxito o en fracaso. Federico pensó que había querido decir, más bien, que si no tenían éxito no tendrían tampoco necesidad de pensar en comida.
Pasaron tres días más y los azotó una tormenta. Años de experiencia en el mar y docenas de viajes habían preparado a la mayoría de los marinos para sobrellevar la fuerza del viento, las olas y la espuma salada; no hubo mayores pérdidas, pero a partir de ese trance ya no vieron el sol y un marasmo de fatalidad empezó a cernirse sobre el barco. Parecía, de hecho, que el cielo había sido conquistado por un inmenso remolino de nubes en rotación lenta, brazos espiralados cuyos tonos distintos de gris filtraban el resplandor solar en una intermitencia de luces que no parecía obedecer orden alguno. Era difícil no pensar en la fatalidad; uno de los arponeros desesperó: estamos acercándonos al punto del mar donde quedamos debajo del ojo de la tormenta, dijo, señalando con su dedo al eje de la espiral. El capitán no supo qué responder: jamás, dijo, había visto algo así volverse de esa manera el cielo; había visto el domo de Lima, construido hacía más de un milenio, pero se lo sabía resquebrajado e inocuo. Esto, dijo sin palabras, era evidentemente algo distinto.
Decidieron buscar las respuestas en Valeria, decididos incluso a obligarla a comparecer. Llamaron a su puerta, impacientes, y la cazadora demoró en salir. Pero cuando lo hizo habló: en efecto, dijo, el remolino en el cielo es la huella del monstruo y por tanto señal de que estaban acercándose. En ese momento se oyó un grito: el vigía de turno había avistado el cuerpo grotesco de la criatura, lejos en el horizonte.
Fue en ese momento que un miedo casi tangible se apoderó de Federico, como miles de agujas en sus nervios y sus músculos. El barco estaba siendo atraído por el Orcaferone, que ya podía verse desde cubierta y ocupaba el centro de un vórtice o remolino que, en el propio mar, copiaba el del cielo. Las corrientes castigaban al barco y los marinos se dividían para arriar la vela mayor, la génova y el foque mientras las maderas chirriaban y todas las máquinas empezaban a zumbar. Entonces vieron a Valeria correr hacia la proa y a preparar su arma, que no era un arpón o era algo más que un arpón. Con una fuerza de la que nadie la habría creído capaz empujaba una maquinaria compleja hacia su puesto, llena de cables, engranajes y tuberías, que parecía asemejarse a un cuerpo vivo, no quedaba claro si vegetal o animal. Federico logró vencer su miedo y avanzar hacia Valeria, seguro de que había alguna forma en que pudiera asistirla (había firmado, después de todo, como segundo oficial ayudante), y lo primero que lo asombró y casi paralizó fue el parecido entre la máquina de la cazadora y el monstruo, cuyas formas ya empezaban a dominar todo lo visible: una boca como la salida de una caverna que había engullido mar y cielo, racimos de ojos como constelaciones en un cielo febril, barbas de ballena que se mecían como un velo que cubriera el cielo entero, y, por todas partes, los mismos cables, tuberías, circuitos y engranajes, las ramas, las venas, las uñas y colmillos. Federico no daba crédito a sus ojos ni podía apartar la mirada; algunas partes de la criatura se duplicaban o ramificaban y de la superficie intrincada de su piel brotaban otros tantos monstruos, de formas tan vagas que permitían a los ojos que los contemplasen discernir lo que persistía en sus memorias o lo que sus mentes más temían. El arponero que había contado la historia de los vampiros dijo estar viendo esas criaturas, unas fundidas con otras o pegadas al cuerpo inmenso de su madre; otros dijeron distinguir las bocas de los licántropos o cuerpos grotescos donde carne y máquina se intercalaban e invadían mutuamente.
Pronto la boca inmensa del monstruo empezó también a rotar, como lo habían hecho los cielos y las aguas después: una montaña se derrumbaba y recomponía, una y otra vez. Federico logró acercarse a Valeria lo suficiente para tocarla, seguro de que al hacerlo le daría fuerzas, y una vez apoyó su mano en el hombro de la cazadora esta dejó escapar un aullido bestial, capaz de imponerse a la vorágine sonora que cundía por todas partes. Fue entonces cuando activó su arma y un arpón o misil salió disparado hacia la criatura.
A partir de ese momento todo se deshizo en confusión. Federico creyó ver a Valeria salir volando hacia la criatura, como si la gravedad de alguna forma se hubiese trastocado y lo que había sido adelante terminara por convertirse en abajo. Todo el barco giró y se tambaleó; la proa se clavó en las aguas y volvió a surgir apuntando al centro del vórtice de las nubes; los marinos intentaban desesperadamente aferrarse a cualquier cosa que pareciese estable, pero todo estallaba y se recomponía, como si la nave misma estuviera atrapada en un bucle del tiempo. Federico volvió a ver a Valeria volar hacia la criatura, y creyó comprender que algo había salido mal y que el arma debía ser disparada nuevamente. Sin comprender cuánto tiempo le llevó —pudo ser un segundo, pudo ser un día—, tomó el lugar de la cazadora en aquella maquinaria, más compleja aún de lo que había creído discernir, y, casi como si hubiese decidido cerrar los ojos y activar aquellos mecanismos al azar, desplazó la mira del arma hacia otro punto en el cuerpo de la criatura, para disparar otro arpón que, le pareció, dio en el blanco.
Pronto el barco estalló o terminó de estallar, o ya había estallado antes de verse atrapado en el bucle. Federico se descubrió en el agua, aferrado a una plancha de madera, con la criatura reducida ahora al tamaño de una ballena grande y convulsionando desesperadamente. Creyó ver también a Valeria, sobre la cabeza del monstruo, adherida a su piel o quizá fundiéndose con su carne, y de pronto una revelación lo asaltó: el arpón había reducido a la criatura, la había convertido en una versión a menor escala de sí misma, menos brutal, menos incomprensible. Un segundo golpe, pensó, podía reducirla aún más, convertirla en un cachalote o una orca, pero después de la destrucción del barco y la pérdida del arma era imposible. Entonces sucedió algo más: Federico flotaba no demasiado lejos de la criatura, cuyas formas se habían vuelto más definidas y concretas, y pudo comprenderla mejor. Vio en ella rastros de otros cazadores, cuerpos parcialmente fundidos, algunos más perdidos en el cuerpo monstruoso y otros todavía distinguibles, el de Valeria el último de ellos. O quizá eran variantes de Valeria, pensó, y también de él mismo. Se vio entonces en la criatura, vio que formaba parte de ella o había formado siempre parte de ella —o habría de formar parte de ella—, y pensó que en ese momento tenía dos opciones, aunque seguramente ninguna dependía de su voluntad. Podía alejarse y morir en el mar o ser rescatado, o podía en efecto unirse al monstruo como parecía haber hecho Valeria —y ese era un hecho que Federico daba por sentado aunque lo sabía incomprensible—.
Y como cabía suponer, no eligió. Algo lo golpeó, o la experiencia en sí misma terminó de vulnerarlo; cuando despertó estaba a bordo de uno de los barcos pesqueros de Punta de Piedra, que lo tomaron por un náufrago más.
Nada sabían del Orcaferone, salvo cuentos de abuelas y abuelos, leyendas antiguas de pescadores. Uno dijo que sí, que alguna vez había aparecido una ballena asesina especialmente feroz, pero que habían dado cuenta de ella fácilmente. Otro dijo que los cetáceos eran pacíficos, que solo atacaban a las naves en las películas.
Después Federico creyó que no hablaban de las mismas ballenas, las que él recordaba, sino de criaturas comunes y corrientes, mamíferos, animales, seres vivos.
Se recuperó con curiosa rapidez y descubrió que podía contar una historia simple: un barco golpeado por una tormenta, un día a la deriva, una expedición ballenera, un viaje de seis días hasta Punta de Piedra, donde lo dejó el pesquero, donde se buscó un lugar para vivir al menos hasta que terminase el verano. Era enero, y uno apacible, no demasiado caluroso, de buen tiempo y atardeceres generosos. Federico pasaba las tardes en la playa, hacia el límite sureste del pueblo, lejos del Gran Hotel y la zona más concurrida. Allí había contratado el alquiler de una casita hasta fines de febrero, pero no estaba seguro de que pasado ese plazo fuera a regresar a la capital; algo estaba esperando, intuía, mientras vivía de sus ahorros y se mezclaba con los artesanos y vendedores que rodeaban a los turistas.
Una tarde, sentado en la arena, reparó en que el paisaje de aquel límite de Punta de Piedra había llegado a resultarle a la vez familiar y ajeno, como si lo que tenía delante fuera una copia imperfecta o simulacro de un recuerdo de infancia. Los médanos, los pinos, la línea del agua: todo en su lugar correcto, pero con una cualidad de escenografía, de réplica construida con esmero pero sin el peso exacto de lo vivido. Entonces notó que a sus espaldas el pueblo había crecido, o él lo recordaba más pequeño, o ambas cosas eran ciertas a la vez. No se dio vuelta. Caminó esa noche por la costanera, conversó con turistas brasileños, escuchó una banda de jazz y reparó en que una artesana exhibía pequeños cuadros de madera pirograbada y pintada con acrílicos; en ellos se veían barcos balleneros y una criatura similar a una orca gigante. ¿Qué era?, le preguntó. Y ella no supo decirle con precisión: leyendas que escuché por ahí, dijo, y le guiñó un ojo.
A la mañana siguiente despertó seguro de que toda aquella historia del Orcaferone había sido un cuento de sus abuelos o de algún viejo raro que le había hablado en el Club mientras él jugaba a las maquinitas, a la Double Dragon o la Commando. Y en esa historia, comprendió, que también podía haberla leído en una novela o visto en una película remota y casi olvidada, la cazadora se fundía con la criatura y el otro arponero, su ayudante, tomaba el camino opuesto: en vez de unirse al monstruo, en vez de ser devorado por el monstruo, salía impregnado al mundo, para llevarse esos fragmentos o rastros o indicios de la criatura que, como un contagio, terminarían por hacerla resurgir después de su calamidad.
Ramiro Sanchiz
Es narrador, ensayista, crítico y traductor. Ha publicado más de veinte libros, entre ellos El orden del mundo (Premio Nacional de Literatura de Uruguay, 2016), La expansión del universo, Un pianista de provincias, Krautrock y Los acontecimientos (Fondo de Cultura Económica, 2025). También es autor de Ahab y El día de la ballena, de los ensayos David Bowie: posthumanismo sónico y Matrix acelerada, y de una historia de la ciencia ficción uruguaya. Casi toda su narrativa gira en torno a Federico Stahl, un personaje que vive vidas alternativas de libro en libro. Ha traducido a Nick Land, Mark Fisher y Sadie Plant, entre otros.
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